Federico Y La Naturaleza

Érase una vez un niño llamado Federico Du Costa, que se crió en un pueblo de Galicia, apartado de todo, con sus padres, sus abuelos y su hermano, Sergio.
Federico, aunque todos en su pueblo le llamaban Fede, era un chico singular muy estudioso y también educado. Le encantaba el deporte y la naturaleza, siempre estaba sacando fotos a flores o plantando árboles y os preguntareis, ¿Por qué le encantaba tanto la naturaleza? porque su abuela tenía un vivero y desde pequeño le inculcó el amor por las plantas, animales, flores, etc.
Su hermano no compartía ese sentimiento hacia la naturaleza del mismo modo que Fede. Pero sabían de la importancia de la naturaleza para el planeta Tierra.
Un día, Fede iba caminando porque su madre le había mandado a comprar el pan y de repente, vió una flor que resaltaba, tenía colores muy vivos, a Federico le pareció la flor más bonita que hubiera existido jamás y se propuso que esa belleza no debería desaparecer jamás. Se puso manos a la obra para que nada ni nadie pudiera estropear esa preciosa flor, fue a casa a por agua, abono y todo lo que necesitaba para poder cuidar a esa preciosa y única flor.
Cuando llegó a donde se encontraba esa flor, se frotó los ojos, alucinado de lo que estaba viendo, la flor había crecido y tenía otro color muy distinto al que él había visto la primera vez, otro color que no había visto antes y era mucho más bonito que el que tenía el otro día. Federico no pudo hacer lo que tenía previsto porque las horas se pasaron volando contemplando la flor, por lo tanto, se fue a su casa.
Al día siguiente Federico tenía mucha intriga de lo que la habría pasado a la flor, y el día se le hizo muy largo hasta que, por fin salió del colegio y se dirigió hasta la ubicación de la maravillosa y extraña flor. En el camino no se percató de que estaba atravesando un paisaje precioso, con prados, cascadas y vacas pastando, para él era lo más normal, ya que en Galicia hay muchas vacas y el paisaje es muy verde. Federico se quedó impresionado con las vistas, cada vez le gustaba más pasar por allí, pero se concentró en lo que más quería ver, la flor.
Cuando llegó se quedó más impresionado que los otros días, la flor no había crecido, tampoco había cambiado de color. A la derecha de la flor había crecido otra flor igual de bonita. Fede no se lo pudo creer y la sacó una foto para investigarla más a fondo en la Biblioteca. Pero tenía un problema, en su pequeño pueblo no había biblioteca, por lo tanto, tuvo que ir andando hasta el pueblo de al lado, aproximadamente a veinte minutos de su pueblo, que por cierto se llamaba Teixeira.
Una vez en la biblioteca, Federico tuvo que esperar a que su reloj marcara las cuatro de la tarde, en la puerta estaba pegado un gran cartel blanco con letras negras que decían, “Biblioteca cerrada hasta las cuatro de la tarde”. Federico miró su reloj y marcaba las tres y media, así que tuvo que esperar sentado hasta que abrieron y en ese momento se dirigió a la sección especializada de flores y plantas interesándose por tres libros, a los que añadió dos comics para su hermano.
Cuando Federico llegó a su casa empezó a leer los libros, no eran interesantes y tampoco contenían lo que él estaba buscando, así que fue donde estaba la flor y empezó a tocarla. La flor era suave como la lana, a Federico le gustó el tacto y de repente algo crujió, Federico echó un paso atrás asustado por el crujido y de repente la flor empezó a abrirse hasta salir un fruto, parecido a una naranja, pero con un color que tampoco había visto nunca. Federico todavía estaba preguntándose de donde había venido ese crujido, volvió a fijar sus ojos marrones en el fruto, que cada vez era más bonito y ¡CRAC! El fruto cayó al suelo, Federico lo cogió y lo abrió, dentro no se parecía en nada a una naranja, porque estaba hueco, solo había una pequeña bolsita con un líquido, cogió la bolsa y la metió en su huerto, a los dos días había un gran árbol en cuyas ramas brotaban flores iguales a la que había descubierto Federico. Todo esto, llamó mucho la atención a la gente del pueblo y alrededores, atrajo a muchos biólogos que tras numerosas investigaciones descubrieron una nueva especie de árbol con los mismos frutos que Fede había visto en el bosque, desde ese día esa nueva especie se llamó “Du Costa” en honor a Federico.


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