Mi error fatal

Me encontraba en el suelo de baldosas de aquella clase en la que tantas horas había pasado, con una bala en el abdomen, cuerpo y cara llenos de hematomas, y mis compañeros de clase atónitos con la incredibilidad pintada en la cara. En ese momento, lo único que podía pensar eran dos cosas: el dolor agónico que hacía estremecer mi cuerpo y las circunstancias que me habían llevado a esta insólita situación.
Todo comenzó unas semanas antes de que reanudaran las clases, cuando una notificación de Google llegó con un título que me produjo curiosidad “Solo una persona ha podido, ¿podrás hacerlo tú?”. Entonces, cometí el mayor error de mi vida, me metí en aquella página. En ese momento parecía como el resto de absurdos test sin sentido, que rondan por internet. Al finalizar, apareció un mensaje: “Enhorabuena, has sido lo suficientemente inteligente y moral como para resolver mi prueba. Por ello confío en ti para entregarte la información. Espero que no caiga en las manos equivocadas. Cordialmente, Terence Tao”. Se me descargó un documento y se cerró la página.
Intenté volverme a meter en aquella intrigante web, pero la página, para mi asombro, había sido eliminada. Entonces, busqué el nombre de Terence Tao y resultó que este hombre, fallecido recientemente, era la persona con mayor coeficiente intelectual y que había estado trabajando en una nueva fuente de energía, antes de su trágica muerte. Fue entonces cuando hice una insensatez, actuar como si nada hubiera sucedido.
Reanudaron las clases con normalidad pues el virus había mutado y afectaba como un leve constipado.
Era una mañana de un frío lunes de noviembre y estaba preparándome para ir a clase, qué lejano parece ahora, aunque realmente fue solo hace unas horas, ojalá ese día no hubiera asistido a clase, hubiera hecho pellas o fingido estar enferma; de esa manera me hubiera ahorrado una paliza de vértigo y un disparo que lo más probable es que fuera el causante de mi prematura muerte que se acercaba a un ritmo sin precedentes y no parecía dispuesta a frenar.
Pues a mitad de la tercera hora, hombres vestidos con traje irrumpieron en la clase, y uno de ellos dijo: - ¿Andrea Ruiz?
-Yo- conteste con imprudencia, levantando la mano.
- ¿Es usted la misma persona que el día 23 de agosto a las seis y cuarenta y tres de la tarde realizo un test hecho por Terence Tao? – dijo el hombre con un tono serio, imponente y sombrío.
- Eeeh… sí- contesté asombrada con el miedo asomándose en mi voz. Dándome cuenta de que no llegué a abrir el archivo que se descargó, se me había olvidado por completo. También, recordé la advertencia de que dicha y desconocida información no debía caer en malas manos.
-Entréganos tu móvil, dinos tu contraseña y leemos el archivo que sabemos que tienes, y de esta forma nadie saldrá herido- dijo con un tono amenazador, mientras el resto de hombres ya se encontraban a menos de tres metros de mí.
- ¿Por qué? – contesté con aparente valentía.
- Vamos a ver niñata ingenua, en ese archivo está la clave para crear una nueva fuente de energía que me convertirá en una de las personas más ricas. Además, podré crear la bomba más peligrosa del mundo, así que me lo das o te lo quitamos-
- Vale- afirmé entregándoselo.
-Contraseña- dijo intimidantemente.
Fue entonces cuando, a pesar de saber lo que ocurriría después, negué con la cabeza, ganándome así una paliza. Al principio, como adolescente cabezota que soy, intenté devolverles los golpes, pero me rendí en el instante en el que me hice yo más daño al dar un golpe que él que lo recibió. Ahí es cuando perdí toda esperanza y me di por vencida, pues ellos me ganaban en número, experiencia y fuerza.
Por mi cabeza rondaban dos pensamientos, a cual más inquietante que el anterior: si las otras treinta personas que hay en clase, sacaran algo de valor seguramente les ganaríamos. Sabía que no era popular, pero aún así me dolía verlos sin hacer nada, al fin y al cabo, hay personas que las conozco desde los tres años, debería importarles algo. El segundo pensamiento era el mayor dilema al que me había tenido que enfrentar; pues yo no era tonta, y sabía que sino les daba la contraseña acabarían matándome y conmigo moriría la solución al problema de las futuras generaciones. Sin embargo, si se lo decía, la tierra acabaría dominada por un tirano y yo sería la responsable. Pero mi mayor preocupación era el hecho de que después de que terminarán conmigo fueran a por las personas que saben mi contraseña: mis padres, mi mejor amiga, mi hermana… Todo este marrón por mi error fatal de meterme en una web de internet
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