El congreso

— ¡Por culpa de enclenques como estos estamos perdiendo la guerra contra los humanos! Ahí los tienes, discutiendo sobre nimiedades... Que si la mutación sudafricana combate la vacuna Pfeizer mejor que la inglesa, que si con esta variedad de proteína DarB prevendrán el efecto de degradación de su ADN… ¡Con esa manera de pensar lo único que van a prevenir es la supervivencia de su especie!

Este individuo con aire de anarquista antisistema sentado a mi lado no modera apenas su tono de voz. Realmente le importa bien poco que haya otro retrovirus intentando disertar en el estrado. Si bien suscribo su opinión, no tengo interés en darle coba.

— Dos por ciento de mortalidad. ¡Vaya aficionados! Con ese ratio no me extraña que los humanos hayan tenido tiempo de desarrollar vacunas. Prácticamente se lo estaban pidiendo a gritos. Si hubiera sido yo… En 2013 llegué al ochenta por ciento, no hubiera dejado a uno vivo.

Esta sesión monopolizada por los coronavirus ha finalizado por fin. La siguiente charla promete ser muy controvertida. Se trata de un anciano virus endógeno que se jacta de haber vivido durante cien mil años junto al ADN humano en el núcleo celular. Su tono es el de un iluminado cuando nos recuerda, no sin cierto paternalismo, que nuestro papel como replicadores es simplemente transmitirnos para sobrevivir.

— Todo lo demás es superfluo —dice—. ¿Para qué toda esta violencia, toda esta carrera armamentística? ¿Para qué esta mentalidad competitiva? No somos nosotros contra ellos. No necesitamos mejorar nuestras armas, ni tampoco entregarlas. Sólo tenemos que cambiar de paradigma. En los cromosomas hay espacio para todos. Tanto los genes humanos como otras muchas especies no tienen problema en acogernos junto a ellos como compañeros de viaje. Siempre y cuando cesemos en esta oposición frontal, nos aceptarán como uno más. ¡Ni siquiera tenemos que codificar nada útil! ¿No entendéis que es la mejor solución para todos?

Unos murmullos recorren la sala antes de que mi compañero pierda la paciencia. Levanta su sinuoso cuerpo del asiento y le grita al ponente a pleno pulmón.

— ¡Tú sí que no entiendes nada, insolente judas! ¿Hay espacio para todos en los cromosomas? ¿En qué clase de mundo fantasioso vives? Te crees un profeta que nos salvará a todos, ¿verdad? Lo que eres es un cobarde que decidió desactivarse para que los humanos te permitieran replicarte a su costa. Quizás tuviste suerte pero, ¿en serio crees que los otros genes tardarán en darse cuenta? Sabes tan bien como yo y como todos en esta sala que están empezando a conocer y manipular su propio ADN, ¿crees que vas a poder mantener tu tapadera mucho tiempo? ¡No os engañéis! No somos nosotros contra ellos. Somos todos contra todos.

Con ese final lapidario me doy cuenta de algo. Este virus sentado a mi lado no es otro que Zaire ebolavirus, una leyenda viva a la altura de referentes como la Viruela o el Marburgvirus. El silencio confirma un acuerdo general entre la audiencia. El virus endógeno se retira posiblemente antes de acabar su tiempo asignado. Ebolavirus se dirige a mí triunfante.

—¿Lo ves? Todos están de acuerdo. Si yo volviera a tener la oportunidad dejaría la civilización por los suelos. Si hubiera estado yo en lugar de este coronavirus, viajando en avión entre continentes, de boca en boca como van ellos… Te aseguro que los habría aniquilado a todos.

— ¿Y a quién infectaríamos entonces? —Le replico. Este virus no parece acostumbrado a que otros le lleven la contraria y me mira como si le hubiera insultado— Es más, ¿por qué no lo hiciste cuando tuviste tu oportunidad? ¿Acaso tenías tanta sed de sangre que alertaste inmediatamente a todo el mundo de tu presencia? Sí, debe ser eso. Devoraste todos los órganos que encontraste en tu camino sin poder contenerte, ¿verdad?

Ebolavirus aparta la mirada por un instante, reconociendo por un instante en mis palabras el pecado al que le arrastra su naturaleza: la codicia. Inmediatamente vuelve a la carga con un ad hominem.

— ¿Y tú quién crees que eres para hablarme así? ¿Crees que tú tienes la solución a nuestros problemas? ¿Que tú y tu soberbia podéis ganar esta guerra? Ni siquiera sé a qué genus de virus perteneces, ¿seguro que no eres otro infiltrado? ¡Habla! ¡Vamos, sube ahí y dinos quién eres!

Nuestra conversación ha atraído la atención de la audiencia y la tribuna sigue vacía. Este es un buen momento para darme a conocer. Desde la tarima, me dirijo a una multitud de virus expectantes.

— Disculpad que no me dirija a vosotros como hermanos, amigos o compañeros. Como el célebre ebolavirus aquí presente ha mencionado antes, todos somos enemigos. Además, existe otra diferencia entre vosotros y yo. La mayoría os habéis preparado para vuestra tarea en centros animales como los murciélagos o los simios y habéis mutado para atacar a un enemigo más poderoso. Otros lleváis tanto tiempo integrados en el ADN humano que ya nadie os distingue de éste. Debo deciros que con toda su asumida importancia, vuestro pequeño congreso es absolutamente inútil. No tenéis la mínima oportunidad contra mí. Yo no soy producto de mutaciones aleatorias. Soy el fruto de un cuidadoso proceso de perfeccionamiento llevado a cabo en un laboratorio. También os equivocáis respecto a los humanos. No son el enemigo ni tampoco vuestro aliado. Tan sólo son los creadores de su propio fin. Yo soy su final.
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