La máquina del tiempo

El abuelo Juan, como todas las noches de los viernes, desde hace unos años, reúne a sus nietos para contarles historias. Están sentados en el suelo a su alrededor, con los ojos muy abiertos y expectantes. ¡El abuelo cuenta unas historias increíbles! Después de unos segundos de espera, que se hacen eternos, comienza el relato.
“Hace tiempo, cuando iba al colegio como todos vosotros, el profesor de tecnología nos mandó hacer un trabajo, que era crear una máquina del tiempo. Todos mis compañeros y yo no sabíamos qué era eso y el profesor Alberto nos explicó:
-Es un artilugio para viajar en el tiempo, aprovechando los “agujeros de gusano”.
-¡Guau! -exclamaron todos.
Entonces empezó a hablarnos de los agujeros blancos o puentes de Einstein-Rosen, que supuestamente permiten viajar a través del tiempo...
-¿A qué es increíble? -dijo el profesor.
-¿Y como haremos eso? -preguntó un alumno.
-Eso lo dejo a vuestra imaginación. Quiero que investiguéis sobre el tema -contestó Alberto.
Como todos mis compañeros, salí de clase asombrado. Les dije de quedar en mi casa para realizar el experimento todos juntos. Quedamos a las cuatro de la tarde.
No sabíamos por dónde empezar. A Roberto, que era el más listo de todos nosotros, se le ocurrió una idea y nos pusimos manos a la obra… Después de muchas horas y días de trabajo, al fin la habíamos terminado y tocaba probarla. Todos estábamos muy nerviosos y nadie se atrevía a ir primero, por lo que lo echamos a suertes. Le tocó a Carlos. Se sentó en la silla, cerramos la cápsula, pulsamos el botón y de repente sonó un fuerte ruido, pensamos que se había roto; pero no. ¡Carlos había desaparecido!
Después de unos minutos que nos parecieron horas, Carlos apareció de nuevo con una cara sorprendida y nos dijo:
-¡No os lo vais a creer! Estuve en un poblado celta, como los que aparecen en los cómics de Astérix y Obélix.
-¡Oooh! -exclamaron todos.
Entonces todos quisimos probar aquella máquina. Roberto viajó al imperio azteca, Luis al Egipto de los faraones… y yo a la Antigua Roma. Aterricé nada más y nada menos que en el Coliseo romano, donde se estaba disputando una lucha de gladiadores. La peor parte le tocó a Manuel. Él viajó al futuro y lo que vio no le gustó nada. El planeta Tierra se había convertido en un lugar inhóspito, incompatible con la vida. Sus habitantes se habían tenido que marchar a vivir al espacio. Vivían en una especie de burbujas. Eso nos dio mucho que pensar. ¡Ese será el futuro de nuestro planeta sino lo cuidamos!
Estábamos tan entusiasmados que aquella noche no pudimos dormir. Estábamos deseando llegar a clase para contarle nuestra experiencia a Alberto. Al día siguiente, llevamos nuestro aparato a clase. Cuando llegó el profe y lo vio preguntó:
-¿Pero qué es esto?
-La máquina del tiempo -contestó Roberto.
-¡Jajaja, en serio?! ¿De verdad os habéis creído lo de la máquina del tiempo? Era una broma. ¿Cómo vais a inventar una máquina así? ¡Sois unos ingenuos!-dijo Alberto burlándose de nosotros.
-¡Pero funciona! -dije yo.
-¿Quieres probarla? -Preguntó Carlos.
-¡Por supuesto! -contestó Alberto entre risas.
Entonces se colocó en la cápsula, le dimos al botón y después del infernal ruido… ¡Alberto desapareció! Esperamos unos minutos y Alberto no aparecía. Estuvimos toda la clase esperando y no apareció. ¡Nunca más apareció! Nadie sabía qué había ocurrido, solo nosotros. A lo mejor Alberto había viajado a un lugar en el que se sentía a gusto y no quería volver.
No le dijimos a nadie lo que había pasado. Aquella máquina nos parecía peligrosa y decidimos deshacernos de ella…
¡Ahora está enterrada en el jardín!”
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