Esa mirada ancestral.

Dicen, que los ojos son el espejo del alma, que a través de ellos puedes descubrir cómo es una persona. Pero en su vida se había cruzado con una mirada como aquella, tan salvaje, tan humana, tan real.

No podía saber a ciencia cierta si aquellos ojos que observaban eran verdaderos o producto de su inagotable imaginación.

Esos ojos verdes que se clavaban fijamente. Esos ojos amazónicos y salvajes. Los mirabas y te adentrabas en la más profunda de las selvas que nunca pudieras encontrar. Estas selvas, de árboles altos, frondosos y, en cierto modo, aterradores, desconocidos. Eran algo que nunca habías visto antes. Totalmente adictivos. Y letales.

Pero no miraban en su dirección. Al principio sí, y sus miradas se cruzaron entre todo el caos que les rodeaba. Pero ahora habían cambiado su objetivo. Se fijaban en otra mirada que no era la suya, en una mirada fría como témpanos de hielo.

Esta mirada, del azul más intenso que jamás había visto, rogaba y exigía a las selvas de aquellos ojos que miraran en su dirección, que le concedieran esa súplica que llevaba tanto tiempo implorando. Esos ojos eran profundos como el océano y a la vez parecían fríos, como el hielo que antaño cubría los polos, si no hubiera sido por el fuego que incendiaba su mirada y derretía esos glaciares, para hacerlos rodar sobre los pómulos altos y las mejillas enjutas de aquel rostro demacrado. Esa tormenta, debida al deshielo, parecía estar formándose y cuando llegara a su máximo apogeo, haría todo lo posible por no estar presente. Lo destrozaría todo con un parpadeo.

Se giró, intentando huir de todo aquello, intentando escapar de aquella inminente lucha de titanes, aquel horror en que se había convertido su vida. Se giró, pero no pudo hacer nada más, dos ojos grandes y almendrados observaban la escena desde una profunda capucha, distantes.

Qué ojos, no recodaba haber visto ningunos así, o prefería no acordarse de esa intensidad y esa fuerza. Sin duda, había visto muchos ojos color café, miel, avellanados, cada uno los llama de una forma. Si bien es cierto, desde que las parejas podían modificar genéticamente a su descendencia, cada vez había menos individuos de ojos marrones. La gente prefería colores como el azul o el verde. Otros, con un nivel adquisitivo más alto o con gustos más caros, los preferían violetas o rojos. Algunos, muy pocos, y con gusto considerado raro, los preferían color azabache, como la noche profunda. Quedaban muy pocos con los iris de color tierra, tal vez porque recordaban a un pasado sin modificaciones genéticas y lleno de aberraciones provocadas por el instinto animal del ser humano “semievolucionado”. O tal vez era porque se consideraba que era de personas inferiores y sin recursos que no podían permitirse modificar a su prole.

No se podía mover, no podía hacer nada que no fuera mirar esos pozos de recuerdos donde había caído sin querer, sin percatarse de ello, y de donde no podría volver salir, jamás, por mucho que lo intentara.

Esos ojos, que te cogían suavemente de las manos y no te soltaban. Te adentraban en un mundo de tierra y arena. De siembra y cosechas. Un otoño perenne en el que los árboles mudaban sin pausa sus hojas, que caían al suelo despreocupadas y lo cubrían todo con un manto dorado que jugaba con los rayos del sol. Los árboles, semidesnudos, ya no podían seguir cubriendo a los animales que hasta entonces se ocultaban entre ellos. Ahora se los veía correteando, buscando un lugar seguro donde pasar el invierno, que nunca llegaría, porque en aquellos espejos de miel parecía no pasar el tiempo.

Esa mirada ancestral, que parecía venir a reconstruir su mundo, le devolvió memorias de un pasado casi olvidado. Casi, porque nunca podría olvidar el tiempo que pasó correteando feliz entre aquellos árboles de oro. Aquel bosque otoñal que una vez fue su salvación y ahora acudía otra vez para brindarle el refugio que tanto tiempo llevaba anhelando.
  • Visto: 111

ESCOLA D'ESCRIPTURA

EUSKAL ETXEA

AEELG

EDITORIAL GALAXIA

METODE

INVESTIGACIÓN Y CIENCIA

EL HUYAR

AELC

BIBLIOTEQUES DE BARCELONA

ESCUELA DE ESCRITORES

ESCUELA DE ESCRITORES

IDATZEN