Walter

Walter

Ya falta poco para llegar. El coche se aparca cerca de la puerta y entro en el laboratorio. Sonrío al verle, no sé si él sonríe. Lo he atado. Sí, me ha invadido el pánico y no me ha quedado otra. Noto esa sensación escalofriante que recorre mi cuerpo cuando lo veo, bueno, cuando me veo. Walter, tiene mi mismo pelo rubio, tiene mis mismas manos, sus expresiones son iguales a las mías, es un clon perfecto, quizás la única diferencia es una cicatriz que tiene en la barbilla que yo en cambio no tengo.

Fue hace unos diez años cuando comencé a crear a Walter en unos momentos difíciles para mí. Lo primero fue secuenciar mi ADN para poder trabajar sobre él y creé un cuerpo de mi mismo aspecto sin la necesidad de una fecundación. Para ello creé un “cigoto-madre” que creció de forma acelerada gracias a un envejecimiento celular controlado. Luego, lo más difícil fue volcar todos mis recuerdos y personalidad en un cuerpo vacío. Los transferí mediante el implante de un neuro-enlace en su cerebro, una labor complicada que en esta ocasión parecía haber resultado. Vuelvo a comprobar que todas sus funciones vitales están correctas; luego reviso que está bien atado y me voy.

Estoy a punto de tomar el ascensor y recuerdo que me he dejado mi portátil. Vuelvo al laboratorio, pero, ¿dónde está Walter? Mi pulso se acelera. Lo descubro cuando recibo un golpe por la espalda. Caigo al suelo y lo veo escapar. Intento abrir la puerta, pero compartimos el mismo patrón biométrico y la ha bloqueado por fuera.

Me levanto, me duele la cabeza, pero tengo que salir cuanto antes, a saber qué es capaz de hacer. Intento comunicarme con mi mujer, no responde. Me es inevitable pensar en todo lo que me ha llevado hasta aquí. Quizás es difícil de entender, pero la soledad que sentía antes de conocerla y mi obsesión por la genética me impulsaron a la creación de clones. Pronto podría traer a la vida a mis padres o a mi hermana y podría disfrutar de ellos. Sigo buscando alguna abertura… ¡bingo! He encontrado un antiguo conducto de aire acondicionado situado encima de la estantería. Quito los tornillos y entro. Avanzo hasta ver de nuevo la luz. Empujo la rejilla para salir demasiado fuerte. Me caigo al suelo y me veo rodeado de oficinistas que trabajan en el más puro silencio.

—Disculpad, ya me voy.

Salgo corriendo hasta mi casa, se ha llevado mi vehículo. Menos mal que está cerca.

Llego muy cansado. Entro en casa, pero dentro no hay nadie. Walter se ha llevado a mi mujer y a mi hijo. Le digo a mi asistente que me diga la localización de mi coche. Se dirigen a las afueras. Pido un vehículo y en pocos minutos aparece frente a mí un coche autónomo sin conductor.

Necesito llegar hasta ellos. Sigo las indicaciones que mi asistente virtual proyecta en mi retina. Perfecto, se han parado.

Estoy muy cerca, los veo, han decidido parar en un bosque. Walter me acaba de ver, salgo corriendo hacia ellos, pero huyen de mí. Martha, mi mujer, se gira y me ve. Se asombra al verme tanto, que se tropieza sobre una piedra. Walter y yo corremos hacia ella, los dos estamos cara a cara. Martha se ha incorporado, tiene una piedra en la mano.

—¿Cuál de los dos es mi marido?

—Amor, soy Tom. Sé que me crees. Hemos pasado la vida juntos.—digo con calma.

Martha está mirando a Walter, suspira y lanza la piedra. Caigo al suelo y todo se vuelve negro.

15 DÍAS ANTES

—Creo que lo he conseguido — dijo Tom con entusiasmo — . Esta versión no tiene fallos… bueno, le falta mi cicatriz de la barbilla. Es lógico porque él no se cayó montando en bici. Lo he dejado tumbado en la camilla hasta que abra los ojos.

Martha lo escuchaba sonriente.

Una semana después, tal y como él esperaba, el clon abrió los ojos. Los dos se miraron, Tom no había dormido en toda la noche para ver sus ojos que hasta ahora habían estado cerrados. Los abrió y sin esperarlo le dio un golpe, que lo dejó inconsciente. Cuando despertó, su clon, se había ido y lo había dejado amordazado en el laboratorio. Le estaba robando su vida.

Unos días después, Tom le tendió la trampa a Walter cuando volvió para recoger su portátil y corrió a su casa para salvar a su familia del clon que le estaba suplantando la identidad.

Walter los encontró cuando huían en el bosque, Martha sabía cuál de los dos era el verdadero. Había reconocido a su marido por la cicatriz. Por eso le lanzó la piedra al impostor.
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