Nobel a la normalidad

El trasiego de la organización se intuía al otro lado de la puerta. En el piso de abajo, el auditorio se iba llenando de gente poco a poco. Este año, la sala Nobel contaría con aforo completo, volverían a escucharse los aplausos en directo y los cuchicheos entre los asistentes a la gala, desprendidos de mascarillas y de distancias de seguridad.
Acorralada por la emoción del momento, se rindió ante el peso de sus recuerdos, y se dejó ir por el laberinto de casas de adobe de su ciudad natal, Kisújszállás. Su mente la lleva hasta la carnicería de su padre, pegada al colegio y siempre populosa. A la salida de las clases, esperaba en la puerta del comercio, mientras miraba hipnotizada las manos diestras de su padre cortando vísceras, corazones y órganos de distintos animales. Siempre había pensado que, en aquella carnicería, entre restos de sangre y carne, se había creado el caldo de cultivo idóneo para su precoz vocación científica. La populosa y animada carnicería distaba mucho del silencio tenso y rotundo que impregnaba el aula antes de comenzar cada clase de Bioquímica en la Universidad de Szeged. Fue en una de esas lecciones donde el químico orgánico Jenő Tomasz, le presentó a la molécula a la que dedicaría su vida y que salvaría otras tantas: el ARN mensajero. Esa molécula conocida ahora en cada rincón del mundo, en todos los hogares y por personas de todas las edades sería la protagonista de su tesis doctoral y de toda su vida. Sonrió para sí, indultando la ingenuidad de aquella estudiante de doctorado a punto de enfrentarse a un reto mucho más complejo de lo que nadie imaginaba. Corría el año 1982 cuando al otro lado del telón de acero, en el salón de actos del Departamento de Bioquímica de la Universidad de Szeged, tan grande como impersonal, defendía su tesis doctoral sobre la efectividad de pequeños ARNs sintetizados a medida en diversos tratamientos antivirales.
Miró por la ventana de la habitación, había empezado a nevar. Tímidos copos comenzaban a amontonarse en los tejados de Estocolmo. La paz que inspiraba el bucólico paisaje exterior contrastaba con su estado de ánimo, cada vez más inquieto, más tenso. De repente, esa sensación de incoherencia entre sus sentimientos y el ambiente exterior la llevó hasta la Universidad de Pennsylvania. El experimento
había vuelto a salir mal. Esta vez, su jefe no tendría tanta paciencia; los referees, aún menos. Y ya se sabe que, sin artículos punteros, la financiación no llega. Sin pensarlo mucho escribió un mail rápido a su jefe con la cantinela que se venía repitiendo desde hacía ya varios años: el ARN mensajero inyectado a ratones seguía produciendo una reacción inmune exagerada, haciéndolo ineficaz como terapia antiviral. La respuesta no tardaría en llegar y, a primera hora de la mañana siguiente, a la bandeja de entrada
llegó el mensaje que tanto tiempo llevaba temiendo: "Esta línea de investigación está acabada. Si sigues empecinada en continuarla, no habrá más financiación y, desde luego, tu puesto de profesora pasará a estar vacante". ¿Su puesto de trabajo o el tema de investigación de su vida? No lo dudó: el ARN mensajero.
Sentada repasando el discurso que habían ensayado incontables veces, recordó una vez más cuánto le debía a su colega Drew Weissman. En una fotocopiadora pérdida del departamento de Bioquímica de la Universidad de Pennsylvania, Drew se afanaba en escanear un artículo. Cuál sería su sorpresa al ver que se trataba de un reciente artículo sobre la terapia antiviral con ARN mensajero. No pudo contenerse y la conversación empezó a fluir como si se tratara de una hebra de ARN. A partir de ahí todo empezó a encajar. El interés de Weismann por su trabajo la animó a continuar y juntos pudieron demostrar que, modificando una sola letra en la secuencia genética del ARN, podía lograrse que no se generase inflamación. Cambiar una simple letra, lo cambiaría todo. Un par de años después una pequeña empresa alemana –BioNTech–, la ficharía como científica para que pudiera desarrollar finalmente vacunas para virus basados en el ARN mensajero.
Esas vacunas que a día de hoy han sido inoculadas al 100% de la población mundial, que vuelve a
disfrutar de los grandes placeres prohibidos durante el imperio del covid-19. Esas vacunas que han hecho que la humanidad haya sido capaz de superar una pandemia global y de derrotar a un enemigo invisible que ha supuesto el mayor desafío planetario de los últimos tiempos.
Vuelven a llamar a la puerta:
–Katalin, eres la siguiente.
En ese momento, desde la Sala de Conciertos de Estocolmo, le llegó nítidamente:
–Y a continuación, el premio Nobel de Medicina 2022 será otorgado a Katalin Karikó por su trabajo en el desarrollo de vacunas basadas en la tecnología del ARN mensajero.
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