Fille des étoiles : (Hija de las estrellas)

París, 1948.
En la medianoche de un frío domingo de febrero una joven institutriz llevaba en brazos a su alumna. La pequeña se había quedado dormida leyendo y ella, procurando no despertarla, la había cogido para acostarla.
En cuanto llegó a la habitación y hubo arropado a la niña, Aurora se apresuró a cerrar la ventana del cuarto. De repente, antes de que pudiera hacerlo, un barco que navegaba por el río hizo sonar su sirena, consiguiendo despertar a la pequeña Cécile.
La niña incorporándose en la cama, pidió a su institutriz que le contara un cuento. Ella intentó negarse, alegando que ya era muy tarde y que no comprendería nada de lo que le pudiera contar porque estaría demasiado cansada. La pequeña no se dio por vencida y prometiéndole que atendería consiguió convencer a la institutriz.
-Entonces de acuerdo- dijo tras acomodarse en la cama junto a la niña- Hace ya tiempo que quiero hablarte sobre lo que somos. Ya sabes, que algunos filósofos de la antigüedad pensaban que todo estaba compuesto por algo a lo que llamaron “átomos”. Pero para otros filósofos este hecho era inconcebible ya que pensaban que todo estaba hecho de la combinación entre: fuego, agua, tierra y aire.
- ¡Vaya tontería! - exclamó la niña- todo el mundo sabe que eso es imposible.
- Es cierto que ahora es fácil conocer la respuesta sobre muchas cuestiones, pero ¿y si te pregunto a ti, una niña de apenas nueve años, si el universo tiene límites? ¿Sabrías la respuesta?
La niña negó con la cabeza, y su institutriz satisfecha prosiguió con su historia.
-Al final, como bien dices, pudimos conocer que verdaderamente los átomos forman la materia, pero ¿y los átomos de nuestro cuerpo de dónde vienen? – la mujer calló un instante, comprobó que su oyente seguía interesada en lo que estaba explicando y continuó- la respuesta es sencilla, puede que algo difícil de creer, pero demostrará que es cierto eso de que todos somos iguales.
- ¿Todo el mundo?
- Se podría decir que sí, Cécile. Los átomos de nuestro cuerpo y de todo lo que nos rodea se originaron en los centros de las estrellas que existieron hace miles de millones de años. Todos somos polvo de estrellas.
Está afirmación causó en la niña lo que su institutriz ya esperaba. Cécile estaba sorprendida, porque ¿quién pensaría que era cierto que todos estábamos hechos de polvo de estrellas?
-Sí, todos somos polvo de estrellas, o, mejor dicho, estamos hechos de restos de estrellas.
- ¡Oh, Aurora! Eso es fantástico- exclamó la niña mientras se miraba sus pequeñas manos, esperando ver algo que nunca hubiera visto antes - entonces sí es cierto que todos somos iguales, y que además somos mucho más mayores de lo que pensamos.
- Algo así, Cécile.
- Es increíble ¿Cómo es posible que no hubiera aprendido esto antes? Quiero saber más sobre lo que me rodea- y abriendo muchos los ojos como si se le hubiera ocurrido una gran idea, la niña habló entusiasmada- ¡Yo seré científica cuando crezca! Enseñaré por todo el mundo lo que hoy me has enseñado, y luego seguiré investigando más acerca de las estrellas.
-Eso es algo admirable, y creo firmemente que serás una gran científica en el futuro. Una vez, alguien me dijo una frase de Jacques Yves con la que creo, te sentirás identificada:
>.
- ¿Él es un científico, Aurora? – preguntó la niña acercándose más a su tutora.
- ¿Acaso no has oído lo que he dicho, pequeña Cécile? Todos lo somos, solo que muchos no pueden verlo.
- ¿De veras?
-Sí, todos somos curiosos y todos podemos descubrir y ayudar al mundo a nuestra manera- contestó la institutriz mientras se levantaba de la cama.
- ¿Cómo ayudas tú al mundo?
- Enseñando a chicas como tú para que en un futuro puedan ayudar al mundo más de lo que yo nunca podría.
Y con esas palabras y después de arropar a su alumna, Aurora miró una última vez por la ventana, vio la luna reflejada en el Sena, los colores plateados, azules y morados uniéndose en el agua, todo enlazado como si fuera una única cosa. Luego salió de la habitación orgullosa de haber sembrado la semilla de la curiosidad en la pequeña mente de Cécile Chandon.
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