¡ADIOS CIENCIA, ADIOS!

Sí, me arrepiento, me arrepiento mucho de lo que hice, todo fue un error, miles de personas están muertas por mi culpa.

Mi nombre es Luke, y aspiraba a ser el mayor científico jamás conocido.

Todo empezó el día que quise saber qué había después de la muerte, pasé años investigándolo y los resultados no eran buenos, no nos vamos a engañar, pero yo seguía intentándolo, nunca me rendí, lo que podría haber sido una buena opción teniendo en cuenta lo que pasó.

Al fin hallé los resultados, iba a exponerlos en una multitudinaria feria científica. La noche anterior, oí a alguien entrar en mi casa, no me moví, el miedo me lo impedía, estaba paralizado. Vi su silueta pasar por delante de mi habitación. La puerta hizo un ruido seco al cerrarse, el intruso había abandonado la casa, y yo caí dormido en cuestión de segundos.

A la mañana siguiente me levanté cauteloso, observando cada rincón de la casa en busca de algo sospechoso. Llegué al estudio y se me cayó el alma a los pies, se habían llevado todas mis investigaciones sobre la muerte.

En ese momento me hubiera convenido relajarme, pero no fue así. La ira se apoderó de mí y llegó a mi mente la “maravillosa” idea de apropiarme de una de las investigaciones más importantes jamás redactadas, la ley de la gravedad. No iba a ser tarea fácil, ya que la gente no iba a creer que había sido yo el que había descubierto la gravedad cuando siempre había sido el famoso Newton y su dichosa manzanita.

Sólo quedaba una opción, ir directamente a por Newton, sí, está muerto, pero yo descubrí una forma de ir a visitarle. Construir una cápsula en la cual se invertía el espacio-tiempo viajando así al pasado.

Después de días de trabajo para construir la cápsula, llegué a la época de Newton, y la verdad, no fue difícil apropiarme de su teoría. Esperé día y noche a que se sentara debajo del árbol y justo cuando caía la manzanita... ¡ZAS! La atrapé al vuelo y a Newton ni se le pasó por la cabeza la fuerza de la gravedad, volvería al presente, la redactaría con sus correspondientes datos y subiría algún puesto en el “estatus” científico.

Sinceramente hubiera sido bastante para lo que quería conseguir, pero no me conformé, iba a apropiarme de más teorías.

Empecé por un grande, Galileo, me apropié de un martillo y destrocé su juguetito. Ganimedes Calisto o los anillos de Saturno entre otras aportaciones de este científico... ¡Serían aportaciones mías!

Ya me imaginaba mi nombre en los periódicos, “Luke, el gran científico”. Las aportaciones que había robado hasta el momento no eran suficientes, mi tremendo egocentrismo requería más poder.

Le tocó a Marie Curie, no se imaginaba que se iba a comer su propio descubrimiento, “aliñé” su ensalada con una vinagreta de radio y una pizca de polonio rallado, lo hice por su bien... Esas verduras estaban muy sosas.

La última de mis víctimas fue Charles Darwin, al que con mucho gusto metí conmigo en la cápsula del tiempo y lo abandoné en la prehistoria, pero de nuevo , lo hice por su bien, así podría probar allí mismo su teoría de la evolución, podría incluso encontrar a nuestros antepasados.

En cuanto volviera al presente sería el científico más famoso de todos los tiempos, lo que me emocionaba considerablemente, pero en contra de mis ideas no fue así. Salí de la cápsula y me encontré una ciudad totalmente derruida, parecía una guerra. Segundos después me pasó una bala por delante y quité de mi cabeza la palabra parece y la sustituí por es, es una guerra.

Corrí a cobijarme al edificio más cercano, donde me encontré a un hombre que me explicó lo que pasaba. Rusia y China estaban en guerra por su diferente opinión sobre ¿de dónde venimos? EE.UU y Japón entablaban otra guerra por su diferente teoría de la imantidad (más tarde descubrí que se refería a la gravedad). Francia y Reino Unido disputaban otra guerra, ya que no opinaban igual en si había más planetas o no.

Todo empezó a cuadrar, había sido mi culpa, había eliminado de la historia los descubrimientos y ahora nadie estaba de acuerdo. Aquel era el momento de colgar la bata y dejar los instrumentos de laboratorio. Mi egocentrismo me había llevado por el mal camino, todo eso había sido culpa mía, me costó admitirlo, pero, aunque mi cuerpo y mi mente perdurarán por años, mi ansia científica se esfumó en pocos segundos. Aprendí una gran lección, la ciencia no es un juguete, no influye solamente en la reputación del científico, sino que puede llegar a generar conflictos. La ciencia es más importante de lo que pensaba, la ciencia no es solamente ciencia, sino que es mucho más.
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