LA REINA DEL DESIERTO

Paseaba siseante como cualquier otro día, sigilosamente y silenciosa, teniendo
cuidado de no ser notada. El silencio y la tranquilidad envolvían el ambiente y hacía
un calor abrasador que marcaba ondas en el aire. Con la mirada orgullosa,
contemplaba su imponente reino y era consciente de que todo le pertenecía a ella.
Cuando miraba a su alrededor, un impresionante panorama inundaba su vista y se
podía divisar hasta el horizonte un paisaje de dunas doradas. La arena resplandecía al
sol y se alzaba como montañas; mientras, un infinito cielo azul sin nubes se podía
observar hasta donde alcanzaba la vista.
Un divino equilibrio reinaba junto a ella en aquel hermoso lugar. Lo que no se
podía notar tan fácilmente era que tanto en aquel paisaje como en cualquier otro de la
tierra había comenzado una guerra hace muchos años. Una antigua batalla que había acabado con muchos, y que había hecho que solo los más hábiles
consigan seguir luchando, desde el principio hasta el final de sus tiempos.
Varios metros atrás se encontraba un pequeño oasis, trinchera del bando de la vida, lugar del que los más astutos habían hecho de su única
fuente de vida. Allí abundaba la armonía, aunque para
muchos aún continuaba la guerra, pero una menos dura que la que se encontraba en
el exterior del oasis. Fuera de él, el bando contrario se había asegurado de hacer de la
vida una condición casi inviable, y el desierto por eso era la residencia de la muerte.
Solo los que habían conseguido adaptarse a esa difícil forma de vida eran los que
habitaban la inmensidad de la arena. Solo los que habían conseguido cambiar sus
cuerpos y desarrollar virtudes distintas eran los supervivientes que poblaban las dunas
doradas. Escasa agua llegaba hasta allí, pero muchos habían aprendido a convivir con
la sed, al igual que por muy poco alimento que allí se encontraba, siempre se podía
conseguir una buena presa.
La reina seguía reptando disimuladamente cruzando la barrera hacia el árido
paisaje, pocos se encontraban en ese lugar y la mayoría estaban bien escondidos,
pero ella estaba decidida a encontrar algo comestible. Sus escamas color crema
relucían a la luz del sol de mediodía, y algunos granos de arena brillaban al son de su
cuerpo. Envuelta en una gama de color marrón, reptaba sigilosa mientras se
camuflaba entre la arena. La clara inmensidad del desierto se vio interrumpida de repente por una densa oscuridad que empezó a encapotar el cielo y a consumir la luz lentamente. La reina no creía lo que veían sus ojos. Después de tantos años, una tregua se acercaba su reino y a su antigua disputa. Cuando las dunas se sumieron en oscuridad y muy pocos rayos de sol escapaban de las nubes, pequeñas gotas empezaron a caer del cielo. Durante unos cortos instantes, esta lluvia bastó para que la poca vegetación que habitaba por el lugar dejara ver sus pequeñas flores y verdes hojas.
Después de este corto tiempo, las pequeñas gotas siguieron cayendo pero ahora se elevaban otra vez sin ni siquiera tocar el suelo, sin ni siquiera rozar la arena. El ágil cuerpo de la reina seguía reptando, pero sin ser mojada por las gotas. El cielo, al igual que las nubes y la lluvia le estaban prestando sus respetos a la legítima reina del desierto.

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