"Cartas a Dorothea"

Miércoles, 25 de abril de 1962
Chelsea, Londres
Reino Unido

Mi querida Dorothea:

Hace ya cuatro años que dejé de agonizar en aquella camilla de hospital en Chelsea, a consecuencia de aquel insoportable dolor que manaba de mi vientre. ¡Cuatro años ya! ¡Qué rápido pasa el tiempo!

Superada la tortura conseguí, al fin, descansar en un profundo sueño. Cuando abrí los ojos, no sabía dónde me hallaba. Estaba en la habitación del hospital, sin ningún cambio aparente hasta que decidí darme la vuelta y… ¿Qué es con lo que me encontré?, con mi cuerpo rígido, tieso, inerte cual piedra. Ya no había ninguna solución, había muerto.

Al principio la muerte fue muy dura, ver que el mundo seguía girando sin ti era difícil de asimilar, pero al final, como todo, una se acostumbra. Como alma en la que me he convertido, seguía el día a día de todos a aquellos a quienes he querido y sigo queriendo: a mi padre, a mi madre, a ti cuando te dejabas ver por Inglaterra, a mi francés Mering… pero tu mejor que nadie sabes que lo más importante para mí, era mi trabajo, aquello por lo que luché toda mi vida.

Seguí cada movimiento, cada paso, cada logro de aquellos que siguieron mi investigación, el mayor logro de mi carrera como profesional: la famosa “Fotografía 51”, donde se podía observar la teoría de la doble hélice a la perfección. Pero fueron muy listos. En parte, y gracias a mis estudios e investigaciones de toda una vida, han conseguido este mismo año, el premio de reconocimiento que cualquier estudioso anhela, El Premio Nobel de Medicina.

Lo obtuvo James Watson junto a Francis Crick y mi queridísimo compañero del King’s College, Maurice Wilkins, ¿Percibes mi sutil ironía? Gracias a ellos y su gran compañerismo, me tuve que trasladar de universidad y también gracias a ellos no he obtenido el reconocimiento que creo que me merezco. Wilkins, que me tachaba de desagradable, se reía de mí y no dudaba de burlarse ante mis compañeros por mis maneras “afrancesadas” tuvo, al menos, la decencia de mencionarme en el discurso que dio en la ceremonia de entrega de los Nobel, no como otros… Yo me he preguntado muchas veces: ¿por qué mi trabajo no fue valorado? Al fin he hallado la respuesta: simplemente por el hecho de ser mujer en un mundo de hombres.

Casualmente, el 25 de abril es la fecha en la que se conmemora el día internacional del ADN, coincidiendo con el día en que se hicieron las publicaciones de Watson y Crick sobre el ADN, ¿Dónde está mi fotografía? Sumergida en el olvido.

La cosa hubiese cambiado y mucho si en vez de mujer, hubiese sido hombre, entonces mi trabajo si que hubiera tenido mérito y reconocimiento por toda la comunidad científica, pero el machismo que reinaba en dicha comunidad no estaba preparado para que una mujer tuviese los mismos, o más, conocimientos científicos que los hombres. Sin embargo, la falta de reconocimiento a lo largo de toda mi carrera no hace que quiera ser hombre para ser alguien, porque estoy orgullosa de quien era y de quien soy, una mujer científica buscando el reconocimiento por mi trabajo y no por mi sexo.

Dorothea, ¡estoy harta! Harta de que nos ninguneen, de que se crean con derecho a restar valor a nuestro trabajo. La presencia de la mujer en el ámbito de la ciencia se ha de incrementar para evitar situaciones de injustica, exponiendo mi caso, por ejemplo, o el de cualquiera de mis compañeras que hayan sufrido por este menester, como Nattie Stevens que descubrió los cromosomas X e Y o Agnes Pockels, que encontró una forma de medir la tensión superficial de líquidos, pero después ¿Quién se llevó el mérito de estos extraordinarios trabajos? Los hombres. El “efecto Matilda” debe cesar. El reconocimiento de la mujer es necesario para un verdadero progreso y no solo científico sino también moral y social.

Sueño que, en algún futuro, más bien cercano, la mujer consiga ese papel que le corresponde. Que se libre de todos aquellos estereotipos que yo misma viví en mis propias carnes, recibiendo comentarios como los que hacían Watson y Wilkins “todos sus vestidos mostraban una imaginación propia de empollonas adolescentes inglesas” o “era evidente que, o Rosy se iba, o habría que ponerla en su sitio…” ¡Como odiaba que me llamaran así!

Las mujeres somos más que una cara bonita. Somos inteligentes, luchadoras y aguerridas, solidarias y hermanas capaces de conseguir todo lo que nos propongamos. Pero también somos hijas, esposas, madres, amigas, compañeras...

Duermo con la esperanza de ese futuro tan prometedor, donde la igualdad sea uno de los pilares fundamentales de la sociedad.

Te esperaré donde quiera que esté.

De tu siempre amiga,
Rosalind Franklin
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