Jugar a ser Dios

Alicia Elifera cruzó el parque y entró en el instituto. El hermoso emblema verde de la entrada le recordó su objetivo una vez más.
«El carbono es la razón de la vida, el carbono nos la ha quitado, y el carbono nos la devolverá».
Hoy era un gran día para Alicia. No importaba cuantas resurrecciones realizara, en todas la embriagaba esa sensación de poder, miedo y felicidad.
Cruzó el vestíbulo cuyo suelo era un mosaico de colores y letras de basura plástica prensada y exquisitamente pulida, y se encaminó hacia el centro de la gran sala. Subió por la escalera de caracol que rodeaba a una majestuosa encina y saludó a todos con quienes cruzó su camino: Juan del departamento de física, Cecilia de biorremediación, ardillas cargadas de bellotas, Ruth de economía circular, pájaros cantores, etc.
Alicia acariciaba la barandilla a medida que ascendía. Igual que las paredes del edificio, estaba hecha de derivados del carbono. Era curioso como una variación en la forma de combinar este elemento a nivel atómico suponía un cambio tan radical. Se podía pasar de un material como el grafito que se descamaba sobre el papel, a otros tan duros como el diamante o el grafeno, capaces de cortar cualquier cosa.
Al llegar al último plano, justo por debajo de la copa de la encina pero por encima de todo lo demás, Alicia reposó la mano sobre el edificio y sintió las tenues ráfagas de electricidad que lo recorrían―el latido del edificio, o más bien, del ecosistema que lo componía.
Energía, vida y elementos se formaban, se consumían y se regeneraban de una forma tan independiente pero interconectada, que imponían ese respeto y admiración que solo la perfección suscita.
«Todo resulta tan fácil cuando se mira con perspectiva», pensó Alicia. «Una pequeña variación en nuestra mentalidad colectiva supuso un cambio radical en la forma en la que nos relacionamos ahora con la naturaleza y con nosotras mismas».
Nunca darían nada más por sentado otra vez. De eso se encargaban sus colegas del Instituto de Ciencias Sociales y Arte, cuyo emblema violeta se leía desde su privilegiada posición:
«La colaboración es nuestro legado más sagrado. Pionera de la civilización humana y relegada a la sombra de la competencia hasta que, en los albores de nuestra extinción, nos salvó y nos permitió ser civilizados otra vez».
Por eso Alicia subía al tejado antes de jugar a ser Dios. Para no olvidarse de cuál era su verdadero lugar en el mundo.
Asintió y bajó hasta su laboratorio. Su equipo estaba esperándola. Hoy tocaba traer de vuelta a la Cabra lusitana.
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