La ciudad

Bajo la luz ardiente, las calles vacías tomaban un tono ámbar; venidos de lejos, aromas viejos surcaban la brisa cálida. A medida que avanzaba, todo aquello sumía al forastero en una curiosa embriaguez, que aceptaba con intriga y admiración.

Reinaba un sereno silencio; apenas crujía un lecho de arena a su paso. Junto a él caminaba una silueta menuda que le hablaba de la ciudad que recorrían. Le contaba que sus habitantes eran diferentes a ellos: allí vivían objetos y conceptos en vez de seres, que se repartían en una veintena de barrios, con sendas formas y normas, aunque siempre conformes a la ley general.
Caminaban por una gran avenida: los muros eran de piedra pulida, y los cruces revelaban esquinas abruptas armonizadas en una simetría embelesadora. Aquella vía delimitaba dos barrios: «En torno a ellos se despliega toda la gran ciudad. De este lado viven las Figuras: los objetos originales; del otro los Naturales: los conceptos originales».
El barrio de las Figuras lo asombró: las calles torcían a diestro y siniestro y se fundían en plazas redondas amplísimas; a sus pies, la arena se dispersaba y revelaba mosaicos magníficos de teselas periódicas. A lo lejos se distinguía un relieve marcado de esferas, cubos, pirámides y otros chismes puntiagudos. «En aquel barrio veneran a cinco Sólidos que encarnan, por así decirlo, la simetría y el equilibrio de la ciudad entera». Pasaron por el barrio de los Continuos, el más amplio de todos. Ahora las callejuelas eran sinuosas, y se dejaban mecer por los altibajos de una ciudad orgánica. El extranjero se deleitaba deslizando su mirada por las dunas pálidas que ondeaban al infinito; y sentía que el horizonte le tentaba, pues era genial volar millas con el ojo tan pronto como este recorría un palmo. Y ese palmo, de tierra, de piel, de piedra, se abría en detalle cuando lo miraba: lo inmenso al momento era pequeño y viceversa, pues en el todo había parte y en la parte un todo, y la cantidad y la distancia perdían toda esencia. Desfilaron por otros tantos barrios; degustaron otros tantos paisajes él y su misterioso acompañante: descendieron escaleras enrolladas hacia el profundo barrio de los Complejos, se perdieron en el laberinto de los Grafos y el extranjero no supo contener la emoción ante los solemnes árboles que arraigaban en tierras Fractales. Se sorprendía al hallar una callejuela que conectaba dos barrios importantes: significaba que tenían algo en común; pero ¿el qué?
Contaba el peculiar guía que la ciudad era antiquísima. «A veces oigo que la construyeron, pero yo no me lo creo. La perfección no es cosa de humanos. Su aspecto es desconcertante para quien sólo está de paso —observó—, pero quien acostumbra a vagar por sus calles termina apreciando su encanto».
De vuelta a la gran vía central, atravesaron el barrio que faltaba. «No te dejes atrapar por su apariencia, ya que sus gruesas paredes encierran reliquias.» En el barrio de los Naturales, todo constaba de partes elementales; así lo había dictado antaño la tradición. Su arquitectura era modesta, sin mayor detalle, pero de una elegancia sublime. «Este es el tesoro del barrio —ante ellos, un inmenso templo triangular—. Aquí, en esta esquina, empieza todo; sus dos muros, que se abren paso hacia el horizonte, custodian series preciosas, familias de Naturales, colecciones únicas y patrones inverosímiles. Si entras —indicó un portal— los descubrirás». No tardó nuestro forastero poco en reaccionar: absorto por la belleza del sitio, y estremecido por su completitud, vaciló antes de dejar atrás a aquella silueta borrosa y tranquilizadora. Cruzó la puerta, pero tras ella sólo halló tinieblas. ¿Dónde estaban las reliquias de las que hablaba el guía?
Rápidamente, como una cortina que cae, la oscuridad se deshizo en nada; todo se aclaró, y sintió que volvía a aquel mundo que conocía bien: su mundo, la realidad tangible.

No supo más de aquella ciudad que había visitado, pero el tiempo no se la borró de la memoria. La recordó siempre con lucidez y nostalgia. También con cierto remordimiento: sentía que su viaje no había acabado, que habían quedado rincones por descubrir. Se resignó a la eterna duda. Pero un día se sorprendió cavilando frente a un papel, trazando formas y números. En aquel mejunje de símbolos discernía una endeble imagen de la gran vía central con que soñara. Aunque apenas fue una intuición, se aferró a ella y trató de entender qué había más allá del papel.
Desde entonces halló muchos pedazos de la ciudad en sus trazados; sostenía al viejo acompañante entre sus yemas, y con él se deslizaba sobre la arena blanca que una vez había pisado. Emprendió nuevos viajes hacia lo desconocido: la ciudad de las Matemáticas seguía ahí, esperando a ser revelada. Todo cuanto le movía era la avidez de descubrimiento.
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