El Cuerpo Perfecto

El sol vuelve a salir, como cualquier día. Me levanto, me preparo y salgo directo a mi trabajo. Trabajo en una fábrica, yo me ocupo de poner las etiquetas a unas piezas. Sé que no suena apasionante pero no puedo quejarme, la última vez que reproché algo me reemplazaron una parte de mi cerebro. No me afectó mucho, ya estoy acostumbrado. Todavía recuerdo mi primer día de trabajo ¡Ja! Que iluso era, si hubiera sabido que ese iba a ser mi último día de vida normal…
Todo empezó cuando, en una tarde lluviosa, me equivoqué al poner una etiqueta. El error no había sido muy grave desde mi punto de vista, pero el supervisor… entró en cólera. En cuanto lo vio, unos cuantos hombres me llevaron al sótano. Me quedé atónito al ver eso: un laboratorio lleno de cálculos, fórmulas, anotaciones y experimentos sobre cómo hacer al “hombre perfecto”. Me acostaron a la fuerza en una camilla y me ataron las extremidades. Después, todo se volvió oscuro. Desperté por la noche en mi casa, pero no todo seguía normal. Me percaté de que mi mano estaba cubierta por un guante. Lo quité y… esa no era mi mano. Una mano robótica la suplantaba. Entré en pánico. ¿Ellos me habían hecho esto? Pensé en pedir explicaciones al día siguiente pero cambié de idea. Si habían sido capaces de hacerme esto… ¿arreglaría algo quejándome?
Cada fallo que cometía me costaba una parte de mi cuerpo. Un día me tropecé y me cambiaron una pierna, otro día no escuché lo que me decía mi jefe por el ruido de las máquinas y me quitaron mis orejas. Llegué a un punto en el que no se sabía si era un robot o un humano, ni yo lo sabía… Se me hizo costumbre el ir al trabajo con temor de cometer un error.
Pero lo peor fue cuando un día llegué del médico. Me diagnosticaron pulmonía. Se lo comuniqué a mi jefe y como era de esperar… No le agradó para nada la noticia. Otra vez de vuelta a ese laboratorio que ya se me hacía familiar. Esa vez pude fijarme en lo que tenían escrito en sus apuntes: tenían planeado crear a un humano, a un niño, desde cero. No querían simplemente cambiarle las partes que fallaban. Planearlo desde el principio, que cada parte de su cuerpo estuviera diseñada y modificada a su antojo; su ADN, la cantidad de proteínas, grasas, hidratos de carbono… También tenían preparado los cromosomas y, lo que más me sorprendió, su físico. El color de sus ojos, el color de su pelo, la forma de su nariz, si iba a tener pecas o no… Todo. Todo estaba preparado.
Volviendo a mí. De vuelta a la camilla. Parecía rutina ya que no había semana en la que no me modificaran. Otra vez, me durmieron y desperté. No había nadie. Algo raro sucedía. Todo mi cuerpo seguía igual hasta que noté que tenía una cicatriz o más bien como si me hubieran cosido el pecho. No entendía nada hasta que miré hacia una mesa que tenía encima un frasco con unos pulmones…
Cuando llegaron los que me habían hecho la operación, confirmaron mis dudas… mis pulmones habían sido reemplazados. No lo podía creer.
También cambiaron mi sangre por gasolina y pilas. Me lo esperaba porque ya tenía muy pocas cosas que fueran humanas.
Cada vez que recuerdo esto se me pone la piel de gallina y me empiezan a dar escalofríos. Mis compañeros… bueno, antes había más gente, solo que se fueron yendo por problemas de salud, porque encontraban otros trabajos o se jubilaban. Al final quedamos unos pocos pero se marcharon en cuanto vieron lo que me hacían.
En cuanto a mí… he intentado buscar otro trabajo pero nadie quiere contratar a alguien que parece un experimento fallido de laboratorio. Así que intento hacer vida “normal”. Cada cierto tiempo tengo que llenar mi depósito con gasolina o cambiar las pilas que hacen funcionar ciertos órganos de mi cuerpo. Hay veces que tengo que desengrasar mis extremidades porque chirrían o darme una mano de pintura.
En cada momento, las mismas preguntas pasan por mi cabeza: ¿realmente debo ser perfecto? ¿Qué soy yo en realidad?
Vuelvo a mi casa al terminar mi jornada y me meto en mi cama para ver el atardecer como cualquier día.
  • Visto: 90