A CIENCIA CIERTA

Solíamos observar el atardecer. Esperábamos ansiosos que el Sol, disperso y achatado, nos regalase su último destello de color verde antes de desaparecer por completo. Como un Madrid en los 80, caminábamos en un estado de éxtasis casi constante por las calles de Malasaña. Ciento treinta pulsaciones por minuto, dopamina, adrenalina, serotonina y mucha cafeína: en eso consistían todas nuestras tardes. No conocíamos la adenosina; pese a tomar café con el reloj acariciando la hora de cenar, ambos conciliábamos el sueño de maravilla.

Ese día fue diferente. Pedí dos cafés para llevar en nuestro sitio favorito, pero el café iba a saberme más a amargo de lo habitual. Mientras me acercaba a su portal, intentaba ordenar mi mente y me recordaba a mí misma que debía tratar de ser más racional; que la impulsividad me había jugado malas pasadas y no era esa gran aliada que siempre había creído tener. Éramos la ley de Murphy. Cada uno de nosotros, con nuestra contraria forma de ser y existir, contribuíamos a ello. No es de extrañar, pues ambos lo sabíamos, pero seguíamos tomando café cada día. Estar con él era como dejar caer las yemas de tus dedos sobre un frío hielo que termina por abrasarte la piel. Y yo... yo quería llenar de vaho sus cristales. Y aquella noche me sentía más fría. Dentro de mi impulsividad e impredecibilidad, mi manera de comportarme seguía unos patrones; como si del funcionamiento de una máquina se tratara.

Hace un tiempo bauticé mi vida, y me atrevo a decir que la de la de la mayoría también, como PWM: Pulse Width Modulation. Tanto nuestro estado anímico como aquellas cosas que nos pasan y juzgamos como mejores o peores, pueden ser representadas en PWM; como una especie de onda que inicialmente se encuentra muy arriba, seguidamente muy abajo, y por último alcanza la estabilidad. Quizás utilice esta metáfora a modo de analgésico, para calmar aquellos momentos de emociones extremas, así como tener esperanza en la parte baja de la onda pues la estabilidad está por llegar, o para mantener los pies en la tierra cuando creo estar en la cumbre de la montaña. No lo sé, pero me resulta una comparación con la vida extremadamente bella; con sus altos y bajos llenos de euforia, cafés y atardeceres o frío, oscuridad y vacío y sus momentos entremedias que nos recuerdan qué es estar

vivos realmente. Desde entonces también lo utilizo para hacerme la interesante cuando lo necesito. Mi situación actual desde las últimas semanas se situaba en el mismísimo inframundo. Al llegar a su puerta ya no me importó. Él era un agujero negro y yo... yo un algo bioluminiscente que él conocía a la perfección, con impulsividad e impredecibilidad. Al abrir la puerta: frío y calor, agua y aceite.

Tomamos el café resguardados entre mantas y, en silencio acabamos mirando al techo tumbados sobre su colchón. Mirar aquel techo era como mirarle a los ojos. Y quedamos pensativos. Ni rastro de aquella metamorfosis interminable. Podía sentir sus latidos apoyada sobre su pecho. Calma tras la tempestad. Ni si quiera alcanzaba las tres cifras en pulsaciones. Restos de la pólvora con la que solíamos jugar.

-¿Qué somos?

En ese momento recordé el sabor amargo del café en mi boca.

-No lo sé. No sé. ¿Por qué hay que querer saberlo todo?

-A veces no sé de qué manera te quiero. Lo único que tengo claro es que lo hago. Pero no consigo saber cómo y eso me agobia.

-¿Sabes? La vida es incertidumbre. No sabemos nada. Hace unos meses leí un artículo sobre el principio de incertidumbre de Heisenberg, ¿te suena?

-Sorpréndeme, cerebrito.

-Me caes mal. El caso es que- tomé su mano y con el dedo dibujé la fórmula en su palma, tal y como hice con las ondas de PWM en su momento- no podemos saber nada con certeza. Por mucho que queramos, la vida es incierta. ¿Por qué no disfrutar de no tener ni idea de qué va a ser de nosotros?

Le conté, como siempre, con palabras complicadas que no entendía aunque dijese que sí, en qué consistía exactamente el principio. Entre medias, introduje otra metáfora con el gato de Schrödinger porque su gato también nos hacía compañía de vez en cuando encima de las mantas.

-Puede que tengas razón. Pero tú eres así. Eres incertidumbre pura.

-Lo sé.

-Podemos querernos y ya está. Sin saber nada más con certeza que eso.

-Oye, teluro cobre.

-Yo también.

Y así, sin saber nada, paseamos hasta la boca de Metro. Quizás esa sería la última vez que caminaríamos como ebrios, pero con cafeína en vena, eclipsando a la espera de un último destello de color verde. Quizás lo fue. Y es que, quizás también, nunca supe nada a ciencia cierta.

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