EL PARAÍSO

Estamos aquí y ahora, sin saber muy bien dónde ni cuándo, mi hija, Gea, y yo, Atlas.
Desde hace cinco años, el mundo vuelve a estar en guerra, todos contra todos, muchos dicen que deberíamos estar ya acostumbrados, dicen que con cuatro guerras en el último siglo no nos debería sorprender esta quinta y que adaptarnos a esta nueva realidad es lo mejor que podemos hacer.
Hay una región, dicen que no muy lejos de aquí, en la que la felicidad está asegurada. Según los anuncios que salen en las grandes pantallas que hay en algunas calles, en ese lugar no hay peligro de que caigan bombas o lancen misiles radiactivos. Dicen que al llegar a las puertas hacen un test completo de todas las enfermedades que azotan la Tierra desde hace más de 150 años, para no contagiar a nadie dentro, también dicen que si pasas las pruebas serás feliz por toda la eternidad.
Yo estoy intentando llegar allí con mi hija, ella y yo marchamos de nuestra ciudad después de que cayera una bomba, por su culpa murió mi mujer. Ella estaba en nuestra casa mientras yo había ido a comprar. Al llegar la encontré tirada en el suelo, inmóvil, con una muñeca de Gea a su lado. Inmediatamente fui a coger a mi hija que estaba en su cuna, tranquila, no lloraba y desde aquella no ha vuelto a llorar, parece que no quiere molestar con su llanto.
Voy caminando, hacia esa ciudad, con mi hija entre los brazos, la agarro fuerte, no quiero que se pierda, tengo miedo de que me la arrebaten también.
Me acerco a un poblado, busco alguna casa habitada y allí pido algo de leche para Gea.
- Buenas tardes, ¿qué lo trae por aquí? -me pregunta una mujer.
- Me dirijo al Paraíso, me dijeron que no queda muy lejos, -contesto- y al ver estas casas decidí parar para alimentarnos.
- ¿Viene con alguien?
- Sí, esta es mi hija -digo enseñándole a mi pequeña Gea.
- Es muy bonita, parece una muñeca -dice la mujer muy sorprendida- ¿Y la madre?
- Murió en un bombardeo hace unos meses.
- Lo siento mucho, ¿A dónde dice que se dirige? -pregunta para cambiar de tema.
- Al Paraíso, dicen que es una ciudad sin peligro de bombas en la que se puede vivir felizmente olvidándose de la guerra y ahora es lo único que necesito.
- Ese lugar es muy bueno, aquí sembramos sus semillas, ellos las llaman transgénicas y crecen muy rápido, con un fruto muy sabroso y grande.
- Eso no me interesa mucho, yo solamente quiero ser feliz con mi hija. ¿Podría darme un poco de pan y un vasito de leche, si tiene, para ella? -pregunto.
- Por supuesto - contesta ella.
Mientras espero en la cocina, escucho como esa señora habla con otra mujer, aunque no las entiendo muy bien, oigo que dicen:
- Pobre hombre, parece que ha perdido la cabeza - dice una.
- Es una lástima que la guerra cause estas desgracias- contesta la otra.
- ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a darle el vaso de leche, para la “niña”?
- No pienso ser yo la que termine con su única esperanza y sosiego, quizás, lo mejor que puede hacer es ir al Paraíso, allí le borrarán la memoria y puede ser lo mejor, creo que nunca mandaré a una persona con tanto agrado como voy a mandar a este, pobre hombre, lo mejor para él será la pérdida de memoria.
- Sí, pero para eso le inyectan antidepresivos y cocaína, luego, cuando su memoria está algo debilitada, lo someten a largas sesiones de electroshock en las que se aseguran de que no se acuerde de nada de su pasado, después le vuelven a inyectar substancias, primero testosterona y al final unos nuevos esteroides anabolizantes potentísimos.
- Ya lo sé, crean soldados perfectos, con una fuerza y agilidad sobrehumanas, hombres y mujeres para la guerra, pero puede llegar a ser su mejor vida.
- Claro, y estas últimas, antes de someterse al proceso de “anabolización”, son inseminadas con el semen de uno de los hombres ya hecho soldado, después de dar a luz son sometidas de nuevo a sesiones electroconvulsivas, para olvidarse de su hijo o hija y por último les inyectan los esteroides. Con los niños y niñas solo tienen que esperar a que crezcan para hacerles lo mismo o, algunos muy inteligentes, pueden llegar a tener la suerte de llegar a hacerlo ellos. Aunque esto no lo dicen en los carteles, claro, parece ser que si se dice la verdad, el Paraíso ya no resultaría tan atractivo, y esto no puede llegar a ocurrir nunca, ¿verdad?
- Nunca, y nosotras debemos encargarnos de que no pase.
- Llévale la leche y el pan mientras yo llamo a la central, total, a nosotras, ¿qué nos importa ese pobre hombre?
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