Acontecen sucesos extraños en nuestro laboratorio

Los tampones se destaponan una y otra vez, observando impertérritos, cómo se vuelve vacía su existencia.
El termociclador sufre síndrome de desgaste laboral causado por la imposibilidad de aumentar la plantilla y sin disponer de una red eléctrica segura, se queda sin energías en medio del programa de amplificación. El resultado: 95 muestras con crisis de identidad y 1 muestra control sin confianza en sí misma.
La agarosa se extiende más allá de sus límites en afán de explorar la libertad.
Mientras, la polimerasa, al compararse con otras, decide que mejor terminar un trabajo a tiempo que perfecto. Como consecuencia, al contrario que en los planos de la arquitecta del enzima, ha aparecido un muro de prolina donde tenía que haber una puerta de entrada. El sustrato, que se siente desahuciado de su centro catalítico, precipita su resignación en el fondo del tubo.
Las proteínas, al saberse desnaturalizadas, se dejan llevar por la corriente aprovechando la grieta de la cubeta para acabar en un limbo tamponado, sucio y caliente.
Además, en las noticias del almuerzo, el tema de conversación gira entorno a un grupo de células que se resiste con ahínco a ser electroporadas porque prefieren conservarse intactas a sus progenitoras. Entre vivir o morir, deciden estallar.
En la sala post-PCR, el tampón de carga pierde la concentración y sin entrenador, las muestras desmotivadas a duras penas consiguen colocarse en sus respectivos carriles de salida. Por el medio también se encuentra el marcador, que, cansado de destacar en todos los geles, se ha vuelto invisible.
La oculista decreta que el ChemiDoc padece presbicia y no solo necesita paciencia, sino también gafas para enfocar las imágenes de los geles. Interminables, las colas para recoger las fotos de las visitas a las cubetas dan la vuelta a la esquina.
Ya es notorio que las pipetas han comenzado una guerra fría y silenciosa contra las puntas, sin llegar al entendimiento. Y los Tratados de Esterilidad se incumplen en los medios de cultivo pendientes de inocular, porque a la cabina de seguridad biológica le ha dado por fumar de nuevo.
Los lamentos de la balanza se oyen desde la esquina del laboratorio quejándose porque lleva demasiado peso y mientras, un tubo de centrífuga sin diagnosticar se ha colado entre el grupo de tubos tarados porque le parecían más llenos de vida.
Todos se han ido a tratar a la centrífuga de sobremesa, que, desde hace unas semanas apesta a etanol 70 %. Y los tubos, desequilibrados, han vomitado E. coli en el rotor y el olor impregna la sala termostatada.
El grito de desesperación del termomixer reclamando unas vacaciones va siempre acompañado del sonido de los cronómetros descompasados, estresados porque se les acaba el tiempo.
Intacto, se erige el potente cromatógrafo líquido de proteínas a alta velocidad, el FPLC, que siempre hace lo que cree conveniente e incita la huelga de tubos usados que se niegan a ser reutilizados para las sucesivas purificaciones.
Finalmente, ante todas estas desventuras, los controles negativos son los únicos que mantienen intacto su optimismo.


  • Visto: 45