La dama de la lámpara

Me encontraba en el peor estado que se podrían imaginar. Tumbado en aquella camilla, mugrienta y maloliente, mi estado convaleciente era deplorable. Realmente me estaba muriendo. Durante el asedio a Sebastopol, un oficial me disparó en el costado y cuando caí al suelo un caballo me arroyó, aún por encima era británico, de mi propia compañía. Llegué al hospital de campaña donde todo era un caos. Me zapatearon en una camilla, me vendaron la herida, me hicieron tragar un líquido de lo más asqueroso que había probado nunca y me dejaron allí, durante horas, o quizás días, pues mi mente ya no entendía de horas ni del paso del tiempo. Tuve bastantes alucinaciones y una de esas noches, en las que yo estaba intentando dormir, a pesar del dolor, vislumbré una luz al final de la habitación. La luz de una lámpara de gas, flotaba por toda la estancia iluminando la cara de otros convalecientes como yo. Cada vez estaba más cerca y yo empecé a sentir miedo, pensando que podría hacerme algo si veía que estaba despierto. Alguien comenzó a arroparme y escuché un susurro, de una muchacha:
- Desde luego, aquí nadie se preocupa por estos soldados, normal que tengamos tantos fallecidos, entre la higiene, el mal cuidado y el poco caso que me hacen...
Entonces, comenzó a revisar mis vendajes, y la volví a escuchar de nuevo:
- Pobre hombre, a saber lo que le han hecho en el campo de batalla, ni siquiera le han limpiado la herida.
Yo no me había movido nada, no quería interrumpir lo que estaba haciendo, pero en cuanto puso un paño mojado sobre la herida, esta me escoció tanto que inconscientemente di una sacudida:
- ¡Ay! Disculpe, no pretendía despertarlo…- se disculpó ella.
- No se preocupe, no estaba durmiendo, eso es algo que llevo días sin hacer.
- No me extrañaría, en el estado en que los dejan, difícil es que se recuperen, y menos con las condiciones que hay en este hospital, me gustaría ver cuando mis enfermeras acatan las órdenes que les doy. - parecía molesta, no le deben de hacer mucho caso aquí.
- Disculpe, pero, ¿cómo se llama?- me incorporé para hablar con ella,
- Florence, Florence Nightingale, soy la enfermera que dirige este hospital, pero veo que muy pocos se dignan a seguir mis recomendaciones.
- ¿Qué recomendaciones?
-Verá, yo les digo que se deben lavar las manos y todos los instrumentos utilizados para poder atender a los pacientes, pues mucho de ustedes han contraído aquí enfermedades e infecciones que han empeorado su estado. Estoy segura de que si se mantuvieran unas medidas mínimas y se mejorasen sus condiciones, podríamos salvar muchas vidas.- Florence sabía de lo que hablaba y poca gente sabe realmente de lo que habla cuando abre la boca para decir cualquier cosa. Aquella muchacha tenía algo.
- Pero mis problemas no tienen que preocuparle a usted y menos tal y como está. Túmbese, yo vuelvo ahora.- me ayudó a tumbarme y se fue. De allí a un poco, volvió cargada de cosas. Primero me limpió la herida y me puso un ungüento para que cicatrizase, luego me dio un jarabe que tenía un sabor dulce, como a propóleo, no como aquel otro intragable. Hasta me cambió la manta y mi maloliente camilla dejó de tener ese olor tan nauseabundo. Me dijo que volvería al día siguiente, y así fue. En cuanto vi su lamparita flotar por toda la habitación, me sentí tremendamente impaciente, quería volver a verla. Volvió a atenderme maravillosamente y charlamos durante un buen rato, aunque después la tuve que dejar ir, pues seguramente había otros como yo, esperando la visita de la dama de la lámpara. En una semana me recuperé por completo y en aquellas oscuras noches, ella me contó sus planes para mejorar el hospital, que poco a poco iban cobrando forma. Cuando me dieron el alta, me iban a repatriar, pero yo decidí quedarme allí con ella. Me uní al grupo de enfermeras y ayudé a que se mantuvieran las medidas de higiene que Florence ordenaba. Cuando la guerra terminó, volvimos juntos a Gran Bretaña. Ella siguió su carrera como enfermera y continuó haciendo de hospitales terribles, lugares donde se salvan vidas de verdad. Yo me uní al comité de Sanidad del gobierno británico, había encontrado mi vocación mientras trabajaba con Florence. Ayer me llegó la noticia de que iba a venir a exponer sus estadísticas sobre la guerra de Crimea, probando así que sus cambios en sanidad eran eficaces y debían ser no sólo implementados en todo el sistema, si no también diseñados y perfeccionados en las universidades. Ahora estoy sentado en mi silla en la sala donde va a hacer su exposición, tan impaciente como todas las noches que la esperé en la camilla, deseando que demuestre a todos, que ella sabe de lo que habla.
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