El síndrome del impostor

La sonora ovación no calmó las voces de su interior. Ahí estaba el Dr. Oliver McCoy, dirigiéndose a recoger el premio Nobel en Física, precisamente en el día de su cuadragésimo primer cumpleaños. Titubeó al empezar a pronunciar un discurso que había memorizado carácter a carácter. Como consecuencia, cada una de las palabras brotaba de manera automática de su boca, sin necesidad de pensar lo que estaba diciendo. De hecho, su atención se concentraba en intentar ignorar las voces internas que le gritaban «¡impostor!». Fracasó en el intento. No fue hasta bien entrada la noche, con su diploma en la mesita de noche de su habitación y con una cuenta bancaria que ya alcanzaba los siete dígitos, cuando su conciencia lo dejó descansar. Quiso autoconvencerse de que sufrir el «síndrome del impostor» tras recoger un premio debía ser normal. Dicho trastorno psicológico, también llamado «síndrome de fraude», provoca que las personas que lo padecen sienten que no están a la altura, y dudan de su propia competencia, pese a haber demostrado su valía, como era claramente el caso de un reciente ganador de un premio Nobel. ¿Y si realmente él no era merecedor de tan prestigiosa distinción?

Todo comenzó unos años antes con la publicación de aquel artículo en Nature. La gran repercusión que tuvo dicho trabajo resulta comprensible debido a que explicaba uno de los grandes misterios científicos que la ciencia aún no había sido capaz de resolver, como era el de la inflación cósmica. Dicha teoría afirma que un instante muy pequeño después del Big Bang (menos de una billonésima de segundo) el universo sufrió un crecimiento exponencial enorme. Tras dicho instante, el universo continuó expandiéndose, pero a mucha menor velocidad.

No hay duda de que un trabajo de tal calibre conlleva muchas horas de estudio, de observación, de análisis y experimentación. Oliver dedicó gran parte de su treintena a ir juntando piezas para poner luz en ese universo oscuro. Y la pieza angular de dicho puzzle era un borrador de fórmulas que el científico tenía escritas en un papel desde hacía años, y que se sabía de memoria. Hasta que llegó el día en el que se puso fin al misterio de la inflación cósmica iniciado por Guth, Linde y Steinhardt en 1981, año en el que, casualmente, nació el científico que cerró el círculo.

El interés por la ciencia que estudia el universo se despertó en Oliver tras finalizar sus estudios de Física, lo que lo llevó a realizar un doctorado en Astronomía. Oliver no fue un alumno particularmente brillante, y resulta paradójico que se especializara en un campo de la astronomía completamente diferente al que le aportaría reconocimiento mundial casi veinte años después. El cambio de rumbo en sus intereses astronómicos se produjo por accidente, tras una visita a su antigua habitación de la casa de sus padres. En una caja de madera que contenía recuerdos de toda su infancia, entre sombreros de camuflaje, linternas y brújulas, Oliver rescató una hoja manuscrita de color amarillento. Se ayudó de una lupa, bien guardada junto con sus otros objetos de intrépido explorador, para intentar descifrar el enigma oculto que escondía aquella especie de pergamino, el cual, fruto del paso del tiempo, ya había empezado a ocultar parte de su contenido debido a la absorción de la tinta. Su intuición le decía que puede que fuera el hallazgo más importante encontrado en todos sus años de explorador.

El pequeño Oliver entornó los ojos para intentar distinguir aquello que se intuía en el horizonte. Gracias a sus prismáticos pudo ver que se trataba de un recipiente de cristal. Esperó pacientemente hasta que las olas acercaran el objeto a la arena. Al coger la botella, observó que estaba cerrada herméticamente con un tapón de corcho, lo que había evitado que se mojara el papel que contenía en su interior. Tras descorchar la botella, la emoción descontrolada de Oliver (propia de un niño de diez años como él) se diluyó al desdoblar el desgastado papel, el cual, en vez de contener el mapa de un tesoro, mostraba un galimatías de fórmulas incomprensible.
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