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La ciencia de las personas

Me llamo Paul, y tengo hambre.

Algún día, hace años, Nía sintió paz. Todavía puede recordar el cálido hilo de brisa cosiendo su piel. Una piel que por aquel entonces estaba tejida de heridas. Heridas que nacían no de golpes, sino del cúmulo de emociones que guardaba en su interior. Quizás fue el resplandor de Venus, o quizás la imponente cabellera de Leo. No lo sé. No lo sabe. Pero la sensación que sintió era comparable al calor de un abrazo en momentos de desesperanza.

Cuando conocí a Nía, era bióloga, y artista, y persona. Los biólogos también son personas, igual que los artistas. En realidad, cuando conocí a Nía no sabía lo que era una bióloga, o una artista. Lo único que sabía es que era una persona. Nía apareció sin pedirlo. Apareció un día y cambió mi vida, y también la suya. Cuando llegó, me hablaba de cosas que yo no entendía. Mencionaba constantemente conceptos extraños relacionados con el clima, y con la atmósfera, y con el agua. Yo la miraba ensimismado. No entendía nada de lo que me explicaba la bióloga, pero gozaba enormemente de la pasión que me transmitía la persona.

Nía y yo compartimos muchos momentos bonitos. Ella mostraba un interés particular por la vegetación de la región y siempre me preguntaba cosas. Yo le explicaba, pacientemente, para que ella pudiera entenderlo. Ella tomaba notas, y pintaba. Le encantaba pintar. Creo que a eso se refería cuando decía que era artista. También utilizaba un aparato que tenía para pintar imágenes. Todavía conservo una imagen de los dos, entrecruzando nuestros brazos y fundiendo nuestros cuerpos. Qué felicidad.

Un día, todo cambió. Las heridas que Nía llevaba en su piel se descosieron de nuevo. Recuerdo ver a Nía tratando de explicarle a unas personas importantes algo sobre la implementación de un sistema de energía. En la ciudad tenían mucho de eso. Nía quería que nosotros también la tuviéramos. Hablaba fervientemente de la transición ecológica, y volvía a hacer referencia al clima, a la atmósfera, al agua. Creo que nunca comprendí a qué se refería, a dónde había que transitar. Hubo muchas cosas que yo no entendía de la biología, pero siempre tuve claro cuánto la admiraba. Por desgracia, no todas las personas somos iguales, y al final, Nía se tuvo que ir.

Yo no quería que Nía se fuera, y ella tampoco quería irse. Me explicaba que las personas con las que había hablado veían amenazado su poder en la aldea, y también que ella había sido amenazada. Insistía que era importante, que quería salvarme, que quería salvarnos a todos. Esa era su misión en la vida, aseveraba. Fue ahí cuando entendí que Nía estaba enferma, y que necesitaba curarse.

Mi mamá siempre decía que una vela apagada se consumirá sin iluminar la oscuridad. Creo que Nía era esa vela. Desde que era pequeña, Nía siempre había tratado de salvar a los demás. Hacía un tiempo, Nía me había contado que le encantaba la biología, y que había decidido estudiar biología porque su madre siempre quiso ser bióloga. Desde entonces, Nía se empapó de datos para convencer a los demás, y también de preocupaciones. Nía decía que ese era su proyecto de vida, que no podía marcharse de allí sin más. Pero tuvo que irse, con las heridas más abiertas que nunca. Unas heridas que nunca pudo curar allí.

Después de un tiempo, recibí una carta, así que le pedí a mi hermana mayor que me la leyera. Las palabras resonaron dentro de mí como el eco de una campana. Era Nía, y decía que estaba bien, que sus heridas se estaban cerrando. Me decía que la exigencia, la impotencia, la frustración, el desamparo… poco a poco iban desvaneciéndose. Me pedía perdón por no haber entendido que la ciencia puede explicar cosas del mundo, pero no cambiarlo; que solamente las personas podrán hacerlo. Me decía que había venido como bióloga, pero que algún día volvería como persona. Me daba las gracias por ayudarla. La alegría me invadió, y lloré desconsoladamente.

Soy muy feliz al saber que Nía se está curando. Nía vino un día para salvarme, para salvarnos a todos. Me alegro de que al final se haya podido salvar ella.

Me llamo Paul, y tengo sed.

Sé que Nía lo sabe.
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