¿Buscando a Nemo?

Ya ha vuelto a sonar el timbre, otra vez a clase, el recreo ya ha terminado. No nos apetece nada, ni siquiera nos ha dado tiempo de comernos el bocadillo.
- ¿Alguien sabe lo que toca?, pregunté con desgana.
- Creo que biología con Miguel, especuló Sonia.
- No os preocupéis, hoy toca documental, añadió Lucas.
Una vez sentados y en silencio, el profesor se dispuso a encender el ordenador y como de costumbre no supo arrancarlo, ¡otra vez me pidió ayuda a mí! Por fin, pudimos ponerlo en marcha y conseguí ver el nombre del documental, “Buscando a Nemo”. Nada más leerlo me sorprendí e informé al resto de la clase. Se trataba de una película infantil, las quejas y reclamaciones no tardaron en llegar.
Al cabo de un rato observamos que no se correspondía a la película de nuestra infancia, sino a un simple documental, que no parecía muy interesante.
- Venga, Darwin, ¡te reto a una carrera!, exclamó Nemo.
- Pero, nos han dicho que no podíamos movernos de la anémona, sino los depredadores podrían comernos, dijo Darwin
- ¿Eres un gallina?, insinuó el pez con tono burlón.
- Pero… ¿qué es exactamente una gallina?, respondió enojado su amigo.
- La verdad no lo sé, a lo mejor me he inventado una palabra sin darme cuenta. ¿Entonces, aceptas el reto?, insistió Nemo
- Trato hecho, quien pierda le cede la cena al otro, aceptó Darwin.
- ¡Bien he ganado!, ¡soy el pez más rápido de todo el Pacífico!, ¿dónde estás Darwin?, ¿todavía vas por el arrecife?
Nemo no encontraba a su amigo por ningún lado, estaba empezando a asustarse, ya era muy tarde, era casi la hora de la cena y Darwin seguía sin aparecer. El pez payaso sin saber muy bien cómo actuar decidió volver a casa en busca de ayuda. Allí, tan solo se encontró con la anémona, ya que sus padres y familiares se encontraban de viaje por los mares tropicales.
La vieja anémona muy enfadada le replicó:
- ¿Por qué os habéis escapado?
- Era solo una carrera, ha sido idea mía, yo tengo la culpa, respondió Nemo avergonzado.
- La cuestión no es hallar un culpable, sino aprender de los errores que cometemos y sobre todo saber que nuestros actos tienen consecuencias, por lo que debemos pensar antes de actuar.
- ¿Y qué puedo hacer para encontrarle? Tan solo soy un joven pez, ¡me encantaría poder tener superpoderes para así ayudar a los demás!
- Escucha, Nemo, todos tenemos algo especial que nos hace diferentes del resto, ¿por qué crees que tu familia vive conmigo? Verás vosotros atraéis a grandes peces, los cuales gracias a mi veneno consiguen alimentarme que a su vez os alimentan a vosotros, de tal manera que yo a cambio os protejo de dichos peces. ¿Lo ves?, todo se basa en una relación mutuamente beneficiosa para ambos.
- Creo que lo entiendo, asintió Nemo.
Tras esta profunda reflexión, ambos se dispusieron a la búsqueda de su amigo. Gracias a la sabiduría de la anemona y a la vitalidad del joven pez, lograron hallar al pequeño Darwin, el cual debido a la oscuridad del océano había perdido su orientación.
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