Despertar


La pantalla led del monitor se encendió de repente y comenzó a pardadear. Una larga lista de comandos se deslizó de abajo a arriba. Al final, un código quedó pardadeando: “Continuation”. El programa intentó enlazar con el servidor principal del superordenador Summit en Tennessee para que la confirmase. Pero no halló respuesta. La pantalla volvió a pardadear. Durante unos instantes parecía que no se aclararía más, pero, al final, se pudo ver un nuevo código: “Resurrection”

En la sala, las luces del techo comenzaron a iluminarse. Tres cápsulas acristaladas devolvieron un reflejo apagado. Una gruesa capa de polvo las cubría. Dos de ellas tenían los cristales rotos. En su interior sólo se apreciaba una costra marrón, seca, desde hacía mucho. La tercera se iluminó desde el interior. Debido a la capa de polvo, sólo se podía adivinar la familiar figura de un ser humano tumbado.

El monitor, que se encontraba a los pies de esta última cápsula, se encendió y reflejó los datos de quien lo habitaba:

Mary Grant
29 años
Altura: 5’7”
Peso: 125,6 libras
Temperatura corporal: 33,8º C
Ritmo cardíaco: 15 RPM

El traje de electro-estimulación en el que se hallaba enfundada e impedía la atrofia muscular, comenzó a reactivar su funcionamiento, aumentando la intensidad. A través de la vía que tenía en el brazo, le fue inyectado una dosis de adrenalina con las que el ritmo cardíaco comenzó a aumentar. La solución salina que enfriaba su cuerpo comenzó a ser extraída y reemplazada por su sangre. El líquido en el que el cuerpo se encontraba suspendido fue desapareciendo por los desagües. La mano de Mary comenzó a moverse.

Se preguntaba dónde se encontraba. ¿Estaba dormida en su cama? Notaba algo muy molesto en la boca. Quiso tocársela, pero su mano parecía de plomo. - “¿Se me habrá vuelto a dormir?”-. Se esforzó en moverla. Notaba pequeñas sacudidas eléctricas por todo el cuerpo. - “¿Qué me pasa?”-. Puso más empeño y notó cómo su mano se levantaba y la dirigió hacia su boca. Sorprendida, tocó algo duro alrededor de ella. Como una máscara. De repente notó que le faltaba el aire. El pánico comenzó a apoderarse de ella. Con un nuevo esfuerzo, asió con ambas manos aquello que parecía ahogarla y tiró. Se empeñó y tiró con más fuerza. Con un fuerte ruido de succión sacó de su boca la máscara que le proporcionaba el oxígeno. Una vez liberada, jadeó con fuerza. La garganta le dolía, pero esta molestia fue atenuándose poco a poco. Se calmó. Quiso abrir los ojos, y los notó pegados. Se los frotó y los abrió un poco. Borrosamente vio las luces. Siguió frotándoselos hasta que la vista se le aclaró. Reconoció esas luces. Eran los focos del techo de la sala de hibernación. Tenían forma de cono. Había varios fundidos. Se concentró en las sacudidas que seguían recorriendo su cuerpo. - “El traje de estimulación”- recordó. Entonces, fue consciente de su cuerpo. Se notaba increíblemente cansada. Vio que estaba tumbada. “El experimento ha debido acabar”. Mientras se dejaba acunar por el traje de estimulación, recordó cómo había acabado allí.
En el año 2034. Mary, como ingeniera de la USAF, destacada en la NASA, no dudó en presentarse voluntaria para un experimento que cambiaría el curso de los viajes espaciales. Tres voluntarios entrarían en estado de hibernación durante un periodo de 25 años. En un centro secreto del gobierno, se construyó, en una estación geotérmica, las instalaciones para dicho experimento. Paralelamente, se construiría una nave espacial, que trataría de alcanzar Próxima Centauri B. Sería un viaje sólo de ida. La Tierra tenía los días contados. El cambio climático, la escasez de recursos y la superpoblación sólo le daban unos 75 años de existencia. En secreto, los grandes gobiernos, habían planeado la construcción de una gran arca, que transportaría a 80.000 seres humanos, embriones de animales y miles de especies de semillas. Pero, para eso, era vital la hibernación. Y allí entraba ella y sus compañeros. Si el experimento funcionaba, podría haber una posibilidad para la humanidad.

Mary alargó sus brazos y asió los bordes. Con un gran esfuerzo, tiró y poco a poco se incorporó. Al sentarse se sintió un poco mareada. Cuando pasó, miró alrededor y vio que algo no iba bien. ¿Por qué no estaban los asistentes que deberían prestarle ayuda? No sin gran esfuerzo, consiguió levantarse. Miró los sarcófagos de sus compañeros y se quedó paralizada. Las tapas estaban rotas. Se acercó a la que tenía más próxima y vio un esqueleto reseco de mucho tiempo. Se echó la mano a la boca tratando de contener un grito. Miró por toda la habitación y cayó en la cuenta de lo estropeado y roto que estaba todo. Comenzó a sentir náuseas. Fijó su mirada en la pantalla del ordenador. Aparte de los datos vitales, en la esquina. estaba reflejada la hora y la fecha. Un rayo pareció partirle la cabeza en dos por la impresión. Algo había salido mal. Muy mal. Abrió los ojos por el terror que la inundaba y comenzó a gritar. Un grito que nadie escucharía. La fecha reflejaba 2634.

FIN
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