La receta perdida

- ¡Buenos días, señor! Me alegro de que por fin haya llegado. Ya no sabemos qué hacer con la señora que tenemos bajo custodia policial en el sótano.
- ¿Pero no me han dicho que es una mujer mayor? ¿Cómo puede ser tan problemática?
- Sí, si mayor es, señor. Lo hemos comprobado y lo poco que nos ha contado es cierto. Tiene 73 años y es profesora en el Instituto de Física Nuclear de la Universidad de París. Es lo único que hemos sacado en claro hasta ahora. Se niega a decir nada más hasta que “llegue el que manda aquí” ha dicho. Y ese es usted, señor…
- ¿Pero qué hostia quiere esa mujer? ¿Con todo lo que se nos viene encima estos días con lo del efecto 2000? ¡Es lo que me faltaba! ¿Pero vamos a ver, de qué la acusamos exactamente, podría aclarármelo?
- De intentar robar en la Biblioteca Nacional de París, señor inspector.
- ¿En la Biblioteca Nacional? ¿Pero no ha dicho que es profesora de Universidad? ¡No lo entiendo!
- ¡Pues cuando la vea y hable con ella!...Será mejor que baje usted al sótano, señor, y entenderá lo que le digo.
Así que el inspector Lucas bajó al sótano decidido a poner fin al incidente de la señora que todos en la gendarmería estaban comentando en voz baja desde su llegada. Esperaba encontrar a una señora afable con su moño blanco, su pañuelo de flores al cuello y sus zapatos elegantes. No a una persona metida en un traje de protección radiactiva NRBQ, que tan bien conocía después de todos los simulacros que siguieron a los atentados de los últimos años en la capital francesa. Un verdadero traje espacial en el que el visor irrompible que descansaba sobre el pecho dejaba ver el rostro agradable de una mujer que, efectivamente, llevaba un pañuelo de seda lleno de pequeñas mimosas al cuello y un moño blanco perfectamente peinado.
- ¡Por fin aparece usted, inspector! Porque… es usted, ¿no? Les he dicho a los de ahí arriba que sólo hablaría con el que manda, porque el tiempo corre en nuestra contra y yo tengo que volver a la biblioteca y recoger el libro y marcharme de vuelta a casa a cocinar antes de que se levante la tía Eva. Mi hermano Pierre no es capaz de atenderla como ella quiere. ¡Ya sabe cómo son los viejos, con sus manías! Este último año ha empeorado mucho, ¿sabe? No somos capaces de convencerla de que no se puede volver al cobertizo donde la abuela veía todas las noches las hadas azules y verdes bailando en la oscuridad. Hace años que está prohibido…
- ¿Hadas azules, señora? ¿De qué está hablando? ¿Se encuentra usted bien?...
- ¡Me encuentro perfectamente, jovencito! ¿Qué quiere decir? ¿Me ve usted mal? Confieso que empiezo a tener calor con este traje, no contaba con tener que pasar toda la noche con él puesto…
- Pero mis compañeros me han dicho que intentaron que se lo quitase ¡y usted no quiso ni que se le acercasen!
- ¿Pero usted sabe el trabajo que da ponérselo? ¡Lo necesito para ir al depósito de la biblioteca!
- ¿Cómo?, ¿volver a la biblioteca? ¿Pero qué cree que está usted haciendo aquí? ¿No se da cuenta de que está usted detenida por intento de robo? ¿Quiere pasarse unos añitos en la cárcel, señora Hèlene?
- ¡Desde luego que no! ¡Quien no lo entiende es usted! Mañana la tía Eva se marcha y dice que es para siempre, que sabe que a sus 96 años la muerte le ronda. Y no puedo dejar que se vaya sin volver a comer los pieróg que hacía mi madre siguiendo la receta de su madre. “Sí, mamá también los cocía y luego los freía con mantequilla, Irene”- me dijo el domingo. Lleva unos días que me confunde con mi madre, ¿sabe usted? – “¿Pero qué ponía dentro, querida? Eran verduras y algo más, no consigo recordarlo. Ojalá a la muerte de papá mamá se hubiese quedado más conmigo. Su amada ciencia supo consolarla mejor que la niña pequeña que la esperaba cada día en casa… Ojalá me hubiese enseñado a cocinar aquellos platos polacos, ahora no soñaría con ellos hasta la extenuación” … ¡Y se echó a llorar, inspector! Como si la abuela acabase de fallecer. No sabe lo que es ver llorar a una anciana. Y, peor aún, a la anciana que fue la mujer que tú hubieses querido ser. ¡Así que déjese de tonterías! Tengo que ir a la biblioteca, bajar al depósito, abrir las cajas con varias capas de plomo donde están los documentos de mis abuelos Pierre y Marie, encontrar el libro de recetas radiactivo de mi abuela y copiar la dichosa receta. ¡Coja el abrigo y vámonos! ¡Ya!
  • Visto: 26