Atrapado En El Agujero


En el año 1986 el Transbordador Challenger iba a ser lanzado al espacio; desgraciadamente, en su intento de hacerlo explotó en el aire. Murieron 7 personas ese día, siendo Christa McAuliffe, una maestra de secundaria, “el rostro de la tragedia”. En la misma nave estaba el padre de un joven llamado Michael Smith. El pequeño Michael se dio cuenta en ese momento de que quería ser astronauta y que el mundo los recordara, a él y a su padre.

El tiempo fue pasando hasta que llegó el día de las pruebas para ser astronauta. Michael se esforzó a más no poder, pero fue en vano, porque no clasificó. El pobre casi se corta las venas; sin embargo, un tiempo después recibió una gran noticia: El primer clasificado se había asustado mucho, se echó atrás y él era el siguiente en la lista y podría conseguir su sueño. Estaba tan contento que se olvidó de que, si no seguía pagando al banco, iban a quedarse con la casa de su madre y ella se quedaría en la calle. Pero, ¿qué mejor para olvidarse de algo que estar en el espacio?

Su misión era fácil: Tenía que estar en una sonda espacial un año y tomar nota de los cambios que estaba sufriendo la Tierra a causa del calentamiento global. No podía ser más sencillo, pero cuando las estrellas se alinean para que tu vida sea un fracaso, lo único que puedes hacer es mantener la calma.

Tras tres meses de libertad absoluta, llegó el factor aburrimiento; no obstante, sus plegarias fueron escuchadas: Una aventura iba a comenzar, porque un pedazo de meteorito chocó contra el lado derecho de la sonda y esta se perdió a la deriva. Como si el destino lo hubiera querido así, el pobre Michael se acercaba cada vez más a “Sagitario A”, el agujero negro que está en el centro del universo. No podía hacer nada excepto aceptar su destino. El enorme agujero negro se lo tragó junto con el resto de piezas que quedaba de la sonda.

Al entrar en el agujero negro, una luz poderosa lo cegó y se desmayó. Se despertó en una mina donde habían dos mineros picando los muros. Michael pensaba que eran alienígenas, pero hablaban su idioma y eran personas conocidas en otra realidad. Se parecían a los mandatarios Donald Trump y Kim Jong-Un pero allí solo eran unos mineros. Ellos se volvieron y, sin pensarlo más, se arrodillaron y le besaron los pies, diciendo: “¡Gran rey Michael!”. Michael les pidió que se levantaran, y luego les preguntó dónde se encontraba. Enseguida le respondieron que estaban en el reino de Gacrux y que él era el rey de todas aquellas tierras, poseía incontables riquezas, que era alabado por todos y cada uno de sus súbditos y que disfrutaba de todas las mujeres que deseaba.


Michael nunca había poseído riquezas ni había gozado de las mujeres que le habían apetecido…Por no mencionar que, al otro lado del agujero, su madre se iba a quedar sin casa y con lo puesto.

El joven Michael les preguntó a los mineros dónde estaba su gran palacio, y el minero naranja dijo: “Solo tiene que ver la dirección de las casas; todas miran a su palacio”. De inmediato, el minero amarillo dijo: “Fue su requisito principal: todas las casas encaradas hacia el Este, y nosotros, sus fieles súbditos, le obedecemos”.

Michael siguió la dirección de las casas y llegó a su hermoso palacio, custodiado por miles de guardias, pero como él era “el Gobernante Supremo”, los guardias le dejaron pasar. Subió al último piso del palacio y se encontró con el mismo: él era el Michael de la realidad del reino de Gacrux, un Michael que era querido y temido por su pueblo; en su realidad era tan solo otro astronauta muerto.

Michael tomó la decisión más sabia que se pudo haber tomado, y asfixió a su doble hasta la muerte; a continuación, se puso su ropa para que pensaran que él era el verdadero gobernante y ordenó que quemaran el cuerpo del “farsante”.

Así fue pasando el tiempo. Michael era feliz con su vida de mandatario supremo. Disfrutaba de fiestas, lujos y sexo, y cuando se aburría mandaba a la horca a un par de campesinos; luego, más fiesta y más sexo.

Sin embargo, un día llegó el aburrimiento : ahorcar a campesinos ya no le alegraba, matar al naranja y al amarillo apenas dibujó una sonrisa en su boca. Finalmente, decidió escaparse de su palacio de noche para ver el cielo, y se dio cuenta de que nunca se había parado a hacerlo. Se recostó en el prado y lo contempló, pero el problema fue que no había ninguna estrella en ninguna parte, así que rompió a llorar y recordó la hipoteca de su madre.
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