La guerra de los asteroides

Me llaman Carlos Vázquez, pero antes de todo esto, un cualquiera, hasta que hice algo sorprendente, salvando a todos con solo 20 años.
Esto empezó en una calurosa mañana de verano, con cielo despejado, pájaros cantando y un café en la mano. Eran las ocho de la mañana. Me preparaba para otro ‘gran día’ en el trabajo, en la base de la NASA Johnson Space Center, en Houston.
Allí lo que hago es realizar cálculos para los asteroides, cohetes, satélites, etc. El jefe que tengo es muy molesto con todos los trabajadores de los que es responsable, todo el santo día gritando, criticando y presionando; ¡vaya pulmones tiene! Normal que algunos pidan traslado a otra sede. Al menos, tengo un despacho bastante grande, con tranquilidad, excepto cuando viene esta enturbiadora alma a un hombre pegada. También tengo una ventana, por la cual veo pájaros y hasta ciervos, que ayudan a relajarme.
Cuando me disponía a ir al trabajo, me encontré con un atasco demasiado sospechoso, ya que nunca hay coches por la carretera en la que mi coche gasta los neumáticos.
Llegue al despacho. Este emblemático lugar, tan brillante, y ordenado como siempre. La silla, de tanto estar en ella, era como unas arenas movedizas de las que no se puede escapar, como de las broncas de tu jefe, el cual, seguro que estaba esperando a que echara un vistazo a la ventana para ya atacar, hambriento como los lobos que llegué a ver a través del cristal. No se puede descansar unos segundos siquiera. Lo primero, buenos días-le dije-. Y él, con un gesto de grosería plantó un montón de papeles en la mesa, dando a entender que los quería para hoy. Con un resoplido de fastidio, me puse a ello.
Cuando aún apenas llevaba unas hojas, dieron los avisos de la hora de comer y entonces me acerqué a la cafetería. Pero todo el mundo estaba raro. Se les veía tan apagados como el fuego dentro de un vaso de agua. Cuando vi a mi novia, le pregunté que le pasaba y sacó el móvil, enseñando una noticia. ¡Decía que un asteroide se acercaba hacia la Tierra!
Cuando lo vi, sentí preocupación, y cuando me di cuenta de que era tan peligroso como para quitar la raza humana de la Tierra, sentí un gran escalofrío por todo el cuerpo. El asteroide era tan grande que nunca se había visto algo así.
Volví al puesto de trabajo, triste. Daba explicaciones, pero no se podía. Parecía tan anormal, que no podías creerlo. Pero tuve que seguir con el trabajo, papel tras papel; cuenta tras cuenta; hasta que dieron las nueve y como no había acabado, tuve que estar por la noche.
No podía hacer nada de lo mandado. Daba vueltas y vueltas. Agotado, y pensativo, tomé un vaso de leche. Al acabarlo, tuve una gran idea.
Podría servir lo siguiente: lanzar un bloque enorme del material más duro que el diamante, el fullerito, contra el asteroide para así romperlo, y tratar de despejarlo, dentro de un gran cohete.
Durante toda la noche utilicé cálculos de gravitación para saber donde se colocaría el día de la verdad, ese asteroide. Emplee los cálculos de la fuerza gravitatoria y centrípeta; velocidad; aceleración; leyes de muchos físicos, como Newton y Kepler; etc. Todo. También había que calcular donde colocar el fullerito.
Cuando empezó a salir el Sol, había acabado los cálculos. Cuando mi jefe vio que no había acabado las tareas, empezó a gritar, pero pasando de él, corrí para hablar con el presidente de la sede. Cuando le conté el plan, le pareció que podría servir.
Esa tarde, se prepararon los materiales. Todo el mundo trabajando como uno, con la esperanza, el arma más potente del universo. Para la noche ya estaba todo preparado, y se lanzaron los cohetes. Iba bien el vuelo, pero al salir de la atmósfera, se pararon los motores. Nos habíamos congelado todos. Gritábamos, hasta que dije si se podía lanzar algo contra el cohete para empujarlo, y así hicieron. El objeto consiguió desplazar nuestra protección y accionarla. Cuando el meteorito chocó con la enorme roca, se hizo un silencio. Corazón a 200 pulsaciones. Pero al destrozar el asteroide, caían trozos de este sobre nosotros. Nos volvíamos locos. Ante la sorpresa de todos, estos pequeños asteroides se deshicieron en la atmósfera, siendo salvados y ¡saliendo mi cara en todos los telediarios del mundo!
Para agradecerlo, me dieron el Nobel de física y hasta un ascenso, ¡para presidente de la sede! Ahora ya no me podía gritar nadie. Pero con toda la alegría del nuevo despacho, llegaron los problemas. Al encender el ordenador, un mensaje apareció en un lenguaje extraterrestre, encontrado en otros planetas. Al traducirlo, supe que salvé al mundo esa vez, pero que habría que volver a hacerlo.
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