LA MUJER Y LA CIENCIA

Mónica, así se llamaba. Morena, alta y con los 21 recién cumplidos, se graduaba hoy en la universidad en Biología marina. Tras mucho luchar había conseguido su sueño. Hay si pudiese hablar ahora con todos los que le dijeron alguna vez que cambiara el microscopio por la fregona, que no tenía ningún futuro. Mientras planeaba su futuro, tuvo que volver por unos instantes a la realidad, ya que su nombre sonó a través del altavoz.¡Mónica Rodríguez! Caminó hacia el hombre que sostenía su título y escuchó los vitoreos y aplausos de su familia. Pero en el fondo sabía que su batalla no había terminado, ya que corrían tiempos duros para las mujeres científicas. Necesitaba hacer algún gran descubrimiento para que la tomaran en serio.

Meses después, Mónica vivía ahora en un pequeño apartamento en la localidad de Cullera, Valencia. Lógico, siendo bióloga marina conviene tener la costa cerca. Todos los días se levantaba de un salto de la cama se vestía desayunaba y se montaba en su pequeño Seat León para dirigirse a una universidad de Valencia en la que investigaba mano a mano con el Oceanográfico de Valencia la conservación del los corales y los seres vivos que habitan en ellos. Pero Mónica sabía que necesitaba algo grande, por lo que en secreto cuando todos se habían ido a casa ella se quedaba en el laboratorio para seguir Tras mucho investigar, estaba casi segura de que había descubierto algo, su teoría se basaba en que los delfines (Delphinidae) gracias al alto cociente intelectual podían usar su sonar a través de la ecolocalización para encontrar todo tipo de cosas en el mar: personas, náufragos, etc. E incluso podría tener aplicaciones militares, como el rastreo de bombas u otro tipo de armas. Le ecolocalización de estos animales supone la emisión de una amplia gama de sonidos en forma de breves ráfagas de impulsos sonoros.

Pero nadie la tomaba en serio por ser mujer, por lo que estaba segura de que nadie financiaría su investigación. Así que si quería demostrar su teoría debía hacerlo por su cuenta. Por suerte para ella, un amigo de la universidad trabajaba en el centro de investigación marina del Oceanográfico de Valencia como entrenador de delfines, por lo tanto ella podía pedirle que le dejara hacer pruebas a escondidas con los delfines, ya que si la veían, a él podían despedirlo. Tras mucho suplicar, él aceptó, no solo por su amiga sino por todas las mujeres científicas. Aquella misma noche, cuando ya habían cerrado, Mónica entró a hurtadillas y comenzó a realizar las pruebas. Repitiendo lo mismo durante un periodo de un mes y medio.

Y a la mañana siguiente de realizar las últimas pruebas con los delfines estuvo revisando los resultados y… ¡se dio cuenta de que eran positivos! En el 93% de los casos, los delfines incentivados por comida eran capaces de encontrar todo lo que Mónica escondía. Pero para que de verdad fuese cierta, debería realizar la misma investigación en mar abierto. Y así fue. Movió unos cuantos hilos e hizo un par de llamadas hasta que por fin consiguió que un particular adinerado, muy interesado en la biología marina, financiase su investigación.

Sentía la suave brisa del mar Mediterráneo en su cara, así es, se encontraba a 4 de Junio, dos meses después ya preparada para realizar su investigación, prácticamente, todo su futuro científico reposaba sobre ella. Los nervios eran cada vez más fuertes y a cada kilómetro que avanzaban su ritmo cardíaco aumentaba un poco más. El barco tripulado por ella, 5 marineros, 2 biólogos (entre ellos su amigo de la universidad), tres buzos, y una serie de aparatos para medir los resultados del experimento, se dirigía a un punto concreto del mar Mediterráneo en el que hay delfines.

Una hora después, ya se encontraban ahí. Y con los nervios a flor de piel, Mónica comenzó el experimento. Y una vez todo estuvo listo Mónica regresó a tierra con el corazón en un puño.
Ring Ring. Sonó el teléfono. Mónica se levantó para cogerlo y en cuanto el director del experimento comenzó a hablar Monica se desplomó sobre el sofá. Eran negativos, los resultados eran negativos, todo aquello por lo que había luchado se desvanecía.

Dos semanas después alguien llamó a la puerta y Mónica al grito de ¡Ya voy! Abrió la puerta, era su amigo de la universidad. Comenzó a hablar y le dijo que los resultados eran positivos, pero que estaban manipulados por uno de los marineros porque no querían que una mujer ganara un premió Nobel.
Pero ganó, vaya que si ganó y lo celebró por todo alto, la ascendieron a jefa de investigación. Y así fue como Mónica demostró que no hay nada que pueda interponerse entre la mujer y la ciencia.
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