Apoptosis o cómo purgar el alma

-La apoptosis --me empezó a decir Candela, y llevaba ya un rato hablando sin que le entendiera una frase entera con todas sus letras--, sabes lo que es, ¿no?

Mi cara debió ser lo suficientemente elocuente como para que entendiera que no sabía lo que era la papotosis esa, pero no lo suficiente como para que se diera cuenta de la profunda envidia que yo sentía en ese momento de los hielos de su bebida, ahogados en licor. Lo cierto es que yo también lo estaba un poco, ahogado, a secas; me había pedido un té.

Dos meses sin beber. No porque tuviera yo un problema con la bebida, sino porque han abierto un centro de meditación oriental al lado de casa, y nos ha dicho el maestro zen Paco que debemos (a ver si me sale del tirón) tomar conciencia del sufrimiento hasta liberarnos completamente de él y alcanzar así el oasis. El nirvana, perdón, que siempre tengo ahí un lapsus interruptus.

La cosa es que el maestro Paco, para ayudarnos en nuestro sendero hacia el no-sufrimiento, nos ha encomendado a quitarnos a poquitos los placeres de la vida, para no caer en los sufrimientos de sus ausencias y sus dependencias; y de todas las opciones de placeres que quitarnos de primeras, el alcohol me pareció hasta fácil. Solo os digo que Petrovska, que también viene a meditación, se vino arriba y dijo que iba a quitarse el papeo. Me da a mí que quería impresionar a maese Paco. A su favor hay que decir que ha estado estos dos meses sin probar bocado, no porque nadie me lo haya dicho, es que se le ve, se le ve. Ella dice que nunca se ha encontrado mejor, luminosa, liviana. Y tanto. Como venga un día un poco de aire así levantado, a volar y no la encuentran. Eso seguro que capta la atención del sensei, pero para entonces, ¿de qué le va a servir?

--Dicho pronto y mal --continuó Camela--- la apoptosis es el proceso por el cual las células se mueren de manera programada. Es como si las células supieran cuándo destruirse, para evitar patologías.

Ajá, ajá, dije yo. Ese mojito suyo tiene una pinta de estar bien fresquito.

No es que no me pareciera interesante lo que estaba diciendo Carmela. Bueno, sí, para qué mentir. Pocas veces me han dado semejante chapa. De ciertos temas no se habla en una primera cita: ni religión, ni política ni papotosis. Yo entiendo que esta chica sea un coco, pero resulta que la Biología y yo nos dimos el mutuo y muy grato ciao hace tanto que ni me acuerdo. Yo pensaba que íbamos a hablar de viajes, series, hipotecas, cosas banales, ya que no todos somos biólogos, pero todos sí somos banales.

--Pues tengo la teoría de que los humanos nos comportamos como las células. Al fin y al cabo, una célula, ¿qué es?

¿Me está preguntando? Disimula, mira la hora.

--Una célula --prosiguió Camilia, menos mal--- es una máquina que responde automáticamente ante estímulos, pero a la vez es la unidad morfológica y funcional del ser, de la vida. Los seres pluricelulares, como tú --¿eh?-- y como yo --ah--, estamos formados por millones de células, pero, tú y yo, ¿qué somos?

Un poquito pronto para tener esta conversación, me parece.

--¿Cuál es nuestra función al nacer? --formuló Camelia.

Entonces tuve mi momento estelar. Me aclaré la garganta y con aire despreocupado aporté:

--El Dhammacakkappavattana sutta dice: El nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, y otras cosas también son sufrimiento.

--¿Cómo?

--Nada, cosas sabias.

--Lo que quiero decir --reiteró ella. Era evidente que yo era un estorbo para su conversación con ella misma-- es que los individuos nos comportamos como células. Reaccionamos maquinalmente ante estímulos. Aunque creamos tener capacidad de decisión y libre albedrío, al final los instintos y las correas de la sociedad atan nuestros comportamientos tan fuerte como una cadena proteica.

--Se te están derritiendo los hielos de la bebida --la avisé, desolado, sin ser muy escuchado.

--Y aunque creamos que somos únicos e irrepetibles, lo cierto es que cada uno de nosotros conformamos un ser mucho mayor, un ser plurihumano, que tiene conciencia propia y que es más vanidoso, si cabe, que nosotros.

A estas alturas yo ya me había hecho con su bebida, intacta hasta el momento, y me había aferrado a ella.

--Y, como las células --siguió; le pedí al camarero otro mojito de estos--, los humanos también tenemos mecanismos de destrucción cuando no somos viables, lo que lo llamo socioptosis.

--Socioptosis, ¿eh? --dije yo bien contento, con mis ahora dos mojitos.

--Sí --dijo--. Adiós --dijo. Y me pagó un tercer mojito. Que chica tan maja, en verdad.
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