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El cuentacuentos

Desperté todavía con el frío dentro. Miré alrededor. Los niños aún dormían acurrucados en el fondo de la cueva, con las mujeres y ancianos, mientras los hombres nos íbamos desperezando junto a la entrada. Me sacudí el frío, y en cuanto el sol se elevó lo suficiente, salimos a pescar.

Durante mi infancia aprendí a tallar la piedra y afilar palos; se me daba bien, mucho mejor que atrapar peces, desde luego. Pero ahí estaba, lanza en mano, intentando no romperla contra las piedras.

Siempre me sentí un niño distinto. Disfrutaba tallando con los ancianos y, cuando alcancé la altura del arbusto, no me hizo ninguna gracia tener que salir a cazar. Tenía que haber algo más que recolectar y perseguir mamuts.

Pescar; me dijeron. Además de recolectar y cazar, puedes pescar. Fantástico, pensé, todo un mundo de posibilidades. Así que allí estaba, con la misma destreza que un oso manco, intentando atrapar mi primer pez.

Los adultos eran fuertes y hábiles, saltaban sobre las piedras y, con precisión, dirigían la lanza en el momento y lugar preciso para capturar su presa. Yo, que era más bien canijo y torpe, básicamente trataba de no caer al agua y disimular mi ineptitud.

Entonces levanté la vista y la vi. Alguna vez había oído hablar de ellos, pero era la primera vez que los veía. En la otra orilla, un grupo de flacos de piel tostada bebía y, entre ellos, ella apareció como una luminosa visión.

Decían los viejos que cada vez había más como ellos y menos como nosotros. No sabíamos qué había pasado con los demás, no teníamos contacto con otros grupos. En cambio, sus tribus iban y venían constantemente por la zona, como bandadas.

Eran delgados y ágiles y descubrirla a ella disparó mi admiración. Alguna vez se acercó, intrigada por mi pelo color arcilla y mi pecho amplio. A mi me fascinaba su rostro, liso en la parte de arriba y a la vez, con una prominencia bajo la boca que parecía enmarcarla.

Pasaba los días entre mis obligaciones diarias y su búsqueda constante, hasta que un día un dolor agudo y palpitante en la boca me impidió salir. Rápidamente empeoré y llegaron las fiebres. No sé cuántas lunas pasaron. El sabio preparaba ungüentos de hierbas y hongos para sacarme el dolor del cuerpo. Cuando finalmente lo consiguió, ya no oía nada alrededor.

Al principio no me importó mucho, pensé que así me ahorraría el bochorno de salir a pescar. Pero enseguida me di cuenta de mi desdicha. Sin el aviso del ruido, fácilmente sería pasto de los lobos y nunca más disfrutaría de mis escapadas solitarias.

Me quedaba con los viejos, siempre cerca de la cueva, y me aburría soberanamente. A veces cogía arcilla y restos de hoguera y pintarrajeaba en las paredes de la cueva. A los niños les gustaba y así les explicaba, a mi manera, cómo era eso de cazar bisontes y hacer el ridículo en el río.

A ella me pareció divisarla una vez, a lo lejos, llevando alimentos, probablemente a otra tribu de flacuchos. Nunca entendí tantas idas y venidas. Si un grupo tenía problemas, allí acudían todos. ¡Qué endebles! Nosotros, al contrario, éramos fuertes y valientes, y si una tribu tenía problemas, se las arreglaba sin molestar. En cambio, estos modernos, se empeñaban en burlar su suerte y cada vez eran más. Incluso me pareció verla con un niño de pelo color arcilla.

De tanto pintar acabé perfeccionado mi técnica. De echo, se me daba tan bien que algunos hombres empezaron a tenerme miedo. Por algún motivo, creían que me comunicaba con ellos y que me contaban el origen del universo o ¡yo qué sé! Incluso el sabio estaba asustado, tanto que decidió comenzar a instruirme.

Yo era un alumno mediocre, mezclaba las hierbas que no eran, no ponía la cantidad de agua adecuada… así que cuando veía que la cosa no salía bien, para evitar las iras de los enfermos, invocaba a los bisontes del techo y pasaba la curación a manos de los dioses.

En realidad, quería ser bueno en algo, aportar algo al grupo. Como lo de sabio no se me daba bien y lo de los bisontes tenía su público, decidí convertirme en mago. Cuando alguien enfermaba, llamaba a los dioses; que no había buenas cosechas, invocaba a las divinidades… y así. Gozaba de buena reputación, fueron buenos años… hasta que los niños empezaron a crecer. Malditos mocosos, en sus labios leía el desprecio en frases como “pues no parece que llueva más que antes”, o “yo creo que esa pierna se hubiera curado igual”, ¡qué sabrían ellos!

Al final, para demostrarles cuan equivocados estaban, decidí pedirles a los bisontes del techo que me devolvieran la audición. Salí al bosque sin compañía y ya nunca volví.
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