Picalepsis

Otra vez me despierta ese zumbido. No es como antes, cuando lo sentía directamente en mi oreja. Ahora el transmisor replica el sonido a todo volumen. Aún así no puedo evitar sacudir las manos tratando de darle caza.

Doy la luz y veo que Marta y Jose también se han despertado. Esperamos en silencio hasta que cesa la alarma. Por suerte, no tardaron mucho en dar con él. Suspiramos aliviados. Jose se frota las manos – A por el desayuno, ¿no? – Sale con su habitual tranquilidad. Envidio su capacidad para disfrutar de la vida bajo cualquier circunstancia. Incluida esta.

Mientras desayunamos se emite el informe diario matinal. Nuestro protector hace un resumen de los contactos con otros refugios. El Sorbe ha caído. Hubo una infiltración, Nos d aun mensaje de unidad y supuesta tranquilidad y da paso a los avances en la desinsectación de la Tierra. Los mosquitos se extienden de forma imparable. No se puede contabilizar la población, por lo que es difícil medir su descenso. O ascenso. No sabemos. Algunos países optaron por gasear la atmósfera con potentes insecticidas. El resultado fue catastrófico. El resto de seres vivos se vieron igualmente afectados, incluidos los humanos. Una vez se rebajaron levemente los niveles de gases nocivos, los mosquitos invadieron de nuevo la zona. Ahora son resistentes.

Al final, todas las naciones tuvieron que tomar la misma decisión: construir refugios subterráneos con máxima seguridad antimosquitos mientras se continúa con mecanismos para acabar con ellos, o al menos hacernos inmunes al protozoo que transmiten y que resulta mortal para nosotros. Los refugios se colocaron estratégicamente cerca de depósitos de agua subterránea, donde por suerte, o por ahora, no crecen los mosquitos. El aire llega a través de conductos monitorizados que activan una red eléctrica capaz de fulminar a cualquier insecto.

-Belén, vamos, que ya es la hora.

Los lunes, porque, aunque el tiempo ya no importe, ayuda a organizarnos, nos toca limpiar las placas solares. Marta, Jose y yo éramos profesores de la facultad de física. Formamos parte de los primeros equipos de decisión para el proyecto de supervivencia de nuestra especie. El gobierno nos contrató y pasamos a trabajar con otro grupo de profesionales en uno de los refugios. La Coveta. Trabajar colaborativamente claro, el dinero ya no vale nada. Y ahora encima nos jugamos la vida saliendo a la superficie para poder seguir teniendo energía. Los trajes de protección dificultan el trabajo y nos lleva casi todo el día acabar con la tarea.

Mientras limpio no puedo evitar pensar en el mosquito de anoche. Seguro que se coló por el flujo de aire. Mira que avisé de que no es suficiente con limpiarlo una vez al día. Después iré a hablar con los técnicos, a ver qué ha pasado. No quiero que acabemos como El Sorbe. Nuestro protector lo es en todos los sentidos, y aunque transmite toda la información sobre otros refugios, no lo hace con el nuestro.

Acabada la tarea, me doy una ducha que ojalá pudiese ser más larga. Por razones obvias, solo tenemos cincuenta litros por persona para asearnos. A la semana. Ya es la hora de la cena así que voy al comedor y me acerco al grupo de técnicos de ventilación.
-Hola, chicos. Quería preguntaros por la infiltración de anoche. ¿Cuál creéis que ha sido la causa?
-Venga, Belén, tía, que estamos cansados. Deja de hablar de trabajo. ¿Te unes a la timba de esta noche? Alguien ha encontrado un paquete de cigarros. Premio gordo.
-No, gracias. Pasadlo bien.

Me alejo murmurando. Una cosa es saber vivir con calma y otra es no saber preocuparse cuando toca. El miedo es un mecanismo de protección. Yo no soy una miedica, solo soy precavida.
Voy a comprobarlo por mí misma. Me dirijo al control central de los tubos de ventilación. Un sismógrafo adaptado a estos pequeños seres controla los conductos de manera que cualquier vibración en el aire activa la descarga eléctrica. Me pongo a revisar los datos de la madrugada pasada. Veo la señal que activó la alarma. No fue en los conductos de aire. Esto no cuadra.

Estoy tan concentrada que cuando me doy cuenta ya es demasiado tarde. Zzzzz. En mi oreja. Agito las manos sobre mi cabeza desesperadamente y corro por la habitación dando vueltas sobre mí misma. Me pego a la pared para tener una visión completa de la sala. Mis ojos se mueven rápidamente de un punto a otro. En ese momento, mi peor presentimiento se confirma. Agudizo el oído y al fin lo entiendo. Los mosquitos están entre las paredes.
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