EL MEJOR DÍA DE LAS VACACIONES

En estas vacaciones –menos mi hermana pequeña Luna, que se quedó con mis abuelos–,
nos hemos ido de viaje a un sitio que mi hermano Pepe, de nueve años, y yo desconocíamos. Mis
padres son los científicos más importantes del país y debían viajar por una investigación sobre
ciertos asuntos del agua de la zona que no nos querían detallar. Me llamo Beatriz y tengo trece
años.
Cuando llegamos al aeropuerto, Pepe y yo estábamos muy emocionados e impacientes,
porque aún no sabíamos a dónde nos dirigiríamos. Después de una gran espera, por fin entramos
en el avión y despegamos. Al rato, papá le señaló a mamá lo bien que se veía el vapor de agua.
Pepe no entendía nada de los comentarios de papá: ¡sólo veía nubes! Le expliqué que las nubes
estaban formadas por agua evaporada y sonrió, mirando por la ventanilla el mar de nubes.
Llegamos a una pequeña isla. Papá y mamá se pusieron a llenar botes de agua, que
tomaron de varios torrentes, pequeños riachuelos y el mar que rodeaba el islote. Imaginé que
iban a experimentar con esas muestras para distintas pruebas. Pepe no quería ayudarles, estaba
distraído con la húmeda vegetación del ambiente. Me lo llevé a la tienda en donde nos
alojábamos y cogimos todo lo que pensamos que nos haría faltar para explorar la isla. Nuestros
padres, tan absortos con sus experimentos, no se dieron cuenta de que nos marchábamos.
Después de caminar un rato por la playa encontramos, entre las rocas, unas cuevas que parecían
muy interesantes. Se me ocurrió que podríamos visitarlas, pero a Pepe esta idea no le llamaba
demasiado la atención. Le aterraba que pudiésemos hallar en su interior un dragón, un hombre
lobo, una bruja o una hidra… Me empecé a desesperar, porque Pepe sabía perfectamente que
esas criaturas no existían. Para tranquilizarle le dije:
– Pepe, tranquilo, estás conmigo, “¡que la fuerza nos acompañe!”.
Pepe rió y se tranquilizó:
–¿Entramos? –propuso.
Asentí con valentía y entramos. Dentro hacía frío, mientras que, en el resto de la isla, se
superaban los 35ºC. Nos pusimos los chubasqueros y unas linternas en la cabeza. Al principio,
aunque nos colocamos las linternas, no conseguíamos ver nada. Pero, poco a poco, se fueron
diferenciando en el techo de la cueva afiladas estalactitas y en el suelo descubrimos
estalagmitas. Oíamos sin cesar un goteo continuo, como si fuese el himno de la gruta. Nos
adentramos a paso ligero y, después de andar unos cincuenta metros muy despacio, nos
encontramos con un enorme lago.
– ¡Qué maravilla! –exclamamos
Cuando nos miramos, estábamos con la boca abierta y nos entró la risa. El lago estaba
bordeado por rocas, que nos permitían caminar por la orilla. Las rocas, en algunos tramos, se
estrechaban y en esas zonas me ponía muy nerviosa, porque me daba mucho miedo caerme o
que se resbalase Pepe. Llegamos a un punto tan, tan angosto que tropecé y me caí al agua. Me
puse a gritar aterrorizada, desesperadamente. Me sorprendí mucho al darme cuenta de que el
agua solo alcanzaba por las rodillas. Me quedé muda un instante, para después echarme una
gran carcajada riéndome de mí misma. Pepe me ayudó a regresar a la orilla y continuamos
bordeando el lago. Miramos al frente y nos asustamos mucho porque nos pareció divisar un
dragón enorme con las alas extendidas y una boca gigantesca. Pero, en unos segundos, nos
dimos cuenta de que era un conjunto de estalactitas y estalagmitas lo que daba forma al
monstruo. Con nuestras linternas de la cabeza iluminamos diferentes zonas del techo y
encontramos una bruja. Seguimos andando y aquello nos pareció un museo: vimos también
sombras y formas parecidas a un hombre lobo, a una hidra y a un fénix. Nos quedamos
asombrados. Decidimos salir de la cueva lo más rápido posible para contarle nuestro
descubrimiento a nuestros padres. Al llegar junto a ellos casi no teníamos aliento y no nos
entendían lo que les queríamos contar. No se creyeron nada, porque ningún mapa mencionaba
aquella cueva en la playa. Así que les cogimos de la mano y les arrastramos hasta la puerta de
casa para salir a la playa.
A la mañana siguiente, todos los periódicos publicaron el titular:
“Los hijos de los mejores científicos son los mejores exploradores. Descubren una asombrosa
cueva milenaria durante la bajamar de unas mareas vivas. La entrada a la cueva llevaba oculta
miles de años”
Estábamos felices. Durante los días siguientes continuamos explorando la isla. Después de una
semana, el mundo entero ya nos conocía. Nos pedían desde lugares remotos que les
contásemos nuestros descubrimientos y que fuésemos a investigar a sus países. ¡Estábamos
encantados! ¡Cuánto “vapor de agua” íbamos a ver, je je!
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