¿Las cosas están ahí si no las miramos?

A pesar de que la habitación permanecía bajo la más sombría de las oscuridades, las motas de luz que entraban a través de las rendijas de la persiana dejaron que sus ojos entreabiertos vislumbrasen aquello que permanecía de pie a los pies de su cama.

—No oses moverte, niña— musitó una voz grave.
Su diminuto cuerpo yacía tumbado ante el asombro, y una fuerza hasta entonces desconocida se batallaba con su mente, impidiéndole reaccionar ante aquella silueta. Fue como si permaneciera anclada, atada dócilmente a su cama bajo la influencia de aquellas palabras; palabras breves, colmadas de una amenaza todavía latente pero acechante.

—¿Qué es lo que quieres?—dijo la joven, tratando de enderezarse—. De seguro nada de lo que buscas puedo ofrecerte.

—¿Sostienes acaso que ando en busca de algo?— y añadió con un tono cargado de sorna—: De hacerlo, ya lo habría encontrado.

La voz de aquel ser abstracto e indescifrable no escondía precisamente un claro afecto por ella, y sus anhelantes ojos brillaban crepitando en la oscuridad frente a su cama. Se sentía tan desorientada que por un momento creyó estar muerta.

—No me resultas intimidante. Jamás me aterrará la presencia de un ente irreal como tú— mintió ella mientras rezaba en voz muy baja, presa de un pánico creciente.

—¿A quién pretendes engañar, pequeña? Desde aquí puedo palpar el torrente de espanto apoderándose de ti—.

Aquel ser extraño se acercó a ella lentamente, con pasos incesantes pero constantes, tan sigilosamente que sin apenas darse cuenta ya podía notar su gélido aliento acariciándole las pestañas.

Era así, tal y como lo recordaba, tal y como lo había enfrentado una y otra vez en sus sueños. Tendida en su cama estaba volviendo a experimentar el aura asfixiante de aquel espíritu que durante tanto tiempo se había ocultado en el sopor de sus noches como un mal augurio.

Sus sentidos hacían tangible la presencia de aquello que causaba su espanto, mas sus intentos por descifrar la manera en la que relataría tal desdicha —si acaso tenía la oportunidad de hacerlo— hicieron brotar en ella la mas profunda de las reflexiones.

—Tus intentos por causar terror en mí son en vano, pues no se puede temer aquello que no existe. Lo mucho que te aproximes no alcanzará a aterrarme— siseó al tiempo que se le helaba la sangre en las venas.

—No luches, querida. Estás alargando la caída del telón y a mí no me enseñaron a jugar con mis víctimas— pareció escupir sus palabras, colmadas de resentimiento.

La niña se incorporó lentamente, desenvolviéndose entre las sábanas como un caramelo derretido. Presa y cazador, cara a cara sumidos en la más siniestra intimidad. Aquel ser lograba sobrepasar los límites de la imaginación de cualquiera que se propusiera imaginarlo, por lo que ante el peligro y bajo el anhelante deseo de poner fin a ese calvario, la joven cerró los ojos con fuerza y, de repente, sintió que volvía a nacer. 

En vista de que aquella aparición abstracta —y con ella el temor que le suscitaba— lograban desvanecerse en el momento en que sus ojos permanecían cerrados, la joven tomó consciencia de que quizás la naturaleza de la realidad en la que existimos esté siendo generada por nuestra percepción de la misma.

Ahí sentada, presa de un pánico cada vez más diluido, llegó a la liberadora conclusión de que el terrible suceso de aquella madrugada estaba siendo creado por el simple hecho de estar presenciándolo. El mundo, tal y como lo conocemos, existía en la medida en lo enfrentaba estoicamente y era partícipe de sus sucesos. Descubrió que podía disipar el espanto si no asistía a aquella realidad, si no la enfrentaba con la mirada.

—Eres tan insignificante que apenas existes si no te miro.— se atrevió a espetar la muchacha valientemente.

Sea lo que fuere que le mantenía en vilo por las noches, dejaba de ser real si no lo presenciaba. Al no obtener réplica alguna ante su desafiante afirmación, puso de manifiesto lo que para ella era completamente inefable, algo que desafiaba las leyes de la lógica: ¿Los sucesos son y no son? ¿Están y no están? O lo que es lo mismo, ¿No existen y lo son todo a la vez?
La angustia se mitigaba cuando permanecía sigilosa con los ojos cerrados, y esto ponía en entredicho la veracidad del ser demoníaco que se proponía perturbar su sueño pues, si su mirada no se posaba sobre él, quedaba en un estado de indefinición constante y nadie excepto sus sentidos podían corroborar su existencia.

La niña volvió a recostarse de nuevo con cuidado, quedando sumida en un plácido sueño del que quién sabe si algún día llegó a despertar pues, 

¿De verdad creéis que las cosas están ahí si no las miramos?


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