Cazador de estrellas

Una noche de verano, exactamente el 7 de julio de 1448, nació un niño de ojos
azules, llamado Arturo, en Barfleur, Francia. Este pequeño pueblo de apenas 500
habitantes, tiene un puerto pesquero en el canal de la Mancha que es lugar de paso para
marineros. Arturo vivía con sus padres, Isabelle y Gregori. La economía en esta época
no era muy buena, así que Arturo se enroló con su padre de marinero con tan solo 6
años y habiendo recibido nociones básicas de lectura.
El día 10 de agosto de 1454 Arturo, junto a su padre, comenzó su primer viaje
que lo haría estar en alta mar, varias semanas, sin ver a su madre. Por las noches,
Gregori, que se pasaba todo el día trabajando, podía pasar tiempo con su hijo. Al
pequeño le encantaba mirar al cielo y preguntarse qué eran aquellas cosas tan brillantes.
Nadie, ni su padre, supieron responderle con exactitud. Los capitanes del navío decían
que eran sus guías, las que les permitía distinguir los hemisferios. Los días pasaban y
Arturo y su padre se reunían todas las noches para mirar el cielo y atrapar, aunque fuera
imposible, aquellas bolas brillantes que se les parecían a las luciérnagas. Justamente un
mes después regresaron al pueblo de Barfleur y Arturo se reencontró con su madre, a la
que había echado tanto de menos. Arturo le contó todas las anécdotas vividas junto a su
padre, incluídas las noches cazando “luciérnagas”.
Años después, Arturo y su padre realizaron un viaje más largo. Esta vez el
destino era Costa de Marfil. En una noche tormentosa, cerca de las costas de Oporto, la
expedición se encontró con unos náufragos procedentes de un barco que se había
hundido. Gregori y ocho marineros más intentaron rescatarlos pero, desgraciadamente,
la mar estaba demasiado violenta, así que Gregori y el resto de la tripulación fueron
arrastrados por una gran ola y desaparecieron, sin dejar ningún rastro. Arturo solamente
tenía 10 años de edad cuando esta tragedia ocurrió y tuvo que continuar su viaje con el
resto de la tripulación del barco a pesar de su dolor.
Por las noches ya no tenía ganas de observar el cielo sin su padre, solo quería ir
corriendo a desahogarse a los brazos de su madre. Después de 5 meses en el barco, sin
la presencia de un ser querido, por fin llegaron a su destino, Costa de Marfil. Llegaron
por la mañana al puerto de San Pedro, lugar donde se quedarían durante dos semanas.
Dos días después de la llegada, la cuarta parte de la tripulación, entre la que se

encontraba Arturo y tres marineros más, debía ir a la Isla de Santo Tomé y Príncipe. El
14 de agosto de 1458 partieron rumbo hacia este destino. Era una isla preciosa con
apenas 20 habitantes, llena de vegetación y fauna muy diferente a la vista en su pueblo
costero. Una de las noches en la isla, Arturo salió a dar una vuelta, a contemplar el
cielo desde la playa, cuando de repente, se le apareció una chica hermosa. Esta se le
acercó y le dijo:
- ¿Te gustan tanto esas luces como a mí?
- ¿Quién eres? Mi madre me dice que no hable con desconocidos - Le respondió
Arturo.
- ¿No me conoces? Soy la diosa de la Astronomía, Urania, conozco esas luces
como la palma de mi mano - Contestó la hermosa chica.
- ¿Sabes qué son esas cosas tan brillantes?- Dijo Arturo.
- ¡Claro! Se llaman estrellas, y son preciosas. - Respondió Urania.
Arturo pasó toda la noche hablando con ella y antes de irse, Urania le dejó un
libro titulado “Infinitas estrellas”.
Al regresar a Barfleur, y después de contarle el fatídico accidente que sufrió su
padre a su madre, Arturo perfeccionó su lectura ya que quería conocer el contenido del
libro que le había regalado aquella extraña chica en una isla perdida del Atlántico.
El libro versaba sobre las estrellas y constelaciones conocidas siendo las
preferidas de Arturo la estrella polar que es la estrella más visible; la Osa Mayor,
también llamada “El Carro”, que es una constelación visible durante todo el año en el
hemisferio norte, al igual que la Osa Menor, y Vega que es la estrella principal de la
constelación Lira.
Al llegar a la última página, Arturo se encontró su nombre escrito es mayúsculas.
El chico se quedó de piedra porque él no sabía, hasta ese momento, que este era el
nombre de la tercera estrella más brillante del cielo nocturno y se considera una de las
componentes principales de Alfa Centauri. Tal vez el destino jugó con él para
convertirlo en cazador de estrellas.
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