El hormiguero inspirador

Estaba yo en mi laboratorio, feliz y pensativo, después de haber hecho un experimento. ¿Como iba yo a enseñarle a mis hijos lo bonita que es la ciencia? En ese momento recordé cuando siendo niño me inspiraron a ser científico.

Era primavera y tenía yo 12 años. Iba dando un paseo con mi familia por el campo y mientras miraba todos los animales, desde milanos enormes y preciosos hasta ratones que, a diferencia de la mayoría de la gente que les parecen asquerosos, a mí también me gustan. De repente, me llamaron la atención unas hormigas que estaban llevando unas hojas a su hormiguero y me pregunté: ¿Las hormigas tendrán preferencias por la comida? ¿Qué hoja preferirán, la hoja de nogal o la de encina? Después de pensarlo un tiempo se lo pregunté a mis padres, los cuales no supieron responderme. Pero me dijeron que se lo preguntara a María, mi profesora de Biología.

Días después tenía clase con ella y cuando acabó de explicar fui a preguntarle sobre las hormigas. María me propuso hacer un experimento para saberlo y demostrarlo. Me dijo que la próxima vez que fuese al campo recogiera algunas hormigas y hojas de nogal y de encina. Aquella misma tarde fui a dar un paseo para recoger los materiales necesarios para el experimento: unas 10 hormigas que metí en un bote con arena de cerca de su hormiguero y un poco de agua. A la mañana siguiente recolecté algunas hojas caídas de los nogales de cerca de mi casa y por la tarde busqué las de las encinas.

Ya tenía todos los materiales para el experimento e ilusionado fui al día siguiente a la clase de María a preguntarle el siguiente paso. Me explicó que tenía que ofrecer a cada hormiga los dos tipos de comida. Pero al hacerlo se me olvidó separar a las hormigas en diferentes espacios, con lo cual solo podía observar que las hormigas habían movido las hojas, pero no sabía cuáles eran las que más les gustaban. Decidí ir a por más hojas. Esta vez separé a las hormigas en diferentes cajas. Para mi desesperación, el experimento volvió a salir mal ya que cada hormiga elegía un tipo de hoja y no todas habían cogido el mismo tipo. Estuve unos días pensativo, sin saber cómo arreglar el problema. Hasta que pregunté a María y me explicó lo que se suele hacer en los laboratorios: repetir cada experimento varias veces. La hoja que más se coman será la que prefieren las hormigas.

Así hice el experimento. Primero preparé unas cajas de cartón en forma de T y en un extremo puse a una hormiga y en el otro, donde está la línea horizontal de la T, puse a un lado la hoja de nogal y al otro la de encina. Hice así 10 cajas y cada día anotaba qué pasaba. Durante 10 días fui apuntando los resultados en mi cuaderno. Yo preveía que se iban a comer más las hojas de nogal, ya que la de encina tiene pequeños pinchos y a lo mejor no les gustaban. Durante esos 10 días yo había hablado con mis amigos de lo que iba sucediendo y a ellos también les interesó así que decidí que el último día les iba a invitar a mi casa para que viesen el resultado.

En el décimo día estábamos 3 de mis amigos y yo esperando a ver qué elegían las hormigas. Tras analizar los datos, vimos que había ganado el nogal, como yo esperaba, pero aun así alrededor de un 25 por ciento de las veces las hormigas seleccionaban la hoja de encina. Al día siguiente, le enseñé el resultado a María, me miró muy seria y me dijo con cariño:

— Has hecho un experimento como los que hacen los científicos en los laboratorios para entender cómo funcionan las cosas. ¡Estas semanas has sido un pequeño científico!

Ese año estuve haciendo experimentos casi todos los meses. Siempre le agradeceré el haberme enseñado a hacer ciencia en lugar de responderme de manera simple lo que harían las hormigas. Disfruté tanto averiguando cosas nuevas que decidí ser científico. Para enseñar a mis hijos lo emocionante que es la ciencia voy a tener que buscar una pregunta inspiradora.
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