Lisogenia

La tribu había quedado hecha trizas. La empalizada no era más que un montón de troncos esparcidos a diestro y siniestro, y las pequeñas casitas habían quedado reducidas a cenizas.
—¿Fue ese demonio de Vhi Rhus, Maestra?
—Es lo más posible.
Dhen Rítica se acercó al asentamiento, muy despacio, como si temiera romper la perturbadora paz (el forzado descanso) de los que, no mucho antes, vivieron allí. Poco antes de llegar, se giró hacia Théna Ive, que se había quedado oculta tras los árboles del bosque. Se miraron.
—Debes venir conmigo, muchacha.
Théna Ive no respondió.
—Si no quieres que les suceda lo mismo a las tribus vecinas, debes hacerlo. —La Maestra se dio la vuelta—. Sin sentimentalismos.
Dhen Rítica comenzó a caminar de nuevo. Vacilante, Théna Ive la siguió. Llegaron a las ruinas de la empalizada.
—Cuando entremos —comenzó la Maestra—, vas a ver muchas cosas. Algunas muy desagradables. Vhi Rhus no se anda con minucias. Tienes que recordarlo todo, ¿queda claro? Todo.
Théna Ive asintió, temblando.
Entraron. La luz anaranjada del atardecer aportaba un cálido cariz que contrastaba con la frialdad de la escena. No había mucho en pie. La Maestra rodeó elegantemente un cartel de madera que recitaba: "la cantina de Retículo y Golgi". Vhi Rhus había arrasado con todo. Lo peor fue cuando vieron el primer esqueleto. Los citos, pequeños habitantes de la tribu, yacían ahora sin vida, esparcidos por las calles como simples ramitas sobre la hierba.
—Maestra… —murmuró.
—No te detengas.
Théna Ive se agachó y le colocó las manos sobre el pecho.
—Descansa.
Siguió caminando. Llegaron al núcleo. El antiguo centro de la tribu. En aquella caseta el techo estaba medio hundido y amenazaba con derrumbarse del todo.
—Es aquí.
Pasaron y se arrodillaron. Dhen Rítica cerró los ojos y apoyó las palmas sobre el suelo.
Théna Ive esperó a su Maestra interactuar con el entorno. Aquella célula había dejado ya de vivir, pero los recuerdos de la tribu aún seguían presentes en el núcleo.
Abrió los ojos e hizo una mueca.
—Ahora te toca a ti. —Extendió los brazos hacia Théna Ive con las palmas abiertas—. Vamos.
Ella suspiró y le agarró las manos. No tuvo que esperar mucho para que las primeras imágenes le llegaran a la mente: toda la historia de aquella célula, de aquella tribu. De aquella gente.
—Le dejaron entrar, ¿no? A Vhi Rhus.
—En efecto.
—¿Cómo?
—Respóndeme tú.
Hizo un esfuerzo por concentrarse en las escenas que le llegaban: pudo avanzar hasta una noche fría. Sonaban gritos en las afueras de la tribu.
—Hay alguien ahí fuera, pidiendo ayuda.
—Dime quién es.
Accedió a los recuerdos de los citos que andaban por la zona.
—No lo saben. No le conocen. Pero le dejan entrar.
—Continúa.
Théna Ive observó al extraño quitarse la capa justo antes de cruzar la empalizada.
—No entiendo por qué hace eso.
—Ya no la necesita. Sigue.
Avanzó en el tiempo.
—No hay muchos recuerdos de él. Parece como si…
—¿Sí?
—Como si no existiese. —Arrugó la frente—. Se ha difuminado con el medio.
—Fíjate en lo que sucede en la tribu.
—Me… me cuesta muchísimo ver algo. Todo está muy borroso.
—Concéntrate más.
Apretó los dientes.
—Es por el núcleo. Está al borde del colapso.
—Acércate.
—Maestra…
—Vamos.
Théna Ive temblaba. Dhen Rítica le apretó las manos.
—Tienes que abrir esa puerta.
—No… no hay ningún cito que conserve recuerdo de esto, Maestra.
—En ese caso tendrás que crear tú uno.
—Es… está bien.
Théna Ive giró el pomo. Lo que se encontró al otro lado le provocó un grito.
El extraño ya no era uno, sino cientos: todos de aspecto monstruoso. Y la miraban a ella.
Théna Ive retrocedió lo más rápido que pudo, hacia la puerta. Logró salir y retenerlos.
—¡Ayuda! —chilló—. ¡Atacan al núcleo!
La defensa no duró mucho tiempo. Cuando la caseta se rompió, los Vhi Rhus se abalanzaron sobre ella. Cerró los ojos preparándose para lo peor. Despertó.
—Lisogenia. Así actúa.
La voz de su Maestra la devolvió a la realidad.
—Es… —Respiraba entrecortadamente—. Es...
—Terrible, sí—completó. Le soltó las manos y suspiró, alisándose la túnica—. He visto muchas células acabar de este modo. Muchos no pudieron luchar contra Vhi Rhus. Pero tú serás diferente. Grábatelo en la memoria.
—¿Por qué yo?
—He visto lo que hacías en Timo. No hay nadie mejor que tú.
Théna Ive calló, recordando su pueblo natal.
—Desearía volver, Maestra.
—Si regresas, Vhi Rhus destrozará todo lo que conoces. Lo sabes. —Se detuvo, mirándola—. Lo has visto.
Se levantó. La Maestra la imitó.
—Bien. —Se secó las lágrimas, producto del miedo—. Explícame qué tenemos que hacer ahora.
—Salgamos de aquí, la noche está al caer. Las células muertas atraen a macrófagos carroñeros. Mañana comenzaremos tu entrenamiento.
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