Yo, Robert Hooke

Han tenido que pasar más de tres siglos desde mi muerte en 1703, para que se empiece a hacer justicia. ¡Ah, Newton, Newton! Ocupaste mi cargo en la Royal Society de Londres y, arrastrando mi nombre, te deshiciste de todo lo mío: mi biblioteca, mis aparatos de experimentación… ¡Incluso de mi retrato!

Echo la vista atrás y reconozco que no tengo un carácter fácil: soy excéntrico, vanidoso, algo celoso tal vez… ¡Cómo me gustaba el debate, el enfrentamiento, el conflicto…! Pero nunca pensé que mi correspondencia con Newton sobre la gravitación, me generaría tanta desgracia. Él sabe, que yo le di la idea que le llevó a formular la ley de gravitación universal. Yo solo quería que lo reconociera, pero él prefirió negarlo y esperar, urdiendo su venganza. Sus acólitos le ayudaron difamándome: “solo es un técnico con habilidad para demostrar teorías fundamentadas en ideas ajenas, ideas que incluso se quiere apropiar”, decían. Y, poco a poco, caí en el olvido.

Qué lejos queda ahora mi isla de Wight, donde nací en 1635. Nadie apostaba por mí, ese niño enfermizo que no podía jugar con normalidad y se entretenía observando, dibujando, construyendo artilugios… Pero lo que no se me dio en el cuerpo, se me dio en capacidad intelectual. Llegué a Oxford y allí, me relacioné con los mejores científicos del momento. ¡Qué agradecido le estoy a Boyle! Me reclutó como asistente y juntos hicimos grandes cosas. Me confió el reto de diseñar y construir una bomba que fuera capaz de comprimir el aire para producir el vacío, y él pudo formular su “Ley de Boyle”. Y el éxito se repitió cuando realicé las observaciones matemáticas para su colaboración con Mariotte: la “Ley de Boyle-Mariotte”. Recuerdo que la fiebre del conocimiento y la experimentación se apoderó de mí. Solo quería aprender: Matemáticas, Topografía, Arquitectura, Física, Biología, Medicina, Mecánica, Ingeniería, Astronomía, Microscopía, Náutica, Dibujo, Pintura, Música… Mi capacidad de trabajo era inagotable y… ¡en todo era un maestro!

Mi prestigio sirvió para que me nombraran “Curator of Experiments”, en la recién fundada Royal Society de Londres. Esta fue una etapa muy prolífica, pudiendo presumir de mi extenso legado al mundo: el engranaje universal que se utiliza en los vehículos a motor, los muelles para accionar relojes que revolucionaron los de bolsillo… Me convertí en el primer meteorólogo científico de la historia, al relacionar los cambios en la presión atmosférica con los cambios en el tiempo, por no mencionar que inventé el barómetro, el anemómetro y el higrómetro. ¡De acuerdo! Es mítica mi facilidad para construir artilugios, pero no olvidéis que tengo una ley con mi nombre: “la Ley de Hooke o de elasticidad”; además, descubrí el planeta Urano y formulé la teoría del movimiento planetario, expresando los principios de la atracción universal. ¿Qué me decís del fenómeno de la difracción? Fui yo quien para explicarlo ofrecí la teoría ondulatoria de la luz. ¿Y mis estudios sobre la salida del agua en tubos de vidrio? ¿Habéis oído hablar de la capilaridad? Propuse la evolución biológica al identificar los fósiles como restos de criaturas y plantas que vivieron en otros tiempos, escribí “Discurso sobre los terremotos” que sigue fascinando a los geólogos, sugerí asignar los 0º a aquella temperatura a la que se congela el agua, analicé la naturaleza de la combustión… ¡Tantas y tantas cosas! La ciencia era mi vida, mi pasión. ¡Y Newton me lo arrebató todo!

Pero hay algo que no pudo quitarme: la brillantez de “Micrografía”, mi obra maestra. Cuando Christopher Wren delegó en mí la tarea de elaborar una serie de estudios microscópicos de insectos, abrí las puertas de un mundo mágico, diminuto y desconocido, que yo hice grande y visible. Decidí publicar mis observaciones, utilizando como idioma el inglés, nada del latín, como se hacía hasta entonces. Utilizaría un estilo claro y fácil de leer para que fuera accesible al público en general. En segundo lugar, construí mi propio microscopio, el más potente de la época. Por mi cuenta, observé corcho, orina, sangre, carbón… E iba ilustrándolo todo con dibujos hermosos, detallados, perfectos. Fueron 50 observaciones, pero las relativas a la lámina de corcho serían trascendentes para la Biología: observé que el material era poroso y esos poros, en su conjunto, formaban cavidades poco profundas que me recordaron a las celdas donde viven los monjes. Las llamé “células” y... ¡revolucioné el mundo de la ciencia!
Detrás de mí, vinieron otros: van Leeuwenhoek, Malpighi, Bichat, Schleiden y Schwann, Virchow, Pasteur… Nacía la teoría celular: la célula es la unidad estructural, funcional y reproductora de los seres vivos. Pero yo fui el primero. Yo indiqué el camino a seguir para conocer el origen de la vida.
Yo soy Robert Hooke: científico, visionario, trabajador incansable, amante del conocimiento… Yo soy el “Leonardo inglés” y reclamo mi lugar en la Historia.

























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