La Reina Causal

La Reina Causal nació, y sólo había oscuridad. Cuando miró a su alrededor por primera vez, se dio cuenta de que algo había cambiado; la oscuridad que había visto en frente no era la misma a la que ahora miraba a su derecha. Una había ocurrido, y la otra estaba ocurriendo. Era un concepto nuevo, de antes y después, y la Reina Causal lo llamó tiempo.

Llegaron entonces los súbditos de la Reina, y ella pensó que, si estaban allí ahora pero no hacía unos instantes (en el pasado, pensó emocionada por su tan reciente invención), era porque debían estar en otro lugar. Se habían movido, y aquello por donde se habían movido fue denominado como espacio. Parecía muy ligado al tiempo, por lo que la Reina Causal los entendió como lo mismo. Le parecieron conceptos tan maravillosos que decidió que no podían tener un final; creó también el concepto del infinito, e hizo que el espacio y el tiempo comenzaran a expandirse cada vez más rápido.

Sus súbditos le preguntaron entonces que qué iba a llenar aquel espacio y a progresar en aquel tiempo. La Reina Causal se lo pensó un poco. Reunió entonces a sus súbditos, observó en ellos una mena de sustancia inmaterial, que llamó energía, y decidió que aquella energía podría convertirse en algo tangible: en aquel estado, se la conocería como materia.

Para llevar a cabo esta transformación, la Reina Causal ideó una estructura de partículas, que realmente no eran tal, que se combinaban para formar partículas más grandes. Las partículas más simples no eran otra cosa que energía, pero, complacida, se dio cuenta de que, al poner muchas juntas, el resultado era muy similar a la materia que ella había imaginado.

A su vez, se preguntó qué forma debería tomar la materia. Decidió pensar en una figura que fuera predominante, pero no única, algo a lo que todo tendiera. Reflexionó sobre aquello que definía a una figura que habitara en su nuevo espacio: el borde que la delimitaba, y la anchura que marcaba su dimensión. Decidió entonces que, para su figura, estas dos medidas debían tener una relación concreta, y, sin más, le dio un valor a esta relación: un número muy concreto, que, según sus propios sistemas de medida, era eterno y no entero. Con ello, la Reina Causal creó la circunferencia, e hizo que la materia a gran escala se organizase en su versión tridimensional, a la que llamó esfera.

Mientras sus súbditos se encargaban de organizar esferas de materia y energía, la Reina Causal observó todo a su alrededor y se dio cuenta de que faltaban cosas. En aquel espacio-tiempo, nada interactuaba con nada. Seguía siendo oscuro, por lo que ideó una forma de que la materia pudiese enviar información a otra materia: la radiación, que no era sino energía transmitida en forma de ondas. Esta radiación le dio una idea a la Reina Causal.

Creó entonces las interacciones, y decidió que fueran tres: primero, hizo que la materia pudiese tener propiedades, “cargas”, canalizadoras de estas interacciones: la carga eléctrica, que relacionó con su ya creada radiación; la carga de color, que usó para reforzar definitivamente aquellas piezas pequeñas de materia y energía, los núcleos, antes de ponerlos en marcha definitivamente; y la carga de sabor, con la que consiguió que la materia no fuese estática, sino que cambiase con el tiempo. Y, por último, dotó a toda la materia de una propiedad nueva, la masa, que dependía de su energía propia y que era capaz de deformar el propio espacio-tiempo, hasta entonces inalterable. Esta última interacción, la cuarta, era de una naturaleza distinta a las otras. La Reina Causal aprovechó e hizo que esta interacción, la gravedad, fuera la que provocara las esferas que ya había creado.

Ya, por último, mientras un Universo comenzaba a tomar forma a su alrededor, la Reina Causal terminó de ajustar las leyes que lo regirían, y, finalmente, hizo que todo comenzase a funcionar. Le tomó mucho tiempo, pero lo hizo a conciencia para que todo fuera coherente, armonioso y lógico. Ella era la Reina Causal, la madre y creadora. Y, sin embargo, ella no quiere reconocimiento. A fin de cuentas, en cierto sentido, todo pudo ser siempre casualidad, más que causalidad.
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