El acordeón

¿Qué pasa por la cabeza de un hombre acostumbrado a vivir, cuando una tarde de invierno le confirman el peor de sus temores? Ni una acción indebida, ni una mirada saturada de furor; tan solo, un suplicio interno que va consumiendo por segundos. El horizonte empezaba a dibujarse a carboncillo, quedando un suspiro en la oscuridad, cuando el sonido del ferrocarril sofocó el silencio que llegaba desde la calle Himmel. El hombre del acordeón, guardián de los documentos que daban luz al destino de cada uno de los miembros de nuestra sociedad, se detenía para recuperar el denuedo y contemplar el camino de las almas transportadoras de la eternidad. A cada metro que se adentraba en la bruma, una luz grisácea desafiaba al cielo; y fue ahí, en ese preciso momento, cuando lo comprendió todo.

Aquel mes al invierno le dio por atardecer todos los días de mármol y escarcha. Una penumbra de certeza teñía la ciudad, y la gente pasaba de largo dibujando con el aliento aros de vapor por el frío. Eran pocos los que en aquellos días se detenían a contemplar las calles nevadas de Babel, y menos todavía los que se aventuraban a entrar y recitar el poemario repleto de versos furtivos. Su hermana le esperaba allí, tendida con un ataúd abierto con los labios sellados y los ojos cerrados, mientras la muerte sonreía vagamente con los ojos cargados de alegrías infantiles, ascendentes a una moneda de cobre. Reconocía entonces sus últimas horas de vida, quizá sus minutos, que le permitían seguir arrastrando el cuerpo hacia la ribera. Los ángeles y las criaturas fabulosas parecían seguir sus pasos, adentrándose en el viejo cuerpo del acordeón. Un gen codificador de la proteína reguladora de la conductancia transmembrana señalaba con mucosidad el camino hacia los pulmones, sumergiéndose así, en las tinieblas de una de las ocho mil vidas nacidas. En realidad, formaba parte de su rutina. Todas las noches salía a la calle sabiendo a la enfermedad autosómica recesiva a la que se enfrentaba. Parecía que alguien hubiera vertido un líquido en su ser frío y espeso, resbaladizo y gris, pero que, a su vez, algunas estrellas tenían el valor de alzarse y brillar. Entonces abría sus ojos y su mirada embrujada de recuerdos se clavaba en el suelo. Cuando despegaba sus labios oscuros y pronunciaba, el sonido de su voz era tan atronador que parecía que le estuviera embistiendo un tren de carga, dejándole suspendido mientras el eco de sus palabras derretía el mundo. Esas noches se quedaba un poco más y esperaba, en su forma clásica y más habitual por la enfermedad pulmonar, la insuficiencia pancreática y la elevación de cloro en sudor. Tan sólo albergaba la esperanza de poder salvar su vida, pero estaba aún lejos del sector este del corazón de la muerte.

Lo cierto es que durante los meses que duró las últimas etapas de la fibrosis quística, nadie logró servir a la destrucción con mayor lealtad como él. Su corazón fue un círculo que poseía la infinita habilidad de estar en el lugar apropiado en el momento oportuno. Y es que cuando le preguntó a su padre si el cielo lloraba, le faltó voz para pronunciarse.
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