TUS LÁGRIMAS ESTÁN FRÍAS

Los demás beben otra cosa. Beben promesas. Beben esperanzas.
W. Lindsay Gresham

Contemplaba en la cama el contorno de sus senos inclinados y sus caderas, que se recortaban en la luz roja. Intuía esos ojos azules claros, con sus tonos verdes, ahora cerrados, y sus cejas de color oro, rivalizando con su larga melena de reflejos rubios. Su nariz era grande, huesuda y su mandíbula marcada que se hundía en su barbilla partida. Su boca no encajaba con el resto: era ancha, y sus labios, demasiado carnosos, desentonaban con el resto de su belleza facial. Los besé, y Haizea se arrolló bajo las sábanas, dejándome entrever aquel lunar junto a su ombligo que tantas veces había acariciado.
– Haizea, me llamó Haizea - me había dicho al conocernos, y había añadido, reservada - Viento. Haizea es el viento que nos rodea.
Hacía varias decenas de siglos que vivíamos en Tritón. Habíamos llegado escapando de la gigante roja en que se había convertido nuestra estrella. Los robots nos habían ayudado a convertirlo en nuestra casa: ellos no sufrían las radiaciones en un mundo sin atmósfera, y eran incansables, más rápidos y fuertes. Las leyes robóticas nos aseguraban su encaje en nuestra sociedad, pero durante tantos decenios habíamos observado cambios. Habían desarrollado empatía hacia nosotros, parecían querernos, y tenían sentimientos entre ellos. Sus desarrolladas nuevas emociones y su propia salud mental, les hacía llorar y sentir deseos. Lloraban ante sus fracasos, lloraban con sus éxitos y lloraban con la muerte de alguno de los nuestros, o la retirada momentánea de alguno de los suyos. No tenían frío, pero sus lágrimas eran frías; aunque también lo eran las nuestras en aquellos primeros siglos modelando Tritón. Hacía frío, a pesar de la gigante roja, y nuestros trajes sólo podían soportar esas temperaturas durante períodos no muy largos. Sólo podíamos deshacernos de los trajes en las naves, que al comienzo eran nuestra morada, y en donde compartíamos espacio con los robots. El contacto con nosotros, junto a sus nuevos sentimientos, los hizo también más humanos. Vi como cambiaban, como desarrollaban nuestras pasiones, como al principio bebían promesas, sueños y esperanzas, pero con el tiempo, eran capaces de cumplirlas y desarrollarlas dentro de su código moral. Y vi todo eso porque yo los diseñaba para sus diferentes funciones; los creaba a partir de montones de metal sin alma, y los reparaba, si era posible, para que siguieran siendo eternos.
Con su ayuda levantamos las mamparas-telares que nos protegían de la radiación y permitirían crear una atmósfera. Las mamparas-telares cubrirían nuestras nuevas ciudades enteramente: nos permitirían asentarnos en el suelo de Tritón. Estaban hechas de gruesos polímeros sintéticos, flexibles, deformables, que recogían la radiación de la gigante roja y producían oxígeno, una sustancia de la que todavía dependíamos. Los espejos solares colocados en órbita, junto con el calor de la gigante roja, habían convertido las capas de hielo del suelo de Tritón en océanos de agua, sales e hidrocarburos, y ayudaban a vaporizar algunos de esos componentes creando la atmósfera, y aumentando la temperatura de las ciudades cobijadas en las mamparas-telares. Y con una atmósfera más benigna, las temperaturas se elevaron, y nuestras lágrimas dejaron de ser frías. Pero las de los robots todavía lo eran.
Con la atmósfera y las temperaturas llegó el viento dentro de las gigantescas cubiertas. El viento rasgaba las mamparas-telares, dejando pasar las radiaciones e interrumpiendo el flujo energético. Había que repararlas in situ, no se podían desmantelar, a riesgo de perder las atmósferas creadas, y los helico-robots lo hacían, pero con nuestra ayuda. Haizea era uno de los ingenieros que los acompañaban hacia las alturas donde las mamparas-telares se extendían, soldándolas; conectando sus partes para que los polímeros pudieran producir electricidad; pero también exponiéndose a las radiaciones de la gigante roja. Haizea enfermó, desarrolló un tipo de cáncer en su cerebro, contagioso a través del contacto. Y yo enfermé con ella. En mí, la enfermedad desapareció sola cuando nos obligaron a separarnos, al coste de perder parte de mis memorias. En el de Haizea, nuestros médicos-robots la curaron usando el arsenal de tecnología y experiencia que habíamos acumulado. Ahora volvíamos a estar juntos y yo disfrutaba de su presencia cada día. La seguía contemplando en la cama, recordando aquello, mientras la gigante roja se levantaba en el horizonte, a través de la mampara-telar. Se revolvió entre las sábanas y abrió sus ojos azules.
– Estás llorando – me dijo sonriendo y mirándome, dejando entrever sus dientes blancos.
– Por tenerte conmigo. Recordaba cuando ambos llegamos… y la enfermedad.
– Eso ya pasó, y estamos los dos juntos como antes - y me besó en la mejilla -. Tus lágrimas…, tus lágrimas están frías, amor.
Y sentí su mano cálida, mientras en mi corazón y cabeza bebía de la promesa de estar con ella para siempre.
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