El virus que tenía corona

EL VIRUS QUE TENÍA CORONA

Nadie podía imaginar hace unos meses que un enano con corona nos iba a afectar tanto, nos iba a hacer sufrir tan duramente y nos iba a cambiar la vida de un modo tan radical.
Lo llamo enano con corona, porque su tamaño es ínfimo (enano pero matón, lo llama un amigo) y por la corona que le da nombre -dicen que por parecerse a la corona solar visto desde el microscopio-.
El enano se ha comportado como uno de esos personajes de dibujos animados que, saltando de mano en mano y de maleta en maleta, ha ido traspasando fronteras, mares y océanos, introduciéndose en muchos países y en muchísimas personas.
Lo que no sabía el odioso enano es que lo estaba esperando la ciencia para ajustarle las cuentas.
Él, que era un saltimbanqui de superficie en superficie, sufrió el primer golpe cuando recibió una ducha de agua y cloro. Ahí no pudo resistir y empezó su caída.
En otra ocasión, fue un componente químico, el hipoclorito de sodio disuelto en agua, conocido por la lejía, quien le paso la bayeta por encima y cayó de golpe.
En los pueblos, donde los habitantes son más sabios, recuperaron una vieja receta de sus antepasados que, tiempo atrás, se utilizaba como medida de higiene que exterminaba virus y bacterias: dar manos de cal a las paredes. Contra la cal no podían y en esas casas no entraban.
Dicen que, como se introducía en las personas, principalmente a través de los túneles de las narices y de las cuevas de las bocas, a todos nos pusieron mascarillas, pero ni por ésas, el pequeño con corona llegó a millones de seres humanos y a muchos les hizo tanto daño que ya sabemos el resultado.
Como era travieso y un caradura de cuidado, entró en nuestros mayores, siempre más débiles, y en los hospitales y empezó a multiplicarse dentro de muchas personas, que no se dieron cuenta de que les había allanado, como el ladrón que entra en casa ajena.
Pero ahí empezó a aparecer la ciencia médica y se inició una guerra que la ciencia ha empezado ya a ganar.
Se hicieron tantas probaturas, tantos tratamientos, tantos medicamentos fueron administrados que algunos empezaron a acabar con él. Muy lentamente, pero empezó a dar señales de derrota. Cada día el enano moría más veces que mataba.
Llegó el calor y el enano con corona no sabía dónde meterse. Cuarenta grados a la sombra. ¿Por qué no le habrían dicho que existía en la tierra el anticipo del infierno? Por el calor, claro. Ahí empezó a pedir agua, pero nadie se la proporcionaba. ¿Quién iba a dársela?
Como, además, las personas recibían más horas de sol al día y, de este modo, cada vez tenían más vitamina D en los organismos, más difícil le resultaba ganar la guerra que todo el mundo le había declarado.
Y así, con el enano en caída libre y cada vez con menos fuerza, los investigadores dieron por fin con la tecla en los laboratorios: un antídoto, una vacuna, lo que el pequeño nunca pensó que pudiera llegar: un enemigo que iba a vencerle para siempre. La ciencia había triunfado.
Todo lo que empieza tiene un final. Y así fue como el pequeño que tanta lata nos dio, perdió su corona, dejó de ser rey y quedó como un mal recuerdo que nunca olvidaremos, que nos cambió la vida y que, por lo menos, nos hizo ser mejores.


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