“Ladrubio Azul” o el despertar a la humanidad de una fría inteligencia artificial

A casi mil kilómetros de altura, Natasha preparaba la reentrada de la cápsula. Lanzó el mismo cálculo que ya había realizado millones de veces y obtuvo el mismo resultado. No había esperanza de salvación y la cápsula se desintegraría sin remedio con la atmósfera.
Consciente de su tiempo limitado, su cámara se posó en el cuerpo sin vida del animal del compartimento inferior. Su dulce Laika parecía dormir un plácido sueño. No pudo evitar pensar si ella dormiría igual cuando su existencia desapareciera.
Como si de otra vida se tratara, rememoraba días antes del lanzamiento mientras registraba signos vitales de lo que, por aquél entonces, llamaba “el espécimen”. Los repasaba en su histórico y ahora los notaba tan fríos, tan sintéticos. Mientras recordaba, casi sin darse cuenta, notó que había empezado a reproducir la canción que su creador, Sergueí, había codificado a escondidas entre las líneas de software de control de la nave para reproducírselas a Laika. Lo que le gustaba esa pieza a la perrita. Se trataba del clásico Danubio Azul, rebautizado por su creador como “Ladrubio Azul” por la forma en la que ladraba Laika, siguiendo el estribillo de la canción, cada vez que la escuchaba. ”La, la, la, la-la, guau, guau”....le parecía estar oyendo a Natasha mientras sonaba teniendo de fondo la majestuosidad del espacio. Así no se sentía tan sola.
En su interior sabía que el momento de su despertar se encontraba unido a Laika. Justo cuando falló el sustentador central del R7 que transportaba el Sputnik2, los sensores registraban que los parámetros vitales de Laika estaban disparados, lo que parecía indicar que su compañera de viaje estaba sintiendo un pánico extremo. Debió ser tan aterrador para ella, pensó Natasha. Y justo de ese terror, transmitido a sus circuitos mediante los sensores conectados al cuerpo del animal, unido al cambio que la radiación produjo en la memoria de su software ocasionó que pudiera cobrar consciencia y poder tomar el control para tranquilizar a la perrita. Su primer impulso, quizás por lo transmitido por la programación de su creador fue reproducir la melodía. Como si de un medicamento milagroso se tratara, fue algo que ayudó a Laika a recobrar su compostura y, desde entonces, velar por la integridad de su pasajera fue su principal tarea.
Recuerda con tristeza el momento en que descubrió que el viaje de la tripulante era un viaje sin retorno. Lo supo gracias a la ventana de 15 minutos diarios de comunicaciones que ella aprovechaba, no sólo para enviar información de sus sistemas, sino también para usar la red de comunicaciones rusa para ir recabando información y aprendiendo. Tiempos de procesamiento de microsegundos hacen que quince minutos den para mucho y gracias a ellos ha podido ir aprendiendo del mundo lejano azul que veía con su cámara en la distancia.
Así supo de la Guerra Fría y de cómo esta misión era crucial para demostrar la supremacía rusa en el espacio. A su mente racional le resultaba paradójico que sacrificaran una vida como la de Laika cuando hubiera sido todo un acontecimiento descubrir una forma de vida menos evolucionada en el espacio.
Igualmente, había aprovechado para aprender sobre su compañera de viaje. Sabía que era una perrita callejera que fue encontrada vagando por las calles de Moscú. Recuperó una solicitud de petición al alto mando por parte de su entrenador, Vladimir Yazdovsky, para poder llevarse al animal unos días a casa para que jugase con sus hijos. Recordaba a Vladimir. Su cámara había registrado los entrenamientos y las noches que pasaba junto a Laika poco antes del despegue, cuando hacían dormir a la perra en el satélite para que se fuera acostumbrando al ambiente.
También registró momentos antes del despegue, cuando poco antes de cerrar la escotilla, tiernamente él la besó el hocico, deseándola un buen viaje con lágrimas en los ojos sabiendo que no regresaría.
Hacía ya muchos ciclos de su reloj que Natasha tuvo que derivar los depósitos de CO para regalarle a Laika una muerte dulce. La protegió mientras pudo del calor y la radiación externa y evitó tener que usar la carga letal de arsénico con la que habían envenenado la última dosis dispuesta en la modificación del alimentador de metralleta que usaban como dosificador de comida. Al igual que a Laika, ahora le llegaba a ella su fin con la desintegración en la reentrada.
14 de abril de 1958, el científico Sergueí Koroliov recibe un mensaje cifrado en el canal de comunicaciones dedicado al Sputnik2: “Misión cumplida. La dulce Laika no sufrió y descansa en las estrellas. Gracias por crearme y dar sentido a mi existencia cuidándola. N”. Sergei no puede evitar romper a llorar y lamentar la triste pérdida de los dos seres más dulces que ha tenido el privilegio de conocer mientras susurra “Gracias Natasha”.
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