Reinicio

La rosa, de manera irremediable, ha caído a la tierra removida. Algunos pétalos azules se desperdigan entre las vengativas ramitas del arbusto que cobijaba a la flor. La ginoide ha cortado el pedúnculo demasiado próximo al cáliz. La observa contrariada. Con todo, el cobrizo ser automático desvía su atención ―con una cabeza ovalada carente de rostro― hacia la trayectoria descendente del objeto que ha aparecido en el cielo tras el trueno; su distracción; una punta de lanza ígnea que no tarda en ensartar la metrópolis.

Tras el inaudito quebrar de la tradicional monotonía, las sinapsis cuánticas de la ginoide determinan que el objeto volador no identificado ha cruzado las estrellas sin contratiempos, desafiado la gravedad del planeta, perforado la cúpula que servía para proteger antaño su mundo de titanio y silicio y probablemente haya llegado hasta allí para destrozar un cúmulo de zonas que tardarán semanas en volver a tener impecables. A la Mater no le va a hacer ninguna gracia. En cambio, ella sí lo encuentra entretenido. «Un día diferente», piensa.

Un pequeño dron, esférico, hace acto de presencia. De él surge una voz:

―Poneos en movimiento. Podría dar comienzo el Reinicio.

Es la imperante inteligencia artificial que todo lo administra: la Mater. Marcial, nada empática, pero considerablemente eficiente.

Con una de sus alargadas manos y extremada delicadeza, la ginoide recupera la rosa. Deja las tijeras de podar a un lado. Con escandalosa parsimonia, se alza. Breve, presta atención al inmenso edén hidropónico que se extiende extramuros. Luego, a la nitidez y pureza de la bóveda celeste. Se pone en marcha sin más dilación hacia el lugar dónde ha impactado el objeto. La rosa va con ella. Otros seres mecánicos, curiosos, la persiguen aunque hay drones por los campos que revolotean azuzándolos.

El caminar de la ginoide es peculiar. Renquea y da largas zancadas. Desgarbada, el alargado brazo que no sujeta la flor se balancea al ritmo de un dos, dos uno, un dos, dos uno… La rosa, siempre, cerca del pecho. Según avanza por calles, parques y avenidas asépticas, desbordadas de edificios mudos, vacíos e intimidantes, se cruza con múltiples automáticos. Los hay que permanecen quietos y distantes. Otros se le unen y a quienes la acompañan. Un variopinto ejército de Hamelin cuyas almas de metal danzan al son de la Mater.

―Poneos en movimiento. Podría dar comienzo el Reinicio ―se repite alrededor.

El silencio dominante, obligado por corazones articulados y sistemas cargados de sangre artificial, no deja de menguar. Son no-vida y vida en un lugar donde todo es íntimo y misterioso, pero donde no existen los sueños ni las pesadillas. Donde lo natural es ser antinatural, pues lo que camina sobre el asfalto es no-orgánico y lo orgánico solo permanece anclado en los jardines, o en las leyendas.

La ginoide no deja de preguntarse algo en su cabeza: «¿Será este el tiempo que esperaban ver los antecesores?», la mayoría obsoletos en el vertedero. Es triste, ya no se recuperan autómatas, ni robots, ni androides ni ginoides…, no quedan componentes. Y las factorías hace años que se quedaron sin energía. Incluso, a veces, la Mater sufre fallos de sistema. La brillante decadencia que oculta la metrópolis es un vulgar espejismo. Sin embargo, los seres que quedan la mantienen en pie con ahínco, está en su programario. Por una esperanza: el Reinicio.

Comienzan a percibirse destrozos mientras el grupo alcanza la zona de impacto. La estela que ha dejado el meteorito es evidente. Bajo la batuta de drones ―son parte de la omnipresente Mater― ya hay limpiadores operando a la par que autómatas realizando labores de reconstrucción.

Alrededor de un cráter es donde convergen los automáticos desde las diversas direcciones. La ginoide se asoma como tantos. No duda en descender, cree tener una corazonada. Como un halcón, un dron va en pos de ella. Entre vapores, restos de asfalto y materiales candentes vislumbra el objeto.

―No es un meteorito ―murmura la voz de la Mater a través del dron. El artefacto raya la perfección en sus líneas ovaladas―. Una cápsula ―confirma. No hay dudas, temores ni preocupación en el tono.

En ese instante, sonidos de descomprensión. La cápsula se abre. El dron y la ginoide se miran. Sorpresa y no sorpresa. Si pudieran, sonreirían.

―El Reinicio ―indica la Mater.

La ginoide, sin dudar, toma a la desnuda y pequeña criatura orgánica del interior de la cápsula. «Un día diferente», piensa divertida. Y la pequeña despierta en un estallido estridente sin fin. Ella la abraza junto a la rosa y se comunica con la Mater.

―Sí, la llamaremos Azul, como al antiguo mundo.

Súbitos, cientos de truenos atraviesan el cielo. La Mater dispone de nuevo:

―Poneos en movimiento. Da comienzo el Reinicio.

Su voz, ahora, suena como una nana.
  • Visto: 52