Y LA PRUEBA DEL AMOR SE HALLÓ EN ATAPUERCA

Y LA PRUEBA DEL AMOR SE HALLÓ EN ATAPUERCA

Viena 1907
—Lo que dices es una atrocidad, Adolf.
—No lo digo yo, Gustav. Lo dice Darwin. Son los principios de selección natural. Tú mismo te empeñaste en que leyera el libro, no sé de qué te sorprendes ahora. La naturaleza es despiadada, solo los más aptos sobreviven. A los tullidos, los borrachos y los seres inferiores habría que arrojarlos al río. Así mejoraría la raza.
Gustav contempló el Danubio y sintió un escalofrío que nada tenía que ver con la entrada del otoño y sí con la imagen de decenas de cadáveres flotando en las aguas. Se pasó una mano por los ojos para espantarla.
—Esa es una interpretación muy libre del texto que nada tiene que ver con las investigaciones de Darwin. La selección natural es un criterio evolutivo que mejora las especies vivas. Nadie habló de cometer asesinatos.
—Claro, es mucho mejor que la tortuga que ha nacido con el cuello corto se muera de hambre.
El silencio se interpuso entre los dos jóvenes. Un niño pasó entre ambos rodando un aro. Una institutriz de cofia almidonada y uniforme perfectamente planchado corrió tras él.
—Esto es lo que nos diferencia de los animales. Podemos cuidar a seres que no son de nuestra familia.
—No me hagas reír, amigo mío. —Y las carcajadas aparecieron de forma súbita y repentina, como una tormenta —. Altruismo puro es lo que acabamos de contemplar.
Faltaba poco para llegar a la librería. El silencio amenazaba como una borrasca y Gustav cambió de tema.
—¿Cuándo tienes la prueba la admisión en la academia, Adolf? Me sorprende que quieras ser pintor. No tienes alma de artista.
De nuevo una risa granizada cayó sobre la tierra.
—No volveré a leer tus libros de ciencia sí es eso lo que buscas, Gustav. Será lo mejor si queremos conservar nuestra amistad. Por cierto, ¿te ha gustado El hacha de guerra? Leería todas las novelas de Karl May.
—Tengo otras inquietudes —respondió Gustav empujando el portón del local.
Antes de escoger otros ejemplares de segunda mano vendieron al comerciante los libros usados que llevaban con ellos.

Gustav pasó la semana enfrascado en la lectura de El origen del hombre y la selección en relación al sexo, y una noche tuvo una epifanía. ¡Bendito Darwin! Saltó de la cama, encendió una vela y bajo la luz temblorosa releyó párrafos hasta encontrar el que buscaba. Al fin encontraba respuesta a sus inquietudes. Y a fin de tenerlo siempre presente copió el párrafo donde se condensaba todo: «Aquella tribu que contase con muchos miembros que, en razón de poseer en alto grado el espíritu de patriotismo, fidelidad, obediencia, valor y simpatía, estuviesen siempre dispuestos a ayudarse los unos a los otros y a sacrificarse a sí mismos por el bien común, claro está que prevalecería sobre las demás; y esto sería selección natural.»
Ahí estaba la clave del éxito de la evolución humana. La hipótesis que hablaba del amor al bien común y a los demás miembros del grupo como razón de la supremacía humana sobre la Tierra. El amor, la piedad y la compasión nos convirtieron en los reyes de la creación. Gustav confirmaba al fin lo que su corazón intuía desde siempre. Era una hipótesis no confirmada porque todavía no se habían encontrado fósiles que la probaran, pero se encontrarían, sin duda alguna. Aunque tardaran cien años y él no pudiera verlos alguien, en algún lugar, los encontraría. Tenía que hablar con su amigo y contárselo todo.

Gustav esperó con impaciencia el día en que habría de reencontrarse con Adolf en la ribera del Danubio. Se encaminó con paso firme, sonrisa decidida y argumentos contundentes. Pero su amigo no se presentó a la hora convenida. El joven aguardó en el lugar más de una hora, y cuando se convenció de que no llegaría se dirigió a la Academia de Bellas Artes. No había caído en que hoy salía la nota del examen de ingreso y probablemente estaría celebrándolo en la puerta con otros alumnos. Pero no lo encontró entre el bullicio de los presentes. Buscó su nombre en el listado, recorrió las líneas con los dedos hasta encontrarlo: Hitler, Adolf, no admitido. Gustav sintió como suya la desilusión que debía haber sufrido su amigo unas horas antes. Se dirigió al hostal donde se hospedaba, pero le dijeron que lo había abandonado. Durante días lo buscó en las obras donde trabajaba a jornal, en los parques que solía frecuentar, en las cafeterías donde alguna vez habían disertado durante horas pero no lo halló. No lo volvió a ver, y aquella conversación pendiente sobre ciencia nunca se produjo.
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