No podía funcionar

Eran ya las 7 de la tarde cuando el profesor Lejarri entró en su estudio. Todo el día dando clase, promoviendo la curiosidad y la inquietud en sus alumnos, con la esperanza de que todos ellos se fueran de su clase haciéndose más preguntas que cuando llegaron. “Lo importante no es lo que uno sabe, sino preguntarse qué cosas quedan aún por saber” solía decir a sus alumnos desde el primer día de clase, aquello había sido inculcado en él por su profesor Valbuenis.
Tras dejar al lado de su mesa su cartera, llena de exámenes y trabajos de alumnos (junto con las esperanzas de estos) y algún papel sobre su “investigación” (o reflexiones sobre la misma) se sentó en su silla de madera y piel, cerró los ojos y respiró profundamente.
Pensó, como tantas otras veces en recambios, y lo fácil que era para un vehículo sustituir una pieza por otra, ¿por qué no podría hacerse lo mismo en seres humanos? Se había intentado descelularizando órganos y recelularzándolos con células del receptor, devolviendo células a estado pluripotencias y dirigiéndolas luego hacia la fabricación del órgano en cuestión, pero todas eran técnicas que requerían de un exquisito control de las condiciones; transplantes xenógenos dependientes del nivel de compatibilidad.
Su “investigación” versaba sobre la posibilidad de, una vez devuelta a una célula su carácter totipotencial, regenerar un “protoser” (como él lo denominaba) a partir del cual pudieran “auto”-transplantarse los órganos requeridos. Indudablemente esto generaba un dilema ético y moral de proporciones épicas, como ya se había previsto cuando se logró clonar a la famosa oveja Dolly, pero el profesor había ido un paso más allá.
¿Por qué solo sustituir ciertos órganos defectuosos por otros? Pues la edad del individuo seguiría siendo la misma, y el resto de órganos estarían más envejecidos que el sustituido, “¿por qué no sustituir la conciencia, los conocimientos y todo aquello que nos distingue de una máquina a un nuevo receptáculo, más joven pero conocido por la propia consciencia?”
Y eso era lo que en realidad le quitaba el sueño. Durante años, había pensado en combinar propiedades de distintas especies para lograr la inmortalidad (cuántos lo soñaron antes que él, la eterna búsqueda del elixir de la vida eterna, venido desde la piedra filosofal por los antiguos alquimistas), pero sus intentos habían sido infructuosos.
Más aun, parecía que la naturaleza conjurara contra él para que sus fracasos fueran lo más dolorosos posibles, cuando ya todo parece funcionar. Recordó entonces uno de sus primeros ensayos, introducir cloroplastos en una célula animal con la esperanza de que esta pudiera hacer fotosíntesis, ¡y había funcionado! El siguiente paso fue probar con un organismo más completo, un platelminto (un gusano plano), ¡y había vuelto a funcionar!
Decidió probar ahora con un organismo más desarrollado, y escogió un primate para llevarlo a cabo, y ahí fue cuando la cosa empezó a torcerse. Estaba claro que el primate debería “pintarse de verde” (efecto de los cloroplastos), incluso era preciso modificar ligeramente la dieta, para que no le faltaran nutrientes. Pero que le atacara un virus propio de las plantas, era demasiado. Y así sucedió cada vez que trato de replicar los experimentos a escala casi definitiva.
Solo la idea del “cambio de cuerpo” se había mantenido durante mucho tiempo como válida, y las pruebas que habían realizado incluso con animales superiores habían sido satisfactorias. Es cierto que la computación cuántica había ayudado al desarrollo del almacenador/transfusor y todo el mundo próximo a su equipo estaba muy emocionado.
Pero al profesor Lejarri había algo que no le terminaba de sonar bien. Se había discutido mucho sobre la posibilidad de que algo en el proceso pudiese fallar y que ocurriría entonces, por lo que habían decidido que el proceso se llevara a cabo sin la intervención de ser humano alguno, mediante la intervención de una IA.
Y cuando el profesor Lejarri quiso probar su invento, este falló, y su conciencia sirvió para aumentar la IA que controlaba todo el proceso. Porque, al fin y al cabo, ¿por qué querría la madre naturaleza que ciertos seres fueran “inmortales”?

FIN

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