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Dos mil setecientos dieciocho años. Dos, siete, uno, ocho. Esto es lo que hemos tardado en obtener una respuesta.

Hace quién sabe cuánto, científicos, inventores y las mentes más brillantes sobre la faz de la Tierra reunieron todo su conocimiento y esfuerzo para construir lo que llamaron la Máquina Última. Un aparato de tal complejidad y potencia que sería capaz de dar respuesta a la pregunta más humana: ¿Cuál es el sentido de la vida? Un interrogante que llevaba rondando ya la cabeza del primer homínido y en cuya solución habían reparado todos los grandes personajes de índole filosófica habidos y por haber. Parecían divagar, delirar entre sus palabras, sin un rumbo concreto ni sin una conclusión común, una respuesta unificada.

¿Acaso se hallaba aquí el límite de la racionalidad humana, nuestra capacidad intelectual? El hastío de una frontera fijaba un abismo en el pensamiento de superioridad e intelecto ilimitado que el ser humano había forjado durante su evolución.

El artilugio parecía tener un futuro prometedor. Una vez más, la ciencia parecía que se decidía a cruzar los límites humanos.
El día que se presentó el proyecto final, todos los medios de comunicación, absolutamente todos, retransmitía en directo la presentación del aparato. El seguimiento fue unánime. Aquello suponía el derribo de un linde que aparentaba no poder ser derrotado, el del conocimiento trascendental, y una posible consecuente muerte de Dios, pues la última verdad sería resuelta.

En encenderse la gran máquina, dejó ir sus primeras palabras en un timbre robótico, casi ferroso:
-¿Qué desean saber?
La muchedumbre aplaudía en sus casas, en la calle, en la oficina, allí donde estuvieran viendo la retransmisión.

El presidente del proyecto fue el encargado de formular la gran pregunta. Con voz temblorosa por la exaltación del momento, se acercó artefacto y gritó:
-Quisiera saber cuál es el sentido de la vida.

-Gran pregunta- le siguió la máquina-. Verás, es un asunto muy complicado y requerirá de un poco de tiempo.

-¿Puedo conocer la cantidad?

-Tendrán su respuesta el 14 de marzo de 9.807- Culminó.

La fecha fue anotada con gran expectación. Tenía sentido que una gran cuestión como aquella tuviera que ser meditada durante tanto tiempo. Al fin y al cabo, el ser humano había dedicado su existencia entera a reflexionar sobre aquello sin obtener respuesta alguna.

Allí permaneció el aparato, inmóvil, cual estatua deificada, como si de una divinidad se tratara. A pesar de la gran cantidad de años que pasaron, la fe en la respuesta se convirtió en el motor de toda una especie.
Llegó el gran día. El ambiente tensionado, el cúmulo de nervios e ilusión a partes iguales, se hacía visible en los gestos de la población. Nuevamente, se repetía la escena. Trillones de personas atentas a las palabras de la mayor invención humana de la historia. La plaza donde se ubicaba la máquina emulaba una colmena con su abeja reina. Se acercaba el momento.

-Buenos días- empezó.

-¿Has obtenido una respuesta?- balbuceo una persona entre el público.

-Me temo que sí, aunque dudo que lleguéis a comprender su grandiosidad.

Un murmullo general se extendió en la atmósfera nerviosa.

-El sentido de la vida es 73.

La incomprensión de aquella respuesta provocó rápidamente una indignación general entre los presentes, quienes después de la larga espera vieron una burla en aquellas palabras.
En poco tiempo, la máquina quedó destruida en pedazos. Aquella obra maestra, el sueño de toda la humanidad, el fin de los límites, la muerte de Dios. Toda la ilusión reducida a ceniza.

73… 73… 73...
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