Un nuevo descubrimiento

Era un día soleado en el laboratorio de Annie. Un día normal para ella. Y con normal, me refiero a aburrido.

Annie era una científica. Había estudiado durante años a los seres vivos, su comportamiento, etc. Llevaba mucho tiempo en busca de una nueva especie, por eso es que ahora se encontraba en la selva Amazónica, uno de los lugares con mayor biodiversidad en el mundo. Pero no había encontrado nada interesante por allí, ni plantas, ni árboles, ni hongos, ni siquiera bacterias, que miraba con su microscopio. Nada.

Estaba en su laboratorio, investigando sobre la biodiversidad local, cuando decidió salir a investigar por los alrededores, así que cogió su mochila y en ella metió su cuaderno de notas, su libro de especies y una lupa, con la que ver mejor las cosas más pequeñas. No estaría fuera mucho tiempo, así que no metió mucha comida y agua. Solo lo imprescindible.

Durante el camino, no podía dejar de pensar en qué encontraría. Tal vez unas huellas, una pluma con colores extraños, una hoja con una forma diferente… Pero, en realidad, lo que escuchó fue un ruido.
“¿Qué habrá sido eso?”, pensaba. Emocionada, decidió seguir el sonido de ese animal, que la conducía lejos del refugio, donde no se había acercado antes. Con mucho sigilo, siguió el sonido y la llevó hasta un lago. Allí, encontró unas criaturas increíbles, pero, antes de emocionarse, buscó en su libro de especies para buscarla. Pero no estaba allí.

Era una criatura extraordinaria, con alas, más o menos de su tamaño (aunque ella no era muy alta). Era rosada, con las alas de los colores del arcoíris, con un pico azul y sus patas igual. Sus ojos eran como el ámbar, con pupilas alargadas como las de los gatos. Aún no las había visto volar, así que a lo mejor estas aves eran como pingüinos.

“¿Podrá volar? ¿Sera vertebrado o invertebrado? ¿Comerá semillas, frutas, o carne, o quizá algo más? ¿Será ovíparo como las aves, o tal vez vivíparo, como los mamíferos? ¿Podrá nadar o, mejor aún, respirar en el agua? ¿Se podrá encontrar en más lugares? ¿Cuántos ejemplares habrá de esta especie? ¿Será inofensiva?” Esas y más preguntas se le pasaban por la mente, así que dejó de suponer, sacó su cuaderno y empezó a investigar.

Al acercarse a ellas, vio que eran inofensivas. Sus nidos eran enormes, pero no estaban en árboles, sino en el suelo. Y sus huevos eran más pequeños de lo que imaginaba, de color verde azulado. Sus crías eran moradas, enteras, excepto sus patas y pico, que eran azul muy clarito, casi blanco. Como ella pensó, no podían volar, aunque tampoco nadaban. Se alimentaban de insectos, o sea, eran insectívoros. Lo llamó pájaro arcoíris, como las plumas de sus alas. Con cuidado, arrancó una pluma y se la llevó a su laboratorio para examinarla de cerca.

Tras un tiempo investigando, decidió contarle a la gente sobre su descubrimiento, pero había algo que la atormentaba: Esos pájaros solo vivían allí, y eran poquísimos, así que, si decía a la gente que existían, podrían cazarlos ilegalmente y destruir la especie, o sea, que se extinguiera. No sabía que hacer, así que decidió que lo pensaría mañana.

Al día siguiente ya sabía que hacer. Llamó a unos amigos y les contó su idea: iba a crear un lugar en el que pudieran vivir seguros, donde nadie los atacara. Y así, en unos días, Annie y sus amigos ya habían construido un refugio para los pájaros y dos chozas, en las que ellos vivirían para cuidar a los pájaros.
Y así Annie pudo salvar la especie y cumplir su sueño: ser una científica famosa y cuidar a los animales.
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