La máquina de la desesperanza

Al principio los modelos eran sencillos, casi ingenuos. Predecir la trayectoria de dos fotones, luego de cuatro. Pequeños futuros alternativos tratando de demostrar si el universo es determinista: si sabemos cómo hemos llegado hasta aquí, podremos saber hacia dónde llegaremos desde aquí. Los conocimientos de superposición cuántica y la posibilidad de aplicarlos abrían todas las posibilidades. Y así empezó todo.

El primer salto llegó casi sin aviso previo. Un laboratorio aplicó un modelo que permitía determinar con antelación cuándo una moneda caería cara o cruz con un 10% de acierto. La carrera por subir el porcentaje fue rápida. El avance de la computación cuántica permitió estudiar todas las partículas implicadas en bloque. La inteligencia artificial permitió descartar las soluciones imposibles desde el principio. Eso cambió los tiempos: lo que antes llevaba semanas de cálculo, ahora llevaba milésimas de segundo. Se consiguió un 15% de predicción, ahora un 30. Luego un 50, un 70 y por fin, el 100% de las veces se podía saber cómo caería la moneda.

A esas alturas ya era irremediable mirar más allá. Pasar de los modelos en monedas al siguiente nivel: predecir cualquier futuro ya no era una quimera. Cada vez hubo más interés, cada vez más dinero. Los gobiernos se movían con discreción, pero determinados a conseguirlo.

Se oían las voces de unos pocos.

- ¡Científicos, hacedlo!

Y lo hicieron. Las primeras máquinas sirvieron para evitar pequeños desastres, locales, no muy alejados en el tiempo. La potencia de las máquinas siguió aumentando. Se consiguieron predecir terremotos y epidemias que salvaron las vidas de millones de personas. Y luego la propia vida humana tal y como la entendíamos, cuando se consiguió desviar un meteorito que llegaba irremediablemente a la Tierra. No hizo falta pensar en la solución. Bastó mirar en el futuro para saber cómo hacerlo.

Entonces alguien pensó: “¿por qué quedarnos aquí? ¿Por qué sólo unos pocos pueden ver el futuro de todos?”. Ahí comenzó la siguiente carrera: llevar el futuro a casa de cada uno. Esa carrera también fue rápida, el negocio estaba asegurado. Saber el futuro, ¿quién no lo querría? Primero lo consiguieron unos pocos, luego cada vez más. Las ganancias fueron máximas, el mejor negocio de la Historia. Algunos dieron señales de alarma. Se estaba jugando a algo peligroso. Pero eran filósofos, estaban casi extinguidos. Llevaban tanto tiempo sin ser escuchados que ahora no fue distinto. Así que un día, todos, en cualquier momento, supieron todo de todos los momentos.

Las cosas empezaron a ir mal muy pronto, sin transición. Aumentó la violencia, aumentaron los suicidios. Las máquinas habían acabado con el miedo larvado de la incertidumbre. Todos comprendieron, ya demasiado tarde, que sólo hay algo peor que la incertidumbre de no conocer el futuro: la certidumbre de saberlo. Conceptos como la culpabilidad quedaron sin sentido, porque todo estaba predestinado. Pero lo peor que se perdió, y que cambió todo, fue la esperanza. Se conocía el principio, el final y el camino. ¿Para qué luchar? ¿Cómo soñar? Aquella fue la peor epidemia de todas.

Empezó en voz baja, pero después fue el grito de muchos:

- ¡Científicos, culpables!

¿Cómo arreglar lo que se había roto definitivamente? La primera idea fue destruir las máquinas, pero aquello fue imposible. Siempre alguien guardaba alguna para su propio beneficio. Ningún gobierno quiso ser el primero en deshacerse de ellas. Se intentó desestabilizarlas, hacerlas menor fiables. Pero aquello no funcionó, porque cuando la desesperanza llega, no importa si pensamos en un futuro real o inventado.

Ahora el grito fue de todos:

- ¡Científicos, salvadnos!

Los más poderosos decidieron solucionarlo. Ni siquiera a ellos les valía esta vez un futuro sin esperanza para la mayoría. Fueron muchas discusiones, muchas voces. Muchos intereses. Se decidió entonces reunir a las mejores mentes del mundo. Hubo una tormenta de ideas como nunca antes. Horas, días, semanas. Ninguna solución era definitiva. Hasta que alguien pensó en que lo mejor sería volver al principio. Si cambiamos las condiciones en las que basaban los cálculos, las predicciones futuras ya no valdrían. Para eso tendrían que conseguir una perturbación que viniera de fuera de nuestro sistema.

Decidieron una solución. Traerían de vuelta el mismo meteorito que habían conseguido desviar para evitar la destrucción de la Tierra y salvar así la destrucción de la Humanidad. Lo harían pasar tan cerca de la atmósfera como pudieran. Eso borraría todas las variables de los cálculos. Construyeron la máquina más potente de todas y la llamaron Ariadna. Miraron al futuro por última vez, descubrieron cómo hacerlo. Sabían que saldría bien. Después del último cálculo, apagaron la máquina para siempre.

Ya no hay máquinas, al menos eso nos dicen. Puede ser verdad. Porque todo es más como antes, porque hay más esperanza y porque, ahora que ha pasado el peligro, sólo se oye un murmullo.

- ¿Científicos?...
  • Visto: 54