Dios sí juega a los dados.

La coherencia es aquel fenómeno que palia la conversión cuántica del mundo tal y como lo conocemos. Inducirla ha sido, desde tiempos inmemorables, un cometido de alta prioridad para la raza humana. Alguno definía la coherencia como el proceso por el cual la materia se autodefine en el espacio, implicando su existencia y, por ende, visibilizándose. Obviamente, transmitirle este comportamiento al ser humano y, en general, a cualquier sistema orgánico, siempre fue una ardua tarea incluso para los científicos más especializados en física cuántica. No fue así en cambio para los investigadores del Instituto Nacional de Altas Energías
(INAE) alemán, donde pequeños avances se hubieran llevado en base al aislamiento por láseres de baja frecuencia de diminutos microorganismos cerca del 2030. Ludwig Bauer, especialista en este campo, aseguraba poder por primera vez, introducir a nuestra especie dentro del mundo cuántico pudiendo observar los efectos del mismo, pero con la frágil condición de no saber el resultado del experimento. Por ello, diversos organismos internacionales habían intentado clausurar el Grupo de Investigación en pro de asegurar la neutralidad moral de la ciencia, pese a saber el enorme salto que podía demostrar la comprobación de la tesis de Bauer. Sin embargo, el físico no estaba de acuerdo con ninguna de estas resoluciones sobre su experimento y, aseguraba, por si fuera poco, que era necesario romper con los estándares morales en la ciencia si esta era verdaderamente el reflejo de una sociedad tan pervertida como la europea. Sus declaraciones no gustaron a gran parte de los dirigentes alemanes, por lo que poco a poco se fue clausurando su sección el INAE.

Lamentablemente, o no tanto para el campo científico, Bauer supo como transportar el equipamiento necesario a las consignas de algunos de sus compañeros más afines en otros departamentos del Instituto. Sólo necesitaba a un voluntario que quisiera experimentar de primera mano la coherencia de su cuerpo de cara al mundo físico, una tarea que en un principio no sería fácil, en absoluto, pero que le vendría de la mano al encontrarse con una joven Rue Dumont en foros de divulgación científica. Dumont, que se caracterizaba por ser una de las físicas más brillantes de su departamento en Lyon, estaba muy interesada en el trabajo de Bauer y quería echarle un vistazo por si de verdad podía inhibir la decoherencia como aseguraba o si era pura palabrería para encajar en los estándares de la física moderna. Tiempo al tiempo, las dos brillantes mentes se conocieron, y no tardaron en ponerse manos a la obra. El proceso era sencillo: Dumont sólo tenía que dejarse propulsar por una cámara de vacío durante un segundo, alcanzando un símil en magnitud del interferómetro OTIMA a escala humana donde tres láseres en forma de ondas estacionarias se asegurarían de difractar la componente ondulatoria asociada a la francesa, impactando finalmente en un panel de interferencias donde se comprobaría la capacidad onda-corpuscular del organismo humano. Obviamente, las consecuencias del experimento se sobreentendían con el sacrificio de la científica lionesa, pero dada la conformidad de los dos físicos entre sí este parecía no ser uno de sus mayores inconvenientes. Aseguraban que una muerte a tiempo podía salvar y mejorar la vida de muchas otras personas que nacerían en un mundo adaptado para la cuántica a escala macrométrica, donde el colapso de la función de onda no fuera un tabú para la dinámica y el electromagnetismo.

La conclusión del experimento fue de todo menos oportuna. Sí, se confirmó la superposición cuántica a nivel humano, dado que el patrón de interferencias era claro y conciso. No obstante, algo inusitado resultó de las prácticas de Bauer con los láseres: Dumont había desaparecido. Era tal el nivel de confusión del alemán que de inmediato comenzó a llamar a compañeros de carrera en pro de conseguir alguna respuesta. Lo último que se hubiera esperado era el auténtico desenlace de su obra, sin lugar a dudas había destrozado la decoherencia clásica del cuerpo de Dumont, condenándola a un letargo infinito donde su autopercepción sería menospreciada para el carácter físico de su naturaleza. Viva o muerta, presente o no, la lionesa había impedido la decoherencia de su ser, siendo ignorada para sus congéneres de manera pasiva, no pudiendo retroceder si quiera en el tiempo debido a las implicaciones de la relatividad cuántica, caminando sin rumbo en lo que contemplaba ella como un oxímoron de su realidad, sin siquiera poder ser percibida por el relator de su triste historia pues de ser así la función de onda que la describiría colapsaría, y su ente físico sería devuelto en una sola posición, ya fuera viva o muerta.
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