Eterno

Si antes de todo esto alguien me hubiera tan solo insinuado la probabilidad de que existiera el presente en el que hoy vivo, hubiese puesto la mano en el fuego porque ese alguien estaba equivocado. De haberlo hecho me habría quemado, chamuscado y hasta carbonizado, pues mi incredulidad me impedía concebir algo como lo que estoy viviendo ahora.
Hace años que mi mujer murió clínicamente. Y yo junto a ella. La diferencia entre los dos es que hoy puedo escribir estas frases y ella no. ¿Por qué? -os preguntaréis- Bueno la respuesta a esto se remonta a hace un tiempo.
Por aquel entonces yo trabajaba en el ejército. No ocupaba un puesto alto, tampoco uno bajo, era respetado y me sentía a gusto en ese sitio a pesar, claro, de los constantes peligros y los largos periodos de tiempo que tenía que pasar lejos de mi familia. A veces la espera al enemigo era larga y yo leía. Leía sin parar. Todo lo que estuviese en un libro era bueno para mí. Abundaban las historias sobre cómo sería el futuro, sobre los coches voladores, los extraterrestres, los primeros amores, la pena y la muerte, la comedia y el entretenimiento. Fuera lo que fuese lo que me sucedió a mí no lo podría haber leído en un libro.
Un día tras volver de correr por la mañana (costumbre entre soldados para mantener la forma aun estando fuera de servicio) entré en casa y encontré a mi mujer con un balazo en la cabeza. El impacto fue tal que no pude reaccionar ni pude darme cuenta de que no estaba solo en casa. Un golpe en seco. Al despertar vinieron las respuestas.
Antes de nada os voy a decir algo sobre las respuestas, nunca son por completo las que uno desea. Las respuestas matan más que las preguntas. Y en ambos casos deseas no haber sabido nunca ni haber dudado jamás.
Con la visión borrosa me levante aturdido en un callejón de un lugar que desconocía. El miedo se apoderaba de mí y un fuerte dolor actuaba punzante en mis sienes. La oscuridad del lugar hacia un lado, la claridad de la calle al otro. Casi parecía una metáfora, por unos segundos creí estar muerto, en una encrucijada entre el cielo y el infierno. Ingenuo de mí, no sabía que era precisamente lo contrario lo que se me avecinaba.
Al salir del escondrijo la luz del día me deslumbró los ojos. Una vez me hube acostumbrado a la claridad pude observar mi situación perplejo. Estaba en una calle casi desierta pero que jamás había visto en mi vida. No sabía cómo había acabado allí. Y lo único que recordaba es que había perdido la vida de mi esposa.
A pesar de las primeras molestias comenzaba a medida que caminaba a sentirme con más potencial, no entendía por qué, pero la energía comenzaba recorrerme todo el cuerpo llenándolo de una vitalidad impropia de la situación. Todo era un caos, en unos segundos mi vida entera se había desmoronado y apenas podía explicar que había pasado.
Nadie. Nada. Nada excepto edificios aparentemente en uso y locales cerrados. Ni una basura en el suelo. Ni un alma en la calle. Un escalofrío recorre mi cuerpo y me giro. Un arma metálica me apunta al corazón. La sujeta un hombre, un chaval, no muy mayor, se le ve serio, ni le había oído. Dispara dos veces. Me caigo por el desequilibrio que provocan las balas en mí. Él se queda mirando.
No siento dolor ni angustia. No hay sangre por el suelo. Me levanto lentamente, con miedo. Quiero entender que está pasando y el chaval no tiene cara de preocuparse mucho por si me pasa algo.
El cielo se comienza a poner gris, los edificios comienzan a desaparecer, y de ellos emergen máquinas y personas casi a cantidades iguales. Observándome.
Las respuestas como he dicho son dolorosas y las que yo buscaba no iban a ser menos. Me llamo Fredderich James. Y soy la primera persona inmortal del planeta y sin embargo, estoy muerto para el mundo.
Durante los años en los que trabajé se comenzó a investigar sobre la inmortalidad biológica y sus posibilidades. Al ser un campo con tan pocos apoyos necesitaban desesperadamente gente con la que poder probar sus proyectos. Antes de ello, debían eliminarla teóricamente, y luego paradójicamente hacerla vivir toda la eternidad. Y ahí,por casualidades del destino, entré yo.
Ya no existen los humanos. Ya no queda nada. Estamos yo y el vacío. Han pasado 300 años y ni he envejecido. He deseado la muerte. He visto a todo lo que un día fue, caer. Si he escrito esto es por la esperanza de que algo perdure más que yo, si algún día consigo darme fin.
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