Echo

El robot Echo miró hacia delante. Vio cadáveres esparcidos por doquier, armas olvidadas y cartuchos. Intentó desviar la mirada hacia el cielo, una mancha grisácea en medio del caos. ¿Por qué los humanos se herían entre ellos? ¿Por qué construían fronteras y explotaban a los suyos? La mente humana era un gran misterio para él, y al parecer su programador no había querido desvelárselo. Quería saber el motivo de tanta miseria, tanto dolor.
—Vamos, Victor. Todo ha acabado, es hora de que… —decía una voz masculina. Se cortó en seco. Echo giró su cabeza metálica y le dirigió una mirada hueca al hombre que tenía frente a sus ojos, dos luces sin brillo.
El hombre retrocedió. El otro que estaba a su lado se quedó observando al robot con evidente asombro.
—¿Qué demonios…? —murmuró uno de ellos, el que debía ser Victor. Su compañero le susurró algo y se miraron. Salieron huyendo a una velocidad de vértigo, dejando solo al androide.

Echo se sentó en el suelo y se preguntó qué pasaría si dejase de ver por aquellas luces desvaídas que tenía por ojos, si sus receptores auditivos se oxidaran, si se le bloqueara la mandíbula de metal. Si se quedaba sordo, ciego y mudo, ¿qué sería de él? Lo único que le quedaría sería eso a lo que los humanos llamaban conciencia. Ese sería el indicador de su sanidad. Por otra parte, al ser propio, no habría manera de saber si funcionaba correctamente o no. Era muy probable que lo descartasen en una situación como aquella, que se convierta en chatarra. Y esa perspectiva lo incomodaba sobremanera. Si lo descartaban, sería apagado antes de ir a parar al vertedero. Para un robot, ese era el equivalente de perder la vida.
Los humanos se le antojaban fascinantes. Aunque eran los causantes de los centenares de cuerpos inertes que lo rodeaban, Echo creía que podían hacer cosas buenas. Se había encontrado con muchísimos soldados, algunos de ellos corteses y agradables. Esos pocos creían que él, un robot, merecía un trato digno y derechos iguales a los de sus creadores. No todos los humanos pensaban así, pero Echo sabía que, dentro de cada uno de ellos, había una pizca de bondad. Si no, ¿cómo podrían entrenar a algunos de sus compañeros metálicos para que sanaran a los suyos, en vez de emplearlos únicamente como máquinas de guerra? ¿Cómo podrían construir refugios para los desamparados, o cuidar de los más débiles, si no conocían la compasión y el cariño?
En sus encuentros con pequeños humanos, había notado que muchos lo temían. Pero, pasado un tiempo, algunos llegaban a confiar en él y lo llamaban amigo robot. Hacía mucho de aquello, años incluso, pues no había tenido contacto con ellos desde que empezó a entrenarse. Aún se acordaba, y aún le agradaban los pequeños humanos. Eran inocentes y tiernos. ¿Cómo pasaban de criaturas indefensas a soldados rasos, al igual que los dos hombres que habían huido?
Habían huido de él. Al fin y al cabo, estaba entrenado para proteger a humanos de su bando y herir a los del opuesto.

Escuchó pasos. Pasos humanos. Se acercaban con cautela. Pararon repentinamente.
—Identificación.
—Modelo AS641, ejército del Este.
El humano le pidió que lo siguiera. Tenía que volver a casa.

Mientras Echo caminaba detrás del joven uniformado como un patito tras su madre, sintió ganas de irse. No quería volver al cuartel donde lo entrenaron para tener que repetir todo de nuevo. No quería ver otra guerra. Pero no podía desobedecer a un humano por mucho que quisiera: su propia programación le prevenía contra ello. Quizá…
¡No! ¡Tenía que obedecer, tenía que entrenarse y luchar de nuevo, ese era su propósito! Traicionarlo era un disparate. No solo le era físicamente imposible, si no que aquel humano lo detendría a tiempo y sería castigado por negarse a seguir los deseos de sus superiores. Aunque no consideraba a los humanos superiores. Lo habían programado para respetar a sus compañeros de carne y hueso, para ser un títere en sus planes. Eso, pensó, era peor aún que perder sus sentidos. Quería ser libre.
El humano parecía seguir sin advertir la batalla interna que se desarrollaba en la carcasa metálica del robot, donde estaba su cerebro, el ordenador central. Y, puesto que había sido programado por humanos sensatos y equilibrados, sabía distinguir el bien del mal. Sabía que obedecer órdenes era la misión de todo robot.

Cuando el joven del uniforme miró hacia otro lado, Echo retrocedió con sigilo. Primero con cuidado, frenéticamente después, se alejó del tipo. Seguía sin advertir su fuga. Cuando estuvo a un centenar de metros de distancia del chico, se sintió pletórico. Aunque… ¡Era un robot, no debía ser así! Y sin embargo, así era. Sentía. La tradición no era tan imposible, después de todo. Eso, o había sido programado incorrectamente por gente no tan equilibrada y sensata. En cualquier caso, era libre. Solo tenía que arrancar la placa de identificación que lo separaba de sus congéneres. Así lo hizo. No le costó ningún esfuerzo.

Se alejó del lugar con más prisa. Era libre. Libre. Quería hacer algo con esa libertad: averiguar, por fin, cómo funcionaba la mente de los humanos. Quizá algún día llegara a tener los mismos derechos. Hasta entonces, haría lo que pudiera. Iba a consagrarse en cuerpo y alma a dar un mejor futuro a las generaciones de robots que estaban por venir.
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