Ío

Desde la ventanilla del asiento 354 la inmensidad del universo se antojaba abrumadora y la Tierra parecía desvanecerse en un mar azul y calmo, sin olas, ya sin gaviotas. Me asaltó un miedo atroz. Pensé en la despedida y un atisbo de tristeza se coló por mi lagrimal. Ío dormía a mi lado y desde el despegue no había dicho nada. 

Llevábamos meses organizando el viaje y analizando sus consecuencias. La decisión fue mía, si suponemos que alguno de nosotros podía tener margen de decisión ante los acontecimientos, pero Ío cuestionó cada argumento que di hasta el último momento. Era lo esperado, claro. Cuando el Gobierno avisó de la fecha final esperada, cientos de personas y conciencias salieron a las calles, hubo protestas, vandalismo, ira y después, inevitablemente, calma. Ni Ío ni yo entendimos nunca de qué valía gritar ante algo que todos sabíamos, que ninguno había realmente evitado y cuya constatación no era más que una confirmación negada pero evidente. La fecha final esperada. Fecha. Final. Esperada. Ío repitió y memorizó aquellas tres palabras como un mantra, para no olvidar mencionarlas en cada una de nuestras conversaciones y debates. Como si pudiéramos olvidarlas. Lo peor de aquellos días fue, sin duda, la esperanza y la falta de precisión. La palabra esperada. ¿Quizás no era esa la fecha? ¿Quizás, a pesar de todo, no llegase el final? Muchos se acogieron a ello. Marin lo hizo, la abuela también. Hicieron un cálculo y consideraron que no valía la pena escapar. Nosotras no pudimos abrazar el final sin más. Quedarnos. Sentarnos y simplemente esperar. Ío me obligó a hablar de ello casi a diario. Era nuestra conversación en los desayunos, durante el trabajo, en las largas noches de insomnio. Yo trataba de anular el pensamiento y dejarme caer en un devenir inconsciente, pero ella no dejaba de acosarme con preguntas. ¿Y si la nave no llega a su destino en el tiempo previsto? ¿Y si desde arriba presenciamos el final? ¿Y si no puedes vivir dejando atrás a Marin y a la abuela? Sus condicionales me agotaron durante días. Quise destruirla muchas veces, pero ni el contrato me lo permitía ni yo misma podía hacerlo sin matarme a mí. 

Giré la cabeza y la observé. Blanca, redonda, opaca, palpitando al son de mi corazón. Me sorprendió que no despertara, al fin y al cabo Ío era yo, se suponía que sentía conmigo, que respiraba conmigo... ¿era mucho pedir que llorara conmigo? Sabía que no podía, pero sentirme caer en el abismo mientras nuestros cuerpos enlatados ascendían hacia el infinito debía ser suficiente para que se despertara. Ese miedo atroz, de nuevo. Puse mi mano sobre ella y la caricia la activó. Se iluminó el lector y giró sobre su eje 180 grados. 

– ¿Hemos hecho bien? – Le pregunté reteniendo la humedad en los ojos.
– Sí. – Respondió. – Hemos hecho lo único que podía ofrecernos garantía de supervivencia. La destrucción era inminente y todas las conversaciones y deducciones lógicas llevaron siempre a la misma conclusión. Teníamos que irnos.
– Me he quedado sola, en medio de la eternidad… 
– Sí.

Deseé que mi conciencia me llevara la contraria, que retrocediera en el tiempo y volviera a los ocho años, cuando Marin me la había comprado tras la operación de rodilla. Yo había avanzado, física y mentalmente, y ella lo había hecho conmigo, solo en el segundo término, de modo seguro y racional. Pros. Contras. Valores morales. En su balanza siempre se habían puesto en juego las grandes decisiones, los grandes retos de mi vida, analizados al detalle para encontrar la justa decisión. Sin embargo, echaba de menos la Ío de mis ocho años que me dejó robarle la batuta a mi profesor de solfeo y escaparme del castigo posterior de mi abuela. La falta de conciencia. La rebeldía. Los pies fuera del límite. Luego todo se había vuelto demasiado analítico.

La miré de nuevo. Se había puesto en silencio de modo autónomo, pero seguía mirándome con el lector iluminado. Por la ventanilla, la tierra y los que decidieron quedarse eran cada vez más lejanos. Y nosotras cada vez más pequeñas. 

– ¿Hemos hecho bien? – Volví a preguntar, como quien repite por inercia una plegaria, sin esperar que su eco llegue a ninguna parte. 
– No lo sé. – Y el lector palideció, perdió brillo de forma paulatina hasta quedarse de un amarillo tenue, como el trigo de la infancia grabado en mis retinas. 
– No lo sé, de verdad que no lo sé… – Volvió a decir. 

Y entonces por fin la lágrima. Con calma, sin apremio ni aspavientos. Solo una lágrima salada que reflejaba el adiós escrito en la pantalla de Ío.

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